Los cristianos hemos recibido la clemencia divina. Tenemos una enorme obligación de vivir a diario con gratitud, debido a la extraordinaria gracia de Dios. El apóstol Pablo lo dijo de este modo: “Recuérdales a todos que deben mostrarse obedientes y sumisos ante los gobernantes y las autoridades. Siempre deben estar dispuestos a hacer lo bueno: a no hablar mal de nadie, sino a buscar la paz y ser respetuosos, demostrando plena humildad en su trato con todo el mundo. En otro tiempo también nosotros éramos necios y desobedientes. Estábamos descarriados y éramos esclavos de todo género de pasiones y placeres. Vivíamos en la malicia y en la envidia. Éramos detestables y nos odiábamos unos a otros. Pero cuando se manifestaron la bondad y el amor de Dios nuestro Salvador, él nos salvó, no por nuestras propias obras de justicia sino por su misericordia. Nos salvó mediante el lavamiento de la regeneración y de la renovación por el Espíritu Santo, el cual fue derramado abundantemente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro Salvador. Así lo hizo para que, justificados por su gracia, llegáramos a ser herederos que abrigan la esperanza de recibir la vida eterna. Este mensaje es digno de confianza, y quiero que lo recalques, para que los que han creído en Dios se empeñen en hacer buenas obras. Esto es excelente y provechoso para todos” (Tito 3:1-8).
Es evidente que todos los seres humanos somos propensos a adoptar hábitos y actitudes destructivas. La Biblia jamás pasa por alto esta realidad. No obstante, cuando Dios nos salva, pone su Espíritu Santo en nosotros. Antes de ser salvos no nos parecemos en nada a Cristo. Pero en el momento de nuestro renacimiento espiritual Dios comienza a transformarnos para que reflejemos su imagen según el propósito original de su designio para la humanidad. Como cristianos somos llamados a vivir de manera digna del nombre de Cristo. La forma en que tratamos a los demás es la respuesta directa a nuestro entendimiento y nuestra aceptación de la gracia de Dios. Las ramificaciones de esta verdad son inmensas.
Es desalentador ver que, a pesar de la abundante bondad de Dios hacia nosotros, no hemos sido generosos a la hora de bendecir a otros. Esta falta de gracia hacia los demás no es necesariamente resultado de que seamos malos o despreciables. A menudo es un síntoma de nuestra ignorancia. Todos tenemos puntos ciegos y a veces ellos pueden llevarnos a consecuencias desastrosas.
Un esposo ha criticado y hostigado a su esposa durante años. Ahora ella quiere divorciarse y el hombre al fin logra darse cuenta de lo mal que la ha tratado. Un padre no tiene prácticamente relación alguna con su hijo adolescente. Ese hijo se comporta hoy con rebeldía en respuesta a años de paternidad apática. El padre anhela con desesperación una segunda oportunidad. Un pastor ve cómo su congregación pierde sus miembros un domingo tras otro. El diácono le señala con suavidad que durante años ha estado predicando sobre el juicio de Dios y ha sido duro con su rebaño. Sin embargo, cuando su gente necesitó gracia y perdón, el pastor ni supo cómo dárselos.
Todos tenemos aspectos de nuestro carácter que necesitamos pulir. En verdad podríamos ser más diligentes a fin de mostrarles gracia a los demás. En este mismo momento quizás el Espíritu de Dios lo esté convenciendo de dos cosas: (1) un comportamiento en su vida falto de gracia –crítico, carente de perdón–, y (2) una actitud apática que le impide buscar oportunidades –o ver las obvias– para ofrecerles la gracia de Dios a los demás.
