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| Bill Hybels |
La tendencia que casi todos tenemos cuando algo nos causa incomodidad, desagrado o frustración en el alma, es apartarlo. ¡Y rápido! Sentimos la incomodidad de la insatisfacción apenas se asoma, y en un acto reflejo hallamos un remedio. Buscamos apartarnos, disgustados y asqueados ante la horrenda realidad que nos rodea.
Sin embargo, la verdad es esta: lo mejor que puede hacer será acercarse a su área de insatisfacción hasta recibir de Dios un rumbo claro sobre qué acción debe tomar para resolverlo. Por ejemplo, si lo que causa su insatisfacción es la miseria y la pobreza humanas, acérquese a la pobreza, expóngase a los pobres. Reacomode las cosas de modo que pueda ver las condiciones horribles en que tienen que vivir algunas personas. Abrace este desconsuelo, la incomodidad que siente cuando escucha con oídos abiertos la frustración de quienes están envueltos en el círculo de la pobreza, que los ha atrapado durante generaciones.
Dios vio una divina insatisfacción en David, una pasión nueva, incontenible por defender el honor de sus compatriotas. Si fervor cambiaría el mundo, literalmente, en conjunción con algo de ayuda sobrenatural dada por Dios, que convirtió una piedra en un misil guiado por un rayo láser, destinado a golpear a Goliat justo en la frente. En mi opinión, Dios no iba a permitir que Goliat saliera victorioso, pero estaba esperando que alguien apareciera, y dijese: "Lo que te importa a ti, Dios, también me importa a mí. Lo que mueve tu espíritu, mueve también el mío. ¡Y me anoto para lo que sea que quieras hacer, para que me uses para resolver el problema que ambos vemos!"
David era un muchacho cuyo coraje aumentaba cuando parecía que el enemigo tenía las de ganar. Enloquecía cuando los opresores arremetían contra los vulnerables. Para él, quedarse de brazos cruzados habría sido imposible mientras viera que a su pueblo lo desmoralizaba o despreciaba un enemigo. Y, sin embargo, no huyó de su divina insatisfacción. En cambio, corrió hacia la misma.
Amigos, por difícil que sea a veces, tenemos que seguir este ejemplo. Correr hacia los gigantes que impiden el progreso de nuestra divina insatisfacción. Acercarnos a nuestra insatisfacción porque, cuando lo alimentamos en lugar de ahogarlo, Dios hace nacer en nosotros nuevas visiones que forman parte de la solución. Permanecer junto a la divina insatisfacción para que los nuevos sonidos, las nuevas situaciones enciendan la tormenta de frustración en nuestras almas. ¿Por qué? ¡Para que Dios tenga toda nuestra provisión de energía y pueda usarla para hacer cambios positivos alrededor de nosotros! Créanme, nada de esto puede suceder por sí mismo. Si queremos ser fuerza del bien, como David, tenemos que decidir la acción en el área de pasión que Dios puso en nuestro corazón.
Es una real bendición encontrar gente que se niega a quedarse allá para bostezar, mientras ven que las congregaciones se desvían, es porque los más grandes "gigantes" que veo a diario son justamente las iglesias locales que no se conducen como deben. Se equivocan y solamente subsisten. ¡No hay nada que me duela más!
¿Qué quiero decir con todo esto? Que cuando encontramos cuál es nuestra divina insatisfacción, tenemos que hacer lo que sea para alimentarlo. El peligro constante está en que la divina insatisfacción puede esfumarse y perder energía. Necesita combustible para no ahogarse. La tormenta puede amainar y convertirse en llovizna. Y aunque estemos consternados por algo que nos duele, el tiempo y la repetición sobran su precio.
Decida ahora mismo que jamás se aislará de aquello que le duele. En cambio, aumente su exposición… y luego tómese con fuerza de lo que lo impulsa, ¡porque vivir de verdad hace que nuestro mundo se conmueva cuando comenzamos a compartir el espacio con nuestra insatisfacción! Y puedo asegurarle solo una cosa: jamás lamentará, ni por un solo instante, la decisión de vivir a partir de la energía de su insatisfacción.
Tomado del libro: Divina insatisfacción de Editorial Vida