¿Con quiénes te relacionas habitualmente? ¿Le has escapado a las relaciones con personas que se encuentran alejadas del Señor? Puede ser que sea hora de revisar tu actitud. Nuestra postura frente a las personas que aún no conocen al Señor.
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| Bill Hybels |
Hace diez años, Mark Mitterlberg y yo introdujimos en nuestro libro Conviértete en un cristiano contagioso un concepto llamado “El potencial de la alta proximidad”. En síntesis, describía el hecho de que incluso los cristianos más parecidos a Cristo serían por completo ineficientes a menos que se acercaran a las personas que ven que están alejadas de Dios.
El motivo por el cual lo menciono es porque existen altas posibilidades de que minimicemos la necesidad de relacionarnos con las personas que están alejadas de Dios. Esta es la única oportunidad de que se establezcan relaciones, se construyan puentes y Dios abra puertas para las conversiones espirituales.
Si deseas hacer la obra evangelística y te encuentras rodeado de creyentes, descubrirás enseguida que te has quedado sin trabajo. Con los años, he tenido que enfrentar un error bastante común en las personas acerca de mi credibilidad para hablar sobre el tema de la proximidad.
Suelen decirme: –Claro, esto es sencillo para ti. ¡Eres pastor! Estás siempre rodeado de personas que necesitan a Dios.
Y si bien es cierto que tengo la ocasión de encontrar a personas que buscan a Dios al finalizar el culto de los fines de semana, por lo general mi vida se desarrolla prácticamente entre personas que ya son seguidoras de Cristo.
Los que sirvan en un ministerio de tiempo completo comprenderán que este asunto de la proximidad es más difícil de lo que la mayoría imagina. Después de haber transcurrido una hora de haberse levantado por la mañana, muchos de mis amigos –y de los tuyos– ingresarán a una oficina donde estarán rodeados de personas que jamás han recibido el amor de Cristo en su corazón. Otros ingresarán a una obra en construcción o en un colegio, a las calles o en los comercios. ¡Qué afortunados son! Siento celos por tu proximidad sin límites a las personas que se sentirán profundamente impactadas por tu potencia espiritual.
No me estoy quejando, pero en lo que a mí respecta, acercarme a las personas que necesitan el testimonio de Cristo en su vida requiere que ponga mi mundo patas para arriba. Significa un gran esfuerzo poder estar “allá afuera” en el mundo y tratar de ser creativo para hallar la manera de involucrarme en una amistad con las personas no religiosas.
Esta convicción me llevó a formar un equipo de regatas. No era cualquier equipo: yo tenía mi propio criterio de selección. Cada miembro debía amar las regatas, tenía que ser un buen corredor de regatas y debía estar alejado de Dios. Era un criterio bastante extraño, supongo, pero el equipo que se formó como resultado fue algo excepcional. Varios de los miembros, junto con sus esposas o novias, conocieron a Cristo como resultado de aquel equipo.
Con el tiempo surgieron otras oportunidades por medio de aquellos compañeros de aventuras, algo a lo que yo denomino: cenas de buscadores y alejados. Estos debates de pequeños grupos de personas que buscan a Dios siguen teniendo lugar en la actualidad. El propósito es sencillamente ver lo que Dios está haciendo en la vida de cada uno y permanecer dispuestos a que Él nos utilice para que suceda algo espiritual en el corazón de las personas.
Debemos desarrollar amistades con las personas que nos rodean, muchas de las cuales viven alejadas de Dios. Sin embargo, la cosa no termina ahí. Una vez que miras a los ojos a aquellas personas que encuentras a diario, el siguiente paso es descubrir de manera intencional su historia. Conocer cómo es la vida para ellos, cuáles son sus sueños, en qué cosas consideran que les va bien y qué necesitan mejorar.
Y como imaginarás, esa clase de debates no ocurren a distancia. Tienes que involucrarte en la vida de las personas para ganarte el derecho a tener esta clase de conversaciones.