Pídale al Señor que lo ilumine de modo que encuentre maneras específicas de mejorar la forma en que se relacione con su prójimo. Al orar y pedir ser transformado en una persona de gracia, le servirán estos cinco pasos para iniciar este camino:
Considere cuál es la fuente de toda gracia: Todos somos capaces de mostrarles bondad y amabilidad a los demás, pero la gracia tiene su origen en Dios. La mayoría de las personas no ofrecemos la gracia por naturaleza. Uno no puede simplemente tomar la decisión de empezar a bendecir a los demás y hacerlo de manera sistemática. A fin de ofrecer gracia hay que ser una persona de gracia, y para que esto suceda el Espíritu Santo tiene que obrar con libertad en su vida. No suponga que su conversión lo convirtió de forma automática en una persona llena de gracia. Hay muchos cristianos que se conducen sin ella. La clave está en permitir que el Espíritu Santo obre en nosotros para producir gracia como solo Él puede hacerlo. Tenemos que aprender a pensar como Dios piensa (ver 1 Corintios 2:10-16). Las Escrituras dan un claro testimonio de la gracia, la compasión y la misericordia de Dios como características de su persona. Esa es la esencia de su naturaleza. Allí donde Dios obra, la gracia abunda. Cuando Él se expresa a través de nuestra vida, los que nos rodean experimentan su gracia. Y aunque los no creyentes pueden ser buenos también, jamás lograrán igualar la dimensión de la gracia que proviene de Dios. No hay resolución moral ni buenas intenciones que logren de nosotros lo mismo que logra Dios. Solo Cristo, viviendo su vida a través de la nuestra, puede hacer que nos parezcamos cada vez más a Él. La gracia proviene de Dios. Uno no puede fabricarla. Dios no nos la impondrá. Es un regalo y, si estamos dispuestos a recibirla, cambiará nuestras vidas.
Considere su propia necesidad de gracia: Uno de los mayores errores que podemos cometer como cristianos, es perder de vista esta realidad. Necesitamos la gracia de Dios todos los días. Es asombroso, pero Él nos la provee.
Considere la necesidad de gracia de los demás: Estamos más dispuestos a perdonar nuestros propios errores y defectos que los ajenos. Conocemos las circunstancias e historias que causan nuestra mala conducta. Sin embargo, por lo general no encontramos las razones por las que nuestros amigos, cónyuges o hijos se comportan como lo hacen. Nuestra dependencia diaria de la gracia de Dios debiera enseñarnos que todos necesitamos de su gracia. Es parte de la naturaleza humana llegar a conclusiones apresuradas y asumir los motivos por los que los demás hacen lo que hacen. También es fácil estar absortos en nuestros propios asuntos y pasar por alto a los que necesitan una palabra de aliento o un gesto de bondad. Si piensa en aquellos que lo rodean como compañeros de viaje, todos con la misma necesidad de gracia, se relacionará con las personas de manera distinta. Si a su alrededor hay gente que lo irrita o molesta, no le pida a Dios que los cambie a ellos. Pídale que haga los ajustes necesarios en su propia perspectiva. Verá que sus relaciones cambian de modo radical.
Pídale a Dios que llene su corazón de gracia: Ya sabemos que no podemos actuar con gracia constantemente por nuestros propios medios. La gracia es del dominio de Dios. Lo que sí podemos hacer es entregarle nuestros corazones a Dios para Él nos llene con su amor y misericordia. Entonces podremos bendecir a los demás. Muchas personas podrían contar historias de su vida que le romperían el corazón. Es incomprensible el modo en que tanta gente lastima a otros. Las víctimas de la traición, el abuso o el abandono suelen preguntar las cosas más difíciles: “Mi esposo me engañó durante años antes de abandonarnos a mí y a mis hijos por otra mujer. ¿Cómo puedo perdonar eso?” La respuesta a preguntas como eso es: No podemos perdonarlos. Esto es imposible desde el punto de vista humano. Solo Dios es lo bastante amoroso y misericordioso para extenderles su gracia y perdonarlos. Pídale a Dios que perdone a esa persona a través de usted. Suena algo simplistas, ¿verdad? Sin embargo, esto es posible.
Busque oportunidades para ofrecer gracia: Las personas dadoras de gracia buscan maneras prácticas de mostrarles bondad a los demás. Alrededor de nosotros hay personas que necesitan gracia, pero no podemos ayudarlas si no vemos su necesidad. Nuestra tendencia natural es buscar lo que pueda beneficiarnos. Solemos estar al tanto de cómo nos tratan los demás, en lugar de ver cómo podemos darles a otros un regalo aunque no lo merezcan. Las oportunidades de ofrecerles a otros la gracia de Dios abundan, pero tenemos que pedirle al Señor que nos quite las anteojeras para que podamos verlas. Si le pedimos al Espíritu Santo que nos libere de nuestro egocentrismo y bendiga a otros a través de nosotros, nos mostrará cosas que jamás imaginamos. Eso es lo que Dios hará, aunque depende de nosotros responder a su invitación.
