| La Corriente | ||||
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Seamos dadores de gracia Jun | 2010 (GMT-3) Portadores del carácter del Señor. ¿Se considera un portador de la gracia de Dios? ¿Sus relaciones son reflejo de lo que Dios la hecho con usted y en usted?
Es evidente que todos los seres humanos somos propensos a adoptar hábitos y actitudes destructivas. La Biblia jamás pasa por alto esta realidad. No obstante, cuando Dios nos salva, pone su Espíritu Santo en nosotros. Antes de ser salvos no nos parecemos en nada a Cristo. Pero en el momento de nuestro renacimiento espiritual Dios comienza a transformarnos para que reflejemos su imagen según el propósito original de su designio para la humanidad. Como cristianos somos llamados a vivir de manera digna del nombre de Cristo. La forma en que tratamos a los demás es la respuesta directa a nuestro entendimiento y nuestra aceptación de la gracia de Dios. Las ramificaciones de esta verdad son inmensas. Es desalentador ver que, a pesar de la abundante bondad de Dios hacia nosotros, no hemos sido generosos a la hora de bendecir a otros. Esta falta de gracia hacia los demás no es necesariamente resultado de que seamos malos o despreciables. A menudo es un síntoma de nuestra ignorancia. Todos tenemos puntos ciegos y a veces ellos pueden llevarnos a consecuencias desastrosas. Un esposo ha criticado y hostigado a su esposa durante años. Ahora ella quiere divorciarse y el hombre al fin logra darse cuenta de lo mal que la ha tratado. Un padre no tiene prácticamente relación alguna con su hijo adolescente. Ese hijo se comporta hoy con rebeldía en respuesta a años de paternidad apática. El padre anhela con desesperación una segunda oportunidad. Un pastor ve cómo su congregación pierde sus miembros un domingo tras otro. El diácono le señala con suavidad que durante años ha estado predicando sobre el juicio de Dios y ha sido duro con su rebaño. Sin embargo, cuando su gente necesitó gracia y perdón, el pastor ni supo cómo dárselos. Todos tenemos aspectos de nuestro carácter que necesitamos pulir. En verdad podríamos ser más diligentes a fin de mostrarles gracia a los demás. En este mismo momento quizás el Espíritu de Dios lo esté convenciendo de dos cosas: (1) un comportamiento en su vida falto de gracia –crítico, carente de perdón–, y (2) una actitud apática que le impide buscar oportunidades –o ver las obvias– para ofrecerles la gracia de Dios a los demás. Pídale al Señor que lo ilumine de modo que encuentre maneras específicas de mejorar la forma en que se relacione con su prójimo. Al orar y pedir ser transformado en una persona de gracia, le servirán estos cinco pasos para iniciar este camino: Considere cuál es la fuente de toda gracia: Todos somos capaces de mostrarles bondad y amabilidad a los demás, pero la gracia tiene su origen en Dios. La mayoría de las personas no ofrecemos la gracia por naturaleza. Uno no puede simplemente tomar la decisión de empezar a bendecir a los demás y hacerlo de manera sistemática. A fin de ofrecer gracia hay que ser una persona de gracia, y para que esto suceda el Espíritu Santo tiene que obrar con libertad en su vida. No suponga que su conversión lo convirtió de forma automática en una persona llena de gracia. Hay muchos cristianos que se conducen sin ella. La clave está en permitir que el Espíritu Santo obre en nosotros para producir gracia como solo Él puede hacerlo. Tenemos que aprender a pensar como Dios piensa (ver 1 Corintios 2:10-16). Las Escrituras dan un claro testimonio de la gracia, la compasión y la misericordia de Dios como características de su persona. Esa es la esencia de su naturaleza. Allí donde Dios obra, la gracia abunda. Cuando Él se expresa a través de nuestra vida, los que nos rodean experimentan su gracia. Y aunque los no creyentes pueden ser buenos también, jamás lograrán igualar la dimensión de la gracia que proviene de Dios. No hay resolución moral ni buenas intenciones que logren de nosotros lo mismo que logra Dios. Solo Cristo, viviendo su vida a través de la nuestra, puede hacer que nos parezcamos cada vez más a Él. La gracia proviene de Dios. Uno no puede fabricarla. Dios no nos la impondrá. Es un regalo y, si estamos dispuestos a recibirla, cambiará nuestras vidas. Considere su propia necesidad de gracia: Uno de los mayores errores que podemos cometer como cristianos, es perder de vista esta realidad. Necesitamos la gracia de Dios todos los días. Es asombroso, pero Él nos la provee.
