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| A. W. Tozer |
En el capítulo 6 del Evangelio de Juan, el apóstol nos deja constancia de uno de los dos momentos cuando Jesús alimentó milagrosamente a una multitud. Dos discípulos y un muchacho, cuyo nombre desconocemos, desempeñaron un papel en esta gloriosa experiencia en Galilea: Felipe, un hombre con una calculadora. Andrés, un hombre con sugerencias, y un muchacho con un almuerzo que estaba dispuesto a compartir.
“Cuando Jesús alzó la vista y vio una gran multitud que venía hacia él, le dijo a Felipe: ‘¿Dónde vamos a comprar pan para que coma esta gente?’. Esto lo dijo sólo para ponerlo a prueba, porque él ya sabía lo que iba a hacer. ‘Ni con el salario de ocho meses podríamos comprar suficiente pan para darle un pedazo a cada uno’, respondió Felipe. Otro de sus discípulos, Andrés, que era hermano de Simón Pedro, le dijo: ‘Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?’ ‘Hagan que se sienten todos’, ordenó Jesús. En ese lugar había mucha hierba. Así que se sentaron, y los varones adultos eran como cinco mil. Jesús tomó entonces los panes, dio gracias y distribuyó a los que estaban sentados todo lo que quisieron. Lo mismo hizo con los pescados” (Juan 6:5-11).
Antes de esta multiplicación de los panes y los pescados, “subió Jesús a un monte, y se sentó allí con sus discípulos” (v. 3). Ese hecho es digno de notarse. Parece claro que Jesús se retiró a propósito de la gran presión de las personas que lo habían seguido incesantemente.
Hay algunas cosas que usted y yo nunca aprenderemos cuando otros están presentes. Creo en la iglesia y amo el compañerismo de los hermanos. Hay mucho que podemos aprender cuando estamos juntos los domingos y nos sentamos entre los santos. Pero hay ciertas cosas que usted y yo nunca aprenderemos en presencia de otras personas.
Sin ninguna duda, parte de nuestro fracaso hoy es la actividad religiosa que no está precedida de soledad, de inactividad. Me refiero a estar a solas con Dios y esperar en silencio y quietud hasta que seamos llenos con el Espíritu de Dios, hasta que recarguemos nuestras baterías espirituales. Después, cuando actuemos, nuestra actividad servirá de algo porque hemos sigo preparados por Dios para ello.
Inactividad correcta
Los que entre nosotros practican la inactividad por lo general no practican la clase de inactividad recomendada en La Biblia, la clase de quietud y de esperar en Dios que nuestro Señor practicaba. Parte de lo que vemos hoy no es otra cosa que pereza, y el Señor no tiene nada nuevo que decir acerca de los vagos. No hay ni un solo texto en los sesenta y seis libros de La Biblia que diga algo amable de los haraganes. La inactividad que brota de la pereza no tiene lugar en La Palabra de Dios.
Está también la inactividad que surge del temor. Las personas que sienten temor de hacer alguna cosa, pensando que eliminan riesgos al no hacer nada. Piensan que si simplemente se quedan inmóviles, tendrán menos riesgos de entrar en dificultades. Dios nunca aprueba esta clase de inactividad, porque brota de una motivación no cristiana.
Otros están inactivos porque carecen de visión. Lo que sucede es que no saben qué hacer, ¡así que no hacen nada! Son personas que nunca han visto un camino y no saben dónde encontrar uno. Miran y no ven ninguna posibilidad y, por tanto, se quedan paradas.
Pero hay una inactividad que, paradójicamente, es la más elevada actividad que podemos emprender. Puede haber una suspensión de la actividad del cuerpo, como cuando nuestro Señor les dijo a sus discípulos: “Ahora voy a enviarles lo que ha prometido mi Padre; pero ustedes quédense en la ciudad hasta que sean revestidos del poder de lo alto” (Lucas 24:49). Esperaron, y el Espíritu descendió sobre ellos con poder.
En el Antiguo Testamento, esperar en Dios quiere decir acudir a su presencia con expectación y esperar allí con inactividad física y espiritual. “Deja de pensar, cristiano turbado”, escribió uno de los antiguos poetas. Hay un lugar donde la mente cesa de buscar su manera de hacer las cosas y se arroja a sí misma por completo a los pies de Dios. A medida que la gloria resplandeciente de Dios desciende sobre la vida que espera, le imparte una actividad.
¿Entendió lo que quiero decir cuando digo que podemos ir a Dios con una actividad que es inactiva? Vamos a Dios con un corazón que no actúa en el poder de la carne o de lo natural, tratando de hacer algo. Acudimos a Dios con una actitud de esperar. Eso significa que nuestro espíritu interno está viendo, oyendo y remontándose en alas de fe y esperanza, mientras que nuestro ser externo, la persona física, está inactiva y aun la mente suspendida en cierto grado.
Demasiada actividad
Sabemos que Jesús reprendió una vez a una mujer por ser demasiado activa. Era Marta, de Betania. A veces tenemos la tendencia de añadirle a lo que el Señor en realidad dijo a Marta. Su amable reprensión ha sido una oportunidad para acumular abuso sobre la pobre mujer.
Pero notemos, por el otro lado, que María estaba allí simplemente sentada. Se usa aquí la misma palabra que Juan emplea para hablar de la inactividad de Jesús cuando subió al monte y se sentó allí con sus discípulos. María estaba simplemente sentada a los pies del Salvador, y el Señor reprendió a Marta por su nerviosa actividad. Creo que ella llevaba su actividad hasta ese punto en el que ya no hace ningún bien, y no lo compensó con un relajamiento espiritual interior.
En el caso relacionado con nuestro Señor, del que Juan nos informa, las personas acudieron a Jesús y Él estaba listo. Había estado en quietud y silencio. Se había sentado a solas con sus discípulos para meditar. Miró a su interior y esperó a que la plenitud de la vida divina descendiera del trono de Dios a su propia alma. Aquello que fue como afinar las cuerdas del violín, como recargar las baterías. Se encontraba balanceado y preparado para recibir a las personas.
Y las personas llegaron, una multitud de la humanidad que tres días antes había salido de los pueblos de alrededor de Galilea para seguir al Maestro. Algunas llevaban a sus niños y otras eran personas ancianas que no estaban físicamente fuertes para esta clase de marcha. Ahora, después de tres días de caminar, se les habían agotado los alimentos. Estaban en necesidad, pero allí no había lugar a donde ir y comprar algo para comer.
Fue en ese momento cuando el Señor le preguntó a Felipe: “¿De dónde compraremos pan para que coman éstos?” (Lucas 6:5). ¿Le dice algo esta pregunta? A mí me dice que nuestro Señor estaba preocupado acerca del pan y del hambre natural de las personas.

No conozco ningún campamento de encuentros cristianos sin una cocina y un comedor. Nunca ha habido un Pentecostés que no tuviera un cocinero cerca para satisfacer las necesidades humanas de los santos llenos del Espíritu Santo. Nuestro Señor sabe que somos seres humanos. Es bueno que sepamos que Él nos entiende y conoce nuestras necesidades.
Tomado del libro: Fe más allá de la razón de Editorial Portavoz