| La Corriente | ||||
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Lo que sale de tu boca Mayo | 2010 (GMT-3) Mucho se ha escuchado sobre la confesión, pero pocos son los que logran comprender el enorme poder que guardan las palabras. Entendamos el poder que tienen las palabra.
¡Me desborda cuando considero la maravilla de esto! Solo al hablar palabras de autoridad, en el nombre de Jesús, pueden ocurrir milagros de regeneración. La sustancia física se crea en un momento, mientras se declaran las palabras. Ahora bien, cuando hablamos sus palabras, simplemente estamos actuando en la autoridad que Dios nos ha dado: “Les aseguro que si alguno le dice a este monte: “Quítate de ahí y tírate al mar”, creyendo, sin abrigar la menor duda de que lo que dice sucederá, lo obtendrá” (Marcos 11:23). ¿Pero qué es la confesión? ¿Es simplemente cuando admitimos que hemos hecho algo mal? En La Biblia, un sentido de la palabra confesión es decir o afirmar lo que Dios ha dicho en su Palabra sobre algo. Es estar de acuerdo con Dios. Es decir lo mismo que dicen Las Escrituras. Mantener la profesión es decir una y otra vez lo que Dios ha dicho hasta que lo que deseamos en nuestro corazón y esté prometido en La Palabra se manifiesta del todo. No existe la posesión sin la confesión. Cuando descubrimos los derechos que tenemos en Cristo, que se nos dan a través de toda La Biblia, tenemos que afirmarlos constantemente, testificar de ellos y ser testigos de esos hechos gloriosos en La Biblia. En el libro de los Salmos dice: “Díganlo los redimidos del Señor” (107:2), y nuevamente: “Y digan siempre los que aman tu salvación: Engrandecido sea Dios” (70:4). Sabemos que en Jesucristo hemos recibido salvación, no solo para nuestras almas, sino también para nuestros cuerpos, para nuestra salud, para nuestras finanzas, para nuestra paz mental y para nuestra libertad de la esclavitud y del temor. Hay cientos de afirmaciones poderosas para hacer constantemente mientras hablamos el lenguaje de La Escritura. Esas verdades deberían salir de nuestros labios continuamente. Se nos dice que las mantengamos sin vacilar. El castigo por vacilar en nuestra confesión es que nos denegamos a nosotros mismos las promesas de Dios y el desarrollo de las mismas. “Pero que pida con fe, sin dudar, porque quien duda es como las olas del mar, agitadas y llevadas de un lado a otro por el viento. Quien es así no piense que va a recibir cosa alguna del Señor” (Santiago 1:6-7). Jesús quiere usar nuestros labios. Los nuestros son los únicos labios que tiene, y es su Palabra en nuestros labios lo que cuenta. Él dijo: “Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran, y se les concederá” (Juan 15:7). La Palabra habita en mis labios y en mi conversación. Predico su Palabra. Su Palabra se hace poderosa y viva en los labios de sus testigos. Juan 14:13 dice: “Cualquier cosa que ustedes pidan en mi nombre, yo la haré; así será glorificado el Padre en el Hijo”. Yo vi ese versículo en los labios de Pedro en Hechos 3:6, cuando le dijo al cojo: “En el nombre de Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y anda!” Las palabras de Jesús se hicieron sanidad y ayuda para ese hombre. En nuestro ministerio, La Palabra de Dios en mis labios ha llevado sanidad a cientos de personas. Cánceres fueron sanados tras cuatro años de declarados. Corazones desanimados y rotos fueron fortalecidos y llenos de gozo. Miles han sido salvos. Este ministerio ha sido La Palabra de Dios en los labios de hombres y mujeres. Es Jesús usando nuestros labios. Apocalipsis 12:11 dice: “Y ellos lo han vencido [a Satanás] por (...) la palabra del testimonio de ellos”. La “palabra” es logos. Vencieron a Satanás por el “logos” que había en su testimonio. Tú vences hoy al diablo por el “logos” de tu testimonio, que es Jesús hablando a través de tus labios. Cuando veo las maravillas que pueden hacerse con las palabras, siento decirles a mis labios: “Nunca tienen que decir otra cosa que no sea bendición y ayuda”. Es cuando la creencia se traduce en lenguaje cuando se hace realidad. Lo que pienso es bueno, pero lo que digo es poderoso. Nuestras palabras deberían estar llenas de Dios, llenas de logos. Nuestras palabras se convierten en las palabras de Dios, y viceversa, hasta que la vida que hay en su Palabra se convierta en algo vivo en nuestras palabras, hasta que el poder y la virtud sanadora de sus palabras se conviertan en realidad en las nuestras. Es Dios, viviendo en mí, hablando a través de mis labios, bendiciendo y salvando a los hombres. Hay poder Lo mismo ocurre en cada área de la vida. Un gran músico tiene que vivir en una esfera mental de música para poder producirla. El artista debe vivir es la esfera de las grandes pinturas y retratos. Al principio, sueña con su cuadro; luego, lo pinta en su imaginación. Un gran arquitecto construye mentalmente su puente años antes de tan siquiera recibir un encargo. Un gran novelista primero es un soñador que luego pone su sueño sobre el papel. Nos convertimos en aquello en lo que intencionalmente pensamos que somos. El amor es, en gran parte, la obra del espíritu a través de la imaginación. Un hombre ama a una mujer y sueña con ella hasta que se convierte en una parte de sus sueños. Después, es duro vivir sin ella. Tú sueñas con la riqueza hasta que, después de un tiempo, tu entorno se convierte en algo desagradable para ti e intentas hacer casi cualquier cosa que te dé aquello con lo que has soñado.
E. W. Kenyon & Don Gossett
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