La Corriente

Cristianos atrapados en un mundo cruel
Sep | 2010 (GMT-3)

Al leer este artículo usted podrá ver que ciertas veces caemos en la trampa de vivir en una realidad que no es lo que Dios ha establecido para nuestras vidas. Cuando lo verosímil pasa a ser una realidad.

J. I. Packer
J. I. Packer
Existe cierto tipo de ministerio del evangelio que es cruel. No lo es intencionalmente, pero esto no lo hace menos cierto. Se propone magnificar la gracia, pero en realidad lo que hace es todo lo opuesto. Minimiza el problema del pecado, y pierde contacto con los propósitos de Dios.

El efecto es doble: primero, pintar la obra de la gracia como si fuera menos de lo que en realidad es; y segundo, dejar a la gente con un evangelio que no es lo suficientemente grande para cubrir toda la variedad de sus necesidades. En cierta ocasión Isaías describió la miseria de los recursos inadecuados en términos de camas cortas y mangas angostas (Isaías 28:20), receta segura para el descontento y la incomodidad a largo plazo, con la posibilidad de contraer una enfermedad seria por añadidura. En el reino espiritual, este tipo de ministerio expone a tal infelicidad a todos los que lo toman con seriedad. Su predominio constituye uno de los mayores impedimentos al conocimiento de Dios y al crecimiento en la gracia en los tiempos actuales. Esperamos poder hacer un servicio a alguna persona, denunciándola, y procurando mostrar dónde están sus fallas.

¿Qué clase de ministerio es este? Lo primero que tenemos que decir es que, por triste que parezca, es un ministerio evangélico. Su base es la aceptación de La Biblia como La Palabra de Dios y de sus promesas como las seguridades que Dios nos da. Temas comunes son la justificación por la fe mediante la cruz, el nuevo nacimiento por obra del Espíritu, y una nueva vida en el poder de la resurrección de Cristo. Su objetivo es el de lograr que se produzca el nuevo nacimiento en la gente y de allí conducirlas a la experiencia más plena que pueda lograrse en la vida de resurrección. En todo sentido se trata de un ministerio evangélico. Sus errores no son los de aquellos que se alejan del mensaje evangélico y puede verse expuesto.

Pero en realidad se trata de un ministerio evangélico y doctrinalmente sano, ¿qué puede tener de malo? ¿Cómo puede estar seriamente equivocado cuando su mensaje y sus fines son tan bíblicos? La respuesta es que el ministerio que se concentra por completo en las verdades evangélicas puede, no obstante, malograrse si da a dichas verdades una aplicación equivocada. La Escritura está llena de verdades que pueden curar las almas, del mismo modo que la farmacia está llena de medicamentos para curar desórdenes corporales; pero en ambos casos una aplicación desacertada de lo que, usado adecuadamente, sana, habrá de tener un efecto desastroso. Si en lugar de frotarnos con yodo, lo bebemos, el efecto será lo contrario de la curación; y las doctrinas del nuevo nacimiento y de la nueva vida pueden desvirtuarse también, con resultados poco felices. Esto es lo que ocurre, aparentemente, con el caso que estamos considerando.

Doctrinas mal aplicadas
El tipo de ministerio que aquí estamos considerando comienza enfatizando, en un contexto evangelístico, lo que significa hacerse cristiano. No solo le otorga al hombre el perdón de los pecados, paz a la conciencia y comunión con Dios como Padre; significará también que, por el poder del Espíritu que mora en él, podrá vencer los pecados que antes lo dominaban, y la luz y la guía que le dará Dios le permitirá encontrar una salida a los problemas de la orientación en la vida, de la realización propia, de las relaciones personales, de los deseos del corazón y otros términos semejantes, los cuales hasta ese momento lo habían derrotado por completo.

