La Corriente

Tres creencias mortales
Ago | 2010 (GMT-3)

Estas creencias instaladas como normales y hasta aceptables para nuestra sociedad, pueden conducirnos a una vida infeliz y sin esperanza. Desenmascaremos paradigmas contrarios a Dios.

Gary Smalley
Gary Smalley
Hay tres creencias nefastas que pueden deslizarse dentro de tu vida, sin que lo notes, y esparcir su veneno sin que te percates del mal que provocan. Estas tres creencias insidiosas y destructivas están tan extendidas y aceptadas en nuestra cultura, que su peligro a menudo pasa inadvertido. Cuando todo el mundo lo hace, es difícil ver qué pueden tener de malo estas creencias. Así que podrías tener una creencia mortal carcomiendo tu vida en este preciso momento, y ni siquiera ser consciente de ello.

Es obvio que lo que sucede en nuestra cultura hoy no puede considerarse como una guía legítima de las conductas que reflejan la naturaleza de Dios. Y recuerda, además, que esa es nuestra meta: transformar nuestras creencias para que todo lo que hagamos y digamos refleje el designio de Dios, porque Él sabe cuáles creencias nos harán libres y cuáles nos arrastrarán a la destrucción.

Muchas conductas propias de la cultura actual inducen creencias y actitudes que están muy lejos de reflejar el carácter de Dios. Por eso quiero presentarles tres creencias muy tóxicas, pero tan ampliamente aceptadas que parecerían no tener nada de malo. Son ideas furtivas que se deslizan en nuestro ser sin ser detectadas por nuestro radar espiritual. Las denomino “las tres creencias mortales”.

Considero mortales a tales creencias porque las mismas pueden carcomer tu corazón con facilidad en tu vida, y no ser advertidas. Bien podrían carcomer tu corazón sin que lo notaras, como si fuera un cáncer extendiéndose por el cuerpo.

Tres ideas
El apóstol Juan hizo referencia a estas ideas en su primera carta a las iglesias cuando escribió: “No amen al mundo ni nada de lo que hay en él. Si alguien ama al mundo, no tiene el amor del Padre. Porque nada de lo que hay en el mundo —los malos deseos del cuerpo, la codicia de los ojos y la arrogancia de la vida— proviene del Padre sino del mundo. El mundo se acaba con sus malos deseos, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Juan 2:15-17, énfasis añadido).

Si parafraseamos estos versículos en el lenguaje de hoy, Juan lo que dice es: no deseen las cosas que desea al hombre común y corriente de este mundo. No adopten las creencias del mundo que son:

•Los deseos intensos e insaciables de estimular el cuerpo por medio de placeres interminables, cosas excitantes y emociones.

•La codicia que lleva a comprar cada vez más cosas materiales, diversiones y sabrosas comidas para llenar sus casas y estómagos.

•La arrogancia de creer que nos merecemos todo lo que tenemos y logramos en la vida, en vez de agradecer a Dios y darle la gloria.

Ninguna de estas creencias proviene de Dios, sino que son ideas y creencias propias del mundo. Cuando estas ideas mortales se alojan en tu corazón como creencias, te causarán todo tipo de problemas en la vida.

Estas tres creencias que debemos evitar, como Juan nos advierte, son mortales porque nos apartan del Señor e impiden recibir y reflejar tanto a Dios como a su amor. Cuando te apartas de Dios, cortas el vínculo con la fuente de vida, y eso es mortal. Sin embargo, nuestra cultura en general adopta justo estas creencias mortales. Para la mayoría de la gente, la norma hoy es la búsqueda de placer, la acumulación de cosas y la definición de lo que somos según lo que tenemos y lo que hemos logrado.

Fíjate que cada uno de estos afanes se funda en deseos por completo, egoístas importando poco si reflejan o no el carácter de Dios, que es amor. Dios quiere que no nos concentremos en nosotros y nos dediquemos a amar al prójimo, en vez de mirar hacia nuestro interior y pensar en satisfacer nuestros deseos, la acumulación de bienes y la soberbia. Estas ideas despojan nuestro corazón del amor, lo marchitan hasta que no queda lugar para Dios.

Eso fue lo que hizo Dave. Estas tres creencias habían infectado su vida sin que hubiera nadie que se le comparara en su afán de procurarse placer. Él era un trabajador compulsivo, tenía tres empleos para mantener el estilo de vida que deseaba. Adquiría nuevos “juguetes” todas las semanas: artículos deportivos, autos, artefactos electrónicos y ropa.

Dave era muy talentoso, trabajador y decidido, pero estaba claro que toda su energía y sus capacidades estaban presididas por las creencias profundas que albergaba en su corazón. La caída que hubo de sobrevenirle, fue inevitable.

Estaba casado con una mujer muy atractiva y cariñosa. Tenía dos hijos sensacionales. Él y su esposa habían formado parte de uno de mis grupos de apoyo matrimonial durante más de tres años. Aunque asistía con regularidad y participaba, rara vez cumplía con las simples tareas semanales que se asignaban, que de forma habitual consistían en encontrar maneras prácticas de expresarle amor a su esposa. Una noche, durante una de las reuniones, su mujer nos dio una noticia que cayó como una bomba. En la seguridad de ese grupo de apoyo, nos contó que acababa de enterarse que Dave veía a otra muchacha, con la cual tenía relaciones sexuales, a unos diez kilómetros de nuestra ciudad. Había usado un nombre falso y le había dicho a la muchacha que era soltero. La esposa de Dave había llegado a llamarla para confirmar que el hombre con quien se veía era en efecto su marido.

Como podrán imaginarse, el grupo quedó estupefacto. A medida que ella se fue enterando de más detalles, supo que Dave no solo tenía relaciones sexuales con esta muchacha, sino que también se contactaba por Internet con otras mujeres, intercambiaban fotos, y se encontraban para tener sexo cuando él se iba de viaje.

El mundo de Dave se desmoronó. Su esposa lo abandonó de inmediato y se marchó con los niños. No había ninguna esperanza de reconciliación, así que ese fue el fin de la relación de Dave con su familia. También perdió su empleo.

Admitió inmediatamente ante el grupo que era culpable de los cargos y confesó sus pecados a Dios. Comenzó a tener consultas con un experto en adicciones sexuales, el cual le explicó que sus pecados eran las consecuencias de ciertas creencias implantadas muy profundamente en su vida, pero contrarias a La Palabras de Dios. Sus tres deplorables actividades eran el resultado directo de su falta de relación con Dios y su familia. Se unió a un grupo de apoyo de la iglesia para hombres con adicciones sexuales, y comenzó de inmediato a memorizar Gálatas 5:13, Mateo 22: 37-39 y Romanos 5:3-5.

Dave ahora tenía pesadillas recurrentes de angustia y remordimiento. Apenas soportaba vivir consigo mismo después de lo que había hecho, y solo podía depender de la gracia y la misericordia de Dios. En realidad, clamó a Dios día y noche, pidiéndole libertad y fuerzas, y de forma gradual comenzó a cosechar resultados. Al poco tiempo pude ver cambios en su espíritu y en su amor hacia Dios y su familia. Seguía asistiendo a la iglesia y su esposa lo veía allí semana tras semana. Sus contactos eran esporádicos y efímeros, pero al final ella aceptó “salir con él”, lo cual resultó muy alentador para Dave.

El engaño
Cuando estalló todo este asunto, ni Dave ni yo entendíamos el efecto tan poderoso que las tres creencias mortales tienen en la vida de una persona. Sin embargo, en la cultura tan irracionalmente hedonista de la actualidad, este efecto es obvio: dichas creencias mortales infectan de forma grave nuestra sociedad y nuestras iglesias, a un grado tal que las relaciones y la manera de vivir están destruyendo la estabilidad de las vidas de todos.

Una persona puede tener varias creencias en su corazón, todas las cuales inciden en los pensamientos, las palabras y las acciones. Puedes ser un cristiano con una conducta visiblemente ejemplar, y al mismo tiempo albergar de forma subrepticia creencias mortales.
Cambia tu corazón, cambia tu vida
Cuida tu corazón con esmero, así como tu relación con Dios y los demás. Anímate a ver qué creencias mortales guardas dentro de ti. Entonces podrás comenzar a atesorar algunas claves de Las Escrituras dentro de tu corazón, y también podrás comenzar a observar cómo desaparecen los viejos patrones de comportamiento.

Tomado del libro: Cambia tu corazón, cambia tu vida de Editorial Vida

Gary Smalley