Muchos estilos
Las Escrituras están repletas de ejemplos de los diversos estilos que Dios usa para conseguir sus propósitos. Pedro andaba siempre metiendo la pata. Respondía de manera directa –en ocasiones demasiado directa– en lo referente a sus creencias, lo que le granjeó la reputación de tener un estilo polémico.
Las habilidades mentales y la alta formación académica de Pablo se manifestaron en su estilo intelectual, organizado, analítico y razonado para transmitir su fe. Sus cartas reflejan un enfoque con aseveraciones demostradas por su articulación de la verdad mediante el punto y el contrapunto.
A Cristo se lo conocía por iniciar conversaciones cotidianas con los que escuchaban. Se apoyaba en parábolas que usaban un lenguaje común e ideas que enfatizaban conceptos espirituales. Su estilo interpersonal era accesible a las personas de todo trasfondo, de todas las edades y de todos los niveles de experiencia. Teresa de Calcuta tenía un estilo servicial para evangelizar, el cual manifestaba su tendencia a mostrar el amor de Cristo con acciones más que con palabras.
Un ejemplo actual de un estilo testimonial lo hallamos en la persona de Lee Strobel, que relata la historia de su impactante transformación de un ateo antagonista a un devoto seguidor de Cristo al pintar un cuadro del cambio en la vida que solo Cristo puede producir.
Al interactuar con las personas, mantén en mente tu estilo natural. Que yo sepa, Dios jamás te aconsejó que te involucraras en un curso rígido de evangelismo ni que anduvieras mostrándote como un robot de Dios. Sin embargo, es probable que todos conozcamos a personas que se han convertido en fanáticos del evangelismo y comienzan a comportarse de manera incoherente con el estilo dado por Dios. Se dicen a sí mismos que deben ser más agresivos, más habladores, más expresivos, más dinámicos, más de lo que sea, con tal de guiar a una persona a Cristo.
Esto no es así. Cuando el Espíritu te impulsa a abandonar tu círculo de comodidad, atravesar un cuarto e ingresar a la zona de lo desconocido para descubrir la historia de alguien, desea que te muestres tal y como eres, no como quien supones que debes ser. Permite que la conversación transcurra y fluya en sintonía con tu auténtico yo.
Lo que tenemos en común
¿Notaste alguna vez cómo la gente se entusiasma cuando mencionas algo que les gusta? Cuando intentes conocer a alguien por primera vez, relájate lo suficiente como para descubrir en qué está involucrado. Las primeras cosas de las que hablé con mis amigos del equipo de regatas fueron cosas que teníamos en común, tales como entretenimientos o viajes.
En 1 Corintios 9:22 se nos dice: “Entre los débiles me hice débil, a fin de ganar a los débiles. Me hice todo para todos, a fin de salvar a algunos por todos los medos posibles”. A la luz del enfoque de Pablo, procura hallar maneras de construir puentes en vez de muros cuando estás descubriendo las historias de las personas.
Como seguidores de Cristo, somos responsables de movernos con regularidad en círculos con las personas que están alejadas de Dios, descubriendo sus historias con compasión y gracia, y luego estando dispuestos de manera natural y constante para el momento en que Dios abra una puerta que represente una oportunidad. Las personas que viven alejadas de Dios necesitan la redención, la fortaleza, la estabilidad que puedes ofrecerles... así como la necesitabas tú antes de conocer a Cristo.
Lo que es importante para mí es la seguridad de desempeñar el rol que me ha tocado. Es la responsabilidad de Dios escribir el resto de la historia. Para mí, de eso se trata esta emocionante vida en el Espíritu. Para ser directo, debo reconocer que esta vida en el Espíritu siempre incluirá el descubrimiento de historias de personas reales que viven vidas reales. Según lo experimentado con mis amigos de las regatas, habrá momentos incómodos. Nos encontraremos con realidades complicadas. Y algunos casos requerirán una importante cirugía emocional, porque cuando el Espíritu Santo se mueve en el corazón de las personas, los pecados y los errores que se acumularon con el tiempo tienden a surgir.
