| La Corriente | ||||
|
Renovar la pasión Ene | 2012 (GMT-3) Las luchas, los obstáculos y los momentos de angustia pueden hacernos perder la pasión y la fuerza necesaria para seguir. ¿Cómo lograr una pasión viva? No le demos lugar a las amenazas.
El siguiente es uno de los pasajes bíblicos que me han ayudado a tener una visión clara del poder que Dios nos ha otorgado para enfrentar los días de aflicción y angustia: "Con mi voz clamé a Dios, a Dios clamé, y él me escuchará. Al Señor busqué en el día de mi angustia; alzaba a él mis manos de noche, sin descanso; mi alma rehusaba consuelo. Me acordaba de Dios, y me conmovía; me quejaba, y desmayaba mi espíritu. No me dejabas pegar los ojos; estaba yo quebrantado, y no hablaba" (Salmo 77:1-4, RVR60). Aquí hay varios puntos que debemos detenernos a evaluar. Con leer los primeros versos, es notable que algo significativo ha pasado. Algo fuera de lo común ha hecho que este hombre saque su mirada de su condición, y levante su clamor a Dios. El punto de desesperación Aunque nos parezca extraño, muchos no ven su necesidad hasta que se encuentran en medio de la noche oscura. Algunos pasan por situaciones difíciles, y no se ven inclinados a actuar con urgencia. Muchos pensamos que nuestras respuestas están en la Tierra hasta que llegamos al punto donde la respuesta no está a nuestro alcance. Entonces nos damos cuenta de que solo un milagro nos puede salvar. Allí se despierta un anhelo por Dios que nunca pensamos tener. Es la desesperación del alma, la insatisfacción del espíritu que gime por su Dios. Es el quebranto lo que nos ayuda a poner nuestro corazón en la perspectiva correcta. Allí comenzamos a alinearnos con los deseos del Padre. Cuando nos encontramos con las insuficiencias de nuestra realidad, se hace imprescindible la realidad de Dios en nuestras vidas. Dios está constantemente anhelando revelarse a nosotros. Sin embargo, no es hasta que nuestro corazón asume la postura y sensibilidad apropiadas, que podemos entrar al lugar donde podemos verle revelado a nuestra vida. Tal vez te preguntarás: ¿Dios anhela que siempre pasemos momentos de quebranto para verle revelado? La respuesta es un rotundo no. Sin embargo, cuando hemos sido cautivados y distraídos por todo lo que tenemos delante de nosotros, nuestro corazón se torna insensible. Cuando nos olvidamos de Dios, poco a poco comenzamos a perder la sensibilidad que el corazón necesita. Nuestras prioridades comienzan a debilitarse y no nos damos cuenta. No es hasta que vemos el vino de la pasión comenzar a agotarse que comenzamos a correr. Cuando sufrimos una crisis financiera, matrimonial, personal o laboral, el corazón recuerda lo que realmente importa en esta vida. Nos hace regresar al lugar de nuestros comienzos y el anhelo por Dios se hace incesante. Muchos esperamos vernos en situaciones adversas para comenzar a actuar como siempre debimos haberlo hecho.
No conozco cuán real puede ser esta historia, pero a muchos nos puede suceder eso. Preferimos quedarnos inertes, aun cuando eso signifique perderlo todo o ganarlo todo, solo porque la respuesta que hemos recibido no es la que esperábamos. El enemigo sabe cuán poderosa es una mente que recuerda que Dios está cerca y dispuesta a obrar. Eso hace que el corazón se avive en fe. Por eso, si olvidamos lo que Dios ha hecho, nos sentiremos olvidados por Dios. Si sentimos que Dios se olvida de nosotros pensaremos que no tenemos razones para seguir luchando, y nuestra pasión y fe se encontrarán de brazos caídos. Al ver las adversidades que vivimos, nos sentimos incapaces de enfrentar lo que tenemos delante, y ahí viene el momento de la decisión. ¿Mantendremos una actitud correcta o una que debilite nuestra fe? ¿Tendremos la capacidad de ver más allá de lo que tenemos delante o se rendirá nuestro corazón? ¿Le daremos lugar a la actitud de agradecimiento o a la queja? Yo creo, es más, ya puedo ver que hoy se levantan corazones dispuestos a darle lugar a una actitud de agradecimiento en su corazón. La queja es una de las armas más poderosas que el enemigo tiene para debilitar nuestra pasión por todo lo que nos rodea: la familia y lo que un día amamos con todas nuestras fuerzas. Si deseas debilitar tu amor por algo, comienza a quejarte. Si deseas fortalecerlo, empieza a afirmar con palabras de amor y agradecimiento lo que deseas fortalecer. El lamento engrandece las debilidades, limitaciones y nos distorsiona la realidad. Nos da un sentido de impotencia y pequeñez. Desde ese punto, nunca vemos cómo podemos resolver los problemas que enfrentamos. Al quejarnos, nuestra mirada se quita de Dios y se enfoca solo en el problema. La queja levanta un altar a los problemas y situaciones, pues ponemos las debilidades, barreras y circunstancias como centro de nuestra vida. No vemos soluciones, solo impedimentos. Ella te hace olvidar lo bueno que has vivido y todo lo que Dios ha hecho en tu vida. Quejarnos nos pone a nosotros como centro de la vida y desde allí nada se ve objetivamente. Nos ponemos en el rol de víctima. Aquellos que asumen ese rol nunca se sentirán con la capacidad de salir de sus situaciones. En tiempos de dolor y angustia, vemos a muchos siguiendo la tendencia natural de aislamiento y silencio. Parece que nos hace bien quedarnos callados, y aunque el alma aparenta sentirse satisfecha en ese estado, podría convertirse en un momento peligroso. No hay duda de que retirarnos a un lugar donde solo tengamos silencio nos da un sentido de escape y seguridad. Sin embargo, para salir de donde estamos, necesitamos enfrentar la realidad que vivimos. El hablar en el tiempo oportuno nos ayuda a organizar nuestros pensamientos, aclarar la visión y hallar dirección. El silencio puede convertirse en el mejor huerto para las dudas internas, tristezas, asuntos sin resolver y desaliento. Por eso, se hace necesario e imperativo que aprendamos a comunicarnos el día en que sentimos debilitarse nuestra pasión y fe. Jacobo Ramos
|
||||