El desafío
Todos los cristianos creemos en la gracia. Sin embargo, no todos la practicamos. No permita que la gracia de Dios sea solo una doctrina. Haga de ella su estilo de vida. Si no está seguro en cuanto a tener o no problemas para ofrecerles a otros la gracia que recibe de Dios, quizás necesite hacerse un análisis personal. Jesús dijo que hay una manera fácil de conocer nuestro corazón: escuchando lo que decimos. “Camada de víboras, ¿cómo pueden ustedes que son malos decir algo bueno? De la abundancia del corazón habla la boca. El que es bueno, de la bondad que atesora en el corazón saca el bien, pero el que es malo, de su maldad saca el mal” (Mateo 12:34-35).
Si tenemos el corazón lleno de gracia, nuestras palabras serán palabras de gracia. No andaremos con chismes ni criticaremos a los demás. En cambio, diremos cosas que alienten y edifiquen a las personas.
Hay algunos que creen de corazón que son personas que reflejan la gracia de Dios, pero si se les mostrara la trascripción de sus conversaciones, quedarían apabulladas ante lo que sale de sus bocas. Dedique un tiempo para estar con el Espíritu Santo y pídale que le proporcione su análisis de las palabras y actitudes que usted adopta y elige a diario. Haga la oración de David: “Examíname, oh Dios, y sondea mi corazón; ponme a prueba y sondea mis pensamientos. Fíjate si voy por mal camino, y guíame por el camino eterno” (Salmo 139:23-24).
Si de corazón quiere saber cómo ser una persona llena de gracia, el Espíritu Santo se lo mostrará.
Es paradójico que la gente a veces pueda mostrar gracia en ciertas áreas de su vida, pero en otras no. Tratan con gracia a sus colegas, pero luego en sus hogares son unos tiranos. Los cristianos quizás sean generosos a la hora de otorgarles gracia a otros miembros de su iglesia, pero se comportan como monstruos con los meseros en el restaurante o con los vendedores. Solo porque extendemos la gracia de Dios en ciertas áreas esto no significa que nuestra vida se caracterice por la gracia. No se conforme hasta que cada aspecto de su vida esté saturado de la gracia de Dios.
Además de prestarle atención a sus palabras, tenga en cuenta su conducta. Una de las claves para saber si sus acciones siguen el modelo de Cristo –y como consecuencia ofrecen la gracia de Dios– es el resultado de estas acciones. Podemos saber mucho a partir de la respuesta de los demás.
Muchas veces los síntomas de nuestra falta de gracia son obvios a los ojos de las personas, pero nosotros mismos no logramos verlos.
Todos podemos ser culpables de pensar de manera equivocada. Creemos algo en nuestra mente y suponemos que es la realidad de nuestra vida. Jesús dijo que la persona que hace lo que Él dice es la que lo ama, no la que cree lo que Él dice (ver Juan 15:14).
¿Cree usted en la gracia? ¿La está poniendo en práctica? Si no ha sido la persona llena de gracia que debiera ser, no es demasiado tarde. No podrá volver atrás en el tiempo para revertir los momentos en que no se condujo con la gracia de Dios. No obstante, sí puede comenzar a hacerlo hoy mismo. Pídale a Dios que lo perdone por su comportamiento anterior, y luego solicítele también la oportunidad de otorgarle gracia a una persona en el día de hoy.

Recuerde que la gracia nunca se rinde. La gracia siempre le ofrece esperanza. Permita que Dios haga una obra nueva y dinámica de gracia en y a través de su vida hoy. Él lo bendecirá ricamente cuando usted busque ser de bendición para los demás.
Tomado del libro: Refleje la gracia de Dios de Editorial Unilit