Hace un tiempo estaba saliendo en mi automóvil del estacionamiento luego de un culto de mitad de semana. Debía ir a una cita y recuerdo que ya era bastante tarde. Cuando estaba por agarrar la calle, percibí que había un hombre junto a un automóvil en una esquina del estacionamiento. Estaba muy oscuro allá afuera y sentí la necesidad de dar la vuelta y regresar para ver si necesitaba algo. Había tenido un día largo y agotador, pero el Espíritu me estaba guiando. Me acerqué con el auto y pregunté:
–¿Estás bien? El hombre me miró, me reconoció, y enseguida se desmoronó.
“Oh, Señor, ¿en qué me metí?”, pensé. Traté de calmarlo, pero sus gritos incontrolables solo parecían aumentar.
–No vas a creerlo –me dijo–. Pero hoy pagué el aborto de mi mujer. No puedo soportar la culpa que me agobia. Es demasiado para mí. ¡Es una carga demasiado pesada! Me senté en el culto esta noche con esa inmensa carga de culpa en mi corazón.
La agonía que consumía sus entrañar se manifestaba en cataratas de lágrimas que no cesaban de fluir de sus ojos.
–Es como si yo hubiera asesinado a su bebé. ¡Maté a mi bebé!
Repetía lo mismo una y otra vez. Yo no lograba captar la intensidad del profundo dolor que experimentaba este futuro padre frustrado, era impresionante la culpa paralizante que sentía. Me percaté de que mi corazón se conmovía en lo más profundo. Estaba desorientado por completo. Este era un territorio inexplorado para mí. Con muchísimo cuidado coincidí en que había cometido un grave error. Sabía que lo sacudiría el hecho de que yo reconociera esto, pero era mejor que tratar de aplicar paños fríos en esta situación.
Luego de varios minutos comenzó a calmarse un poco. Entonces pudimos reanudar la conversación. No pasé por alto la gravedad de lo que había hecho, pero tuve sumo cuidado de no atormentarlo más restregándole en su cara su pecado.
Cada vez que me enfrento a la depravación del pecado de alguien, en lo único que puedo pensar es en mi propia naturaleza caída y en mi incapacidad para alcanzar el estándar de Dios. Sin embargo, la otra cosa que viene a mi mente también es cierta: la respuesta de Jesucristo a mi lamentable estado es la aceptación en vez de la condenación. Su postura hacia mí en medio de mi pecado estaba inundada de compasión, gracia, ternura y misericordia. Aquella noche consideré que mi función en la vida de aquel hombre era reflejar el amor y la comprensión de Cristo, y luego darle espacio al Espíritu Santo para que trajera convicción de pecado.
–¿Has tenido tiempo de pedirle perdón a Dios por lo que hiciste? –le pregunté.
Oramos juntos y luego coincidimos en que debía pedirle perdón a su mujer y analizar cómo enmendaría esto.
Aquella noche, parados en medio de un vacío estacionamiento, un hombre destrozado le abrió de nuevo su corazón a Dios y comenzó lo que sería un largo y penoso camino de restauración.
Cada vez que recuerdo aquella noche, viene a mi mente el innegable poder de la gracia. Por el resto de su vida, un alma herida por el pecado recordaría esos momentos sagrados vividos en el estacionamiento de una iglesia, cuando se enfrentó a su pecado y halló perdón por medio de Cristo. Sé que yo lo haré.
Amigo, no cuestiono en mi mente si estos encuentros valen la pena o no, incluso los más complicados. Te desafío a que asumas el riesgo y te salgas de tu rutina para descubrir la historia de otras personas, sin importar cuán incómodo te sientas, cuán difícil se torne la situación ni cuán grave sea el pecado con el que están tratando. ¿Por qué? Porque tú puedes ser la única llama en la oscura noche de alguien, aquel que le recuerde que hay un Dios que lo creó, lo ama y anhela relacionarse con él a partir de donde se encuentra.
Tomado del libro: Simplemente acércate a ellos de Editorial Vida.