Lo beneficios de ser bondadosos. