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Abriendo frentes sin el Mp3
Oct | 2007 (GMT-3)

Una decisión de negarse a sí mismo y la lucha que lo acompañó. “Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de él soportó la cruz, menospreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios” (Hebreos 12:2).

Daniel Pujol
Daniel Pujol
Una de las cosas más aburridas que hay para alguien que se denomina “cristiano”, es depender de los domingos para atender a las cosas espirituales. Por eso, hace unas semanas dejé de usar mi mp3 en el trabajo para plantar cara a las puertas del Hades y abrir frentes en mi entorno de trabajo. Esto no ha sido ni es tarea fácil, más bien es una lucha ardua y difícil en la que no hay tregua posible.

Recuerdo que al principio de entrar en la empresa, muchos de mis compañeros hicieron bromas y se rieron al ver cuáles eran algunas de mis ideas acerca de algunos temas, como el de la relación de pareja y el matrimonio. Aun así, vieron que tampoco tuve problema alguno en no festejar muchas de las gracias que se hacían entre ellos. En esos momentos me sentí solo y acorralado, pero algo sucedió en los días que siguieron. Empecé a tener relación con muchos de ellos de forma individual, y ellos comenzaron a brindarme sinceridad, y a mostrarme que detrás de sus risas superficiales se escondían corazones atrapados en multitud de deseos y sentimientos que los esclavizaban.

“Es hora de abrir frentes”, pensé, y oré. Conscientemente quise hacer una renuncia a uno de los aparatos legítimos que me permitía pasar una tarde más relajada, mi mp3. Ese mismo día, sabiendo el Señor que esta pequeña renuncia era por una gran causa, me concedió valentía para explicar mi experiencia personal a uno de mis compañeros. Su respuesta me ilusionó y me sorprendió:
– Voy a comenzar a leer La Biblia, porque ahora mismo creo que necesito un cambio en mi vida (…) a ver si esto me ilumina el camino.
Sobre todo me ilusionó porque este joven era uno de los que me exhortaba hace algunos días diciéndome que no me casara, arguyendo razones que no voy a escribir aquí.

Dos días después le regalé una Biblia. No fue nada fácil porque tuve que buscar el momento adecuado y a mí me temblaban las piernas, pero –pensé– si uno quiere aventura tendrá que arriesgarse ¿no? Así que, después de la jornada, le dije:
– Ven un momento al coche, que te he traído algo.
Su respuesta me volvió a sorprender en el momento que le di La Biblia. La cara de mi compañero se puso seria y mostró una expresión de mucho agradecimiento al tomarla.

sonrienteLo que yo no sabía era que –siguiendo con la lucha–, al día siguiente acabaría hablando la libertad en Cristo a otro de mis compañeros. Le expliqué que fue Jesús quien me sacó del pozo de la desesperación, y también que Él mismo vino para traer libertad a los cautivos y no a agregarle cargas difíciles de soportar, como hacen hasta ahora las religiones. Estuvimos hablando mucho. En su caso la respuesta fue diferente, pero muy interesante. Se abrió y me confesó que se sentía enganchado a la droga, desde la secundaria –ahora tiene 37 años– y cada día tenía que esconderse de sus dos hijos para que no lo vieran; quería dejarla pero no podía salir de ahí porque su deseo era mayor que su voluntad. Yo le dije:
– Oraré por ti para que recibas fuerzas.
Y él, con una sonrisa me asintió la propuesta.
A final de semana me dijo extrañado y sorprendido:
– Oye… ¿oraste por mí ese día? Es que no sé por qué será, pero desde que me dijiste que oraste por mi llevo tres días por la mañana sin fumar marihuana… ¿sabes cuánto tiempo hacía que no me sucedía algo así?

Lo cierto es que el Señor dio un vuelco a mi incredulidad, pues también en estas cosas puede intervenir, siempre y cuando la libertad sea más atractiva que la esclavitud. Pero también hay que tener en cuenta una cosa: aunque dejemos de hacer obras que nos perjudiquen, no dejaremos de ser esclavos de ellas hasta que nuestro corazón se arrepienta. Porque la esclavitud no proviene de nuestras obras, sino de nuestros deseos, es decir, del corazón.

Con lo que he contado hasta ahora parece que estoy imparable ¿verdad? Pues no. Ya he dicho que estamos en guerra y en toda guerra se reciben contraataques. Una enorme apatía y desánimo ha venido sobre mí estos últimos días, y casi sin darme cuenta he vuelto a retomar mi reproductor mp3, con música cristiana y mensajes, olvidando que mi lugar está en el frente.

Si tu adversario puede neutralizarte con cosas legítimas ¿para qué lo va a hacer con las ilegítimas? Además, él sabe muy bien que si en lugar del mp3 estuviera hablando de fumar marihuana, me dirías ¡tenés que dejarlo! En cambio, si te digo que es un mp3, me dirás:
– Bueno, tampoco te obsesiones con eso.
Sabemos que nuestro problema no está en usar un reproductor de música, o ver televisión, o ir al cine o disfrutar del ocio. Nuestro problema sigue estando en el “niéguese a sí mismo”, condición indispensable para todo seguidor de Jesús. Pero ¿querés saber algo? Solo el que se niega a sí mismo y toma su cruz permanece en el frente. ¿Vamos?

Daniel Pujol es periodista y responsable en varios ministerios juveniles en Barcelona, España. Tomado de ProtestanteDigital.com

Daniel Pujol


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