Ahora bien: dicho así, en términos generales, estas grandes posibilidades son escriturales y verdaderas... ¡y gracias a Dios que sea así! Pero es posible enfatizarlas de tal modo, y como consecuencia minimizar el lado más duro de la vida cristiana (la disciplina diaria, la guerra interminable con Satanás y el pecado), que se cree la impresión de que la vida cristiana normal es un perfecto lecho de rosas, un estado de cosas en que todo lo que hay en el jardín es invariablemente hermoso, y que ya no existen problemas o, si vienen, no hay más que presentarlos ante el trono de la gracia y de inmediato desaparecen. Esto es sugerir que el mundo, la carne y el diablo, no constituirán un problema serio una vez que uno se hace cristiano; que tampoco acarrearán problemas las circunstancias ni las relaciones personales; y que se acabarán también los problemas que uno tiene consigo mismo. Tales sugerencias son perjudiciales por la sencilla razón de que son falsas.

Por supuesto que también puede darse una impresión igualmente desequilibrada desde el otro extremo. Es posible enfatizar el lado duro de la vida cristiana, y minimizar de tal forma el halagüeño que se dé la impresión de que la vida cristiana es en gran medida penosa y sombría... ¡como un infierno en la Tierra, con la sola esperanza del cielo en el más allá! No cabe duda de que de tiempo en tiempo esta es la impresión que se ha dado, como es indudable que el ministerio que estamos examinando aquí es, en parte, una reacción contra ella. Pero se hace necesario manifestar que, de estos dos extremos equivocados, el primero es el peor, de la misma manera que las esperanzas falsas constituyen un mal peor que los falsos temores. El segundo error llevará, en la misericordia de Dios, a la sorpresa agradable de descubrir que los cristianos tienen también momentos de alegría, no solo de tristeza. Pero el primero, que describe la vida cristiana normal como si estuviese enteramente libre de dificultades y problemas, no puede menos que conducir tarde o temprano a una amarga desilusión.

tristesLo que sostenemos nosotros es que, con el fin de apelar en forma convincente a la ansiedad humana, el tipo de ministerio que estamos analizando se permite prometer en este sentido más de lo que Dios se ha dispuesto a cumplir en este mundo. Esto, insistimos, es el primer aspecto que lo señala como cruel. Busca los resultados mediante esperanzas falsas. Desde luego que esa maldad no es malicia. Más bien es impulsada por una bondad irresponsable. El predicador quiere ganar a sus oyentes para Cristo; por ello presenta la vida cristiana como si fuese color de rosa, procurando hacer que suene lo más agradable y libre de afanes que pueda, con el fin de traerlos. Pero la ausencia de un motivo malo, y la presencia de un motivo bueno, de ningún modo reducen el daño que hacen sus exageraciones.

El remedio equivocado
Habiendo creado la esclavitud –porque es justamente eso–, haciéndoles creer a los creyentes nuevos que deben considerar todas las experiencias de frustración y perplejidad como señales de un cristiano subnormal, proceden a crear un mayor grado de esclavitud al imponer un remedio que es una especie de chaleco de fuerza con el cual se han de eliminar dichas experiencias. Dicho remedio consiste en insistir en diagnosticar esa “lucha”, que equivale a “derrota”, como un retroceso ocasionado por la falta de “consagración” y “fe”. Al comienzo –así se le dice–, el converso se había entregado totalmente a ese Salvador que acababa de encontrar; de ahí su alegría. Pero luego se ha enfriado o se ha descuidado, ha limitado su obediencia en alguna forma, o ha dejado de confiar en el Señor Jesús paso a paso, y es por ello que se encuentra en ese estado.

El remedio, por lo tanto, es que descubra su error, se arrepienta y lo confiese; que vuelva a consagrarse a Cristo y que mantenga la consagración a diario; que aprenda el hábito, cuando le vienen las tentaciones y surjan los problemas, de pasárselos a Cristo para que Él se los resuelva. Si así obra –según se afirma–, andará, en el sentido teológico tanto como el metafórico, en el mejor de los mundos.

Ahora bien, cierto es que si el creyente se vuelve descuidado con Dios, y vuelve a caer deliberadamente en pecado, el gozo interior y la paz tienden a disminuir, y el descontento se evidencia en su ánimo de forma cada vez más marcada. Los que por su unión con Cristo están muertos al pecado ya no pueden encontrar en él ni siquiera ese grado limitado de placer que les daba antes que hubiesen nacido de nuevo. No pueden emprender caminos torcidos sin poner en peligro el favor de Dios para con ellos; de eso se encargará Dios mismo: “La codicia de mi pueblo es irritable, por perversa, en mi enojo, lo he castigado; le he dado la espalda, pero él prefirió seguir sus obstinados caminos” (Isaías 57:17). Así es como reacciona Dios con los hijos que se descarrían.

De modo que el cristiano que se pregunta a sí mismo: “¿Dónde está esa bendición que conocí cuando por primera vez vi al Señor?”, haría bien en preguntarse, antes de continuar más adelante, si no ha habido en su vida pecados que te hicieron sufrir y que te ahuyentaron de mi pecho, pecados sobre todo, practicados voluntariamente. Si así fuera, entonces el remedio que se receta más arriba es, por lo menos en líneas generales, el más adecuado.

Pero puede que no sea así; y tarde o temprano habrá un momento en la vida de todo cristiano en que no lo será. Tarde o temprano la realidad será que es Dios quien ejercita a su hijo por la senda de la santidad adulta, como fue el caso de Job. Para él, Dios emplea el método de exponerlo a fuertes ataques del mundo, la carne y el diablo, a fin de que su poder de resistencia aumente y su carácter como hombres de Dios se haga más firme.

Todos los hijos de Dios son sometidos a este tratamiento; es parte de la “disciplina del Señor” a la que somete a todo hijo al que ama. Y si esto le ocurre al cristiano que se siente confundido, entonces el remedio que se sugiere resultará desastroso.

Porque, ¿qué hace este remedio? Sentencia a los cristianos fieles y dedicados a una vida farragosa de buscar cada día fallas inexistentes en su consagración, en la creencia de que si pudiesen descubrirlas y confesarlas, podrían entonces recuperar la experiencia de una inocencia espiritual que Dios en realidad quiere que abandonen ya. Por lo tanto, no solo produce regresión y falta de realidad en lo espiritual, sino que los coloca involuntariamente en pugna con el Dios que les ha sustraído el inocente brillo de la infancia espiritual, con su enorme dosis de alegría y complaciente pasividad, precisamente con el fin de conducirlos a una experiencia más madura y adulta.

El Dios restaurador
Lo que corresponde recalcar es que el error humano, y el inmediato desagrado divino, en ninguno de los casos fue el fin de la historia. Abraham aprendió a esperar que se cumpliese el tiempo de Dios. Moisés se curó de la confianza en sus propios recursos –en realidad, su ulterior apocamiento fue casi pecaminoso–. Y así muchos otros hombres de Las Escrituras.

Dios puede obtener efectos positivos hasta de nuestro comportamiento más necio; el Señor restablece los años que se ha llevado la langosta. Dicen que los que jamás cometen errores nunca hacen nada; por cierto que los hombres mencionados arriba cometieron errores, pero a través de sus errores Dios les enseñó a conocer su gracia, y a aferrarse a Él de un modo que nunca hubiesen logrado de otra forma. ¿Tiene usted algún sentido de fracaso? ¿Sabe que ha cometido algún error abominable? La solución es volver a Dios; su gracia restauradora está a nuestra disposición.
El conocimiento del Dios Santo
La falta de realidad en la religión es una cosa maldita. La falta de realidad es la maldición del tipo de doctrina que hemos expuesto. La falta de realidad para con Dios es la enfermedad que arruina en gran medida al cristianismo moderno. Necesitamos que Dios nos haga realistas en cuanto a nosotros mismos y a Él.

Tomado del libro: El conocimiento del Dios santo de Editorial Vida

J. I. Packer