Pídale a Dios que llene su corazón de gracia: Ya sabemos que no podemos actuar con gracia constantemente por nuestros propios medios. La gracia es del dominio de Dios. Lo que sí podemos hacer es entregarle nuestros corazones a Dios para Él nos llene con su amor y misericordia. Entonces podremos bendecir a los demás. Muchas personas podrían contar historias de su vida que le romperían el corazón. Es incomprensible el modo en que tanta gente lastima a otros. Las víctimas de la traición, el abuso o el abandono suelen preguntar las cosas más difíciles: “Mi esposo me engañó durante años antes de abandonarnos a mí y a mis hijos por otra mujer. ¿Cómo puedo perdonar eso?” La respuesta a preguntas como eso es: No podemos perdonarlos. Esto es imposible desde el punto de vista humano. Solo Dios es lo bastante amoroso y misericordioso para extenderles su gracia y perdonarlos. Pídale a Dios que perdone a esa persona a través de usted. Suena algo simplistas, ¿verdad? Sin embargo, esto es posible. Busque oportunidades para ofrecer gracia: Las personas dadoras de gracia buscan maneras prácticas de mostrarles bondad a los demás. Alrededor de nosotros hay personas que necesitan gracia, pero no podemos ayudarlas si no vemos su necesidad. Nuestra tendencia natural es buscar lo que pueda beneficiarnos. Solemos estar al tanto de cómo nos tratan los demás, en lugar de ver cómo podemos darles a otros un regalo aunque no lo merezcan. Las oportunidades de ofrecerles a otros la gracia de Dios abundan, pero tenemos que pedirle al Señor que nos quite las anteojeras para que podamos verlas. Si le pedimos al Espíritu Santo que nos libere de nuestro egocentrismo y bendiga a otros a través de nosotros, nos mostrará cosas que jamás imaginamos. Eso es lo que Dios hará, aunque depende de nosotros responder a su invitación. Si tenemos el corazón lleno de gracia, nuestras palabras serán palabras de gracia. No andaremos con chismes ni criticaremos a los demás. En cambio, diremos cosas que alienten y edifiquen a las personas. Hay algunos que creen de corazón que son personas que reflejan la gracia de Dios, pero si se les mostrara la trascripción de sus conversaciones, quedarían apabulladas ante lo que sale de sus bocas. Dedique un tiempo para estar con el Espíritu Santo y pídale que le proporcione su análisis de las palabras y actitudes que usted adopta y elige a diario. Haga la oración de David: “Examíname, oh Dios, y sondea mi corazón; ponme a prueba y sondea mis pensamientos. Fíjate si voy por mal camino, y guíame por el camino eterno” (Salmo 139:23-24). Si de corazón quiere saber cómo ser una persona llena de gracia, el Espíritu Santo se lo mostrará. Es paradójico que la gente a veces pueda mostrar gracia en ciertas áreas de su vida, pero en otras no. Tratan con gracia a sus colegas, pero luego en sus hogares son unos tiranos. Los cristianos quizás sean generosos a la hora de otorgarles gracia a otros miembros de su iglesia, pero se comportan como monstruos con los meseros en el restaurante o con los vendedores. Solo porque extendemos la gracia de Dios en ciertas áreas esto no significa que nuestra vida se caracterice por la gracia. No se conforme hasta que cada aspecto de su vida esté saturado de la gracia de Dios. Además de prestarle atención a sus palabras, tenga en cuenta su conducta. Una de las claves para saber si sus acciones siguen el modelo de Cristo –y como consecuencia ofrecen la gracia de Dios– es el resultado de estas acciones. Podemos saber mucho a partir de la respuesta de los demás. Muchas veces los síntomas de nuestra falta de gracia son obvios a los ojos de las personas, pero nosotros mismos no logramos verlos. Todos podemos ser culpables de pensar de manera equivocada. Creemos algo en nuestra mente y suponemos que es la realidad de nuestra vida. Jesús dijo que la persona que hace lo que Él dice es la que lo ama, no la que cree lo que Él dice (ver Juan 15:14). ¿Cree usted en la gracia? ¿La está poniendo en práctica? Si no ha sido la persona llena de gracia que debiera ser, no es demasiado tarde. No podrá volver atrás en el tiempo para revertir los momentos en que no se condujo con la gracia de Dios. No obstante, sí puede comenzar a hacerlo hoy mismo. Pídale a Dios que lo perdone por su comportamiento anterior, y luego solicítele también la oportunidad de otorgarle gracia a una persona en el día de hoy. Tomado del libro: Refleje la gracia de Dios de Editorial Unilit Richard Blackaby
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