Los comienzos del ministerio evangelístico de Carlos Annacondia.
“Y estas señales seguirán a los que creen: en mi nombre echarán fuera demonios, y si bebieren cosa mortífera, nos les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán” (Marcos 16:17-18).
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| Rocky Grams |
En los primeros meses de su vida en Cristo, Carlos Annacondia comenzó a estudiar intensamente La Palabra de Dios. Una Biblia que alguien le había regalado había quedado por años en su mesa de luz, sin abrir. Pero ahora, cada vez que veía esas páginas estaba lleno de fe para creer lo que leía.
Cuando tenía dos meses de cristiano Dios le mostró el mundo en forma de un globo terráqueo. Cuenta Carlos que de repente se transformó en gelatina, y comenzó a palpitar como un corazón. Él podía escuchar los llantos y gemidos de la gente, y dijo:
– ¿Qué es esto, Señor?
– El mundo está llorando, gimiendo y clamando –Dios respondió.
– Señor, envíame –dijo prontamente Carlos.
Entonces el Señor le preguntó:
– ¿Estás dispuesto a pagar el precio?
– Sí, Señor –respondió Carlos sin titubear.
Parte del precio ha sido dejar a su familia por varias semanas. Aun hoy él trabaja hasta tarde, en horas de la noche, ministrando a las necesidades de las personas. Otra porción del costo es que ha sufrido muchos ataques, tanto físicos como espirituales. Muchas veces homicidas han intentado quitarle la vida, pero él siempre descansa en la protección de Dios.
La Argentina será mía
Otra palabra que el Señor habló al corazón de Carlos, cuando era todavía un cristiano nuevo, fue: “Pronto, pronto, la Argentina será mía”. Algo que parecía absurdo en ese momento.
Cuando Carlos comentó esto con sus amigos cristianos, ellos pensaban que estaba loco. En ese entonces, a principios de los años ochenta, había muy pocos creyentes en la Argentina. Las reuniones de sanidad de Tomy Hicks habían afectado mayormente a Buenos Aires, y gran parte del liderazgo y de las iglesias pentecostales podían rastrear su lanzamiento en esos días. Pero años de abundancia económica habían llevado al país a la complacencia. Ante la predicación del evangelio, la respuesta típica era: “Eso es interesante, pero soy de otra religión, y mi familia nunca lo entendería si me tratara de cambiar”. Encontrar a otro creyente, quizás, tomando el subte en el centro de Buenos Aires, era causa de una celebración de tres semanas.
Las iglesias estaban construidas como para alojar de cien a ciento cincuenta personas. Cuando se les preguntaba a los pastores por qué edificaban templos tan pequeños, respondían: “Así parecen estar llenos”. El ganar a la Argentina para Cristo parecía algo imposible. Guerreros de oración fieles, en Brasil, habían intercedido por su país limítrofe por años, y estaban por desistir, pensando que nunca habría progreso. Así que no era de maravillarse que otros cristianos, con más experiencia, tuvieran una actitud condescendiente para con Carlos Annacondia, un nuevo converso con ideas alocadas como que “la Argentina pronto pertenecería a Dios”.
Pero Dios sabía a quién había elegido: a un hombre de fe y obediencia simple, cuya pasión, desde el principio, fueron las almas.
En aquellos primeros años de su ministerio evangelístico, el hermano Annacondia predicaba donde se le presentaba la oportunidad. Una campaña tuvo lugar en un galpón grande, con techo de chapa. Mientras él predicaba, alguien comenzó a tirar piedras del otro lado de la calle. Como el techo carecía de una capa aislante, los proyectiles hacían mucho ruido mientras golpeaban y rodaban por él. De repente, con algo de frustración humana, el evangelista dijo con fuerza: “La persona que está tirando piedras bien pronto estará en este altar, arrodillada y recibiendo a Jesús”.
Enseguida el estruendo de piedras fue interrumpido. El silencio fue una sorpresa para todos. Inmediatamente el hombre que arrojaba las piedras estaba temblando y arrodillándose al frente de la iglesia, llorando, mientras recibía al Señor.
Luego el hombre les contó a los líderes qué le había sucedido. Cuando se inclinó para lanzar la siguiente piedra, dos manos lo agarraron desde los hombros y lo enderezaron. Él miró hacia atrás, y no había nadie. Esas mismas manos lo empujaron hacia el edificio de la campaña. Con dos empujones más se encontraba del otro lado de la avenida. Un par de empujones más, ¡y estaba arrodillado en el altar, arrepintiéndose por sus pecados! Sin duda, los ángeles participan en el evangelismo.
Principios que se establecieron en las campañas
El Señor guió al evangelista Annacondia, a su equipo de colegas y a los pastores, de una manera muy definida durante todas esas primeras campañas.
Principio 1: Permanecer en el lugar
Uno de los aspectos de las sabiduría que Dios les dio consiste en la permanencia en un lugar la cantidad de tiempo necesario para hacer una diferencia en el entorno espiritual. Los esfuerzos evangelísticos duraron dos o más meses en una sola localidad.
Declara el evangelista: “Había guerra espiritual, un ataque directo de Satanás y su séquito demoníaco. El resultado era que se abrían los cielos, y la gente era sanada y liberada. Muchos venían durante el día hasta el lugar de la campaña para preguntar cómo podían recibir a Cristo. Cuando los colectivos pasaban junto al lugar de la campaña, a veces, la gente que viajaba en ellos se manifestaba demoníacamente y caía al suelo. La unción estaba sobre el lugar. Cuanto más permanecíamos allí, más se abrían los cielos, y Dios se movía”.
Principio 2: Un equipo ministerial grande
Como un cristiano joven, Carlos Annacondia determinó que era importante que se ministrara a las necesidades de cada persona. Cuando Dios comenzó a usar su vida, Carlos permitió que pastores y líderes trabajaran con su equipo, echando fuera demonios y orando por la gente.
Había mucha gente dispuesta a ayudar. Durante esas primeras campañas, cuando llamaron a voluntarios para armar las carpas, de cuatrocientas a seiscientas personas aparecieron, cuando, en realidad, solo necesitaban sesenta personas. Tuvieron que enviar a más de trescientos voluntarios a sus casas, con la promesa de que podrían ayudar la próxima vez.
Principio 3: La oración
La oración era un aspecto crítico de las reuniones. Comenzaba a las diecinueve, cuando se iniciaban los primeros coros. Continuaba hasta las veintidós, cuando el evangelista llegaba. Y finalizaba a la una y media de la madrugada, cuando Carlos terminaba de orar por las necesidades. En muchos eventos evangelísticos unidos, hasta mil personas se anotaban para orar durante el servicio. Había dos turnos de quinientas personas, y estas se perdían la colorida música y la ministración. Tampoco podían ver a los endemoniados caerse y ser liberados por el poder de Dios. Su rol era simplemente apoyar en oración… y lo tomaban muy en serio.
Principio 4: Ministrar a cada persona
Otro aspecto crítico de ese poderoso mover fue la determinación del evangelista Annacondia de que nadie que quisiera recibir oración se fuera sin haber sido ministrado. La mayoría de las noches oraba por la gente hasta las tres de la madrugada. Oraba acompañado por muchos de los pastores que participaban y permanecían junto a él para ministrar hasta la última hora.
Cuán similar a la actitud que demostró Jesús: “Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor” (Mateo 9:36).
La disposición de cuidar y valorar a cada persona era parte de la dinámica del Espíritu Santo que aprendimos todos.
Tomado del libro: Asombrados en Argentina de Casa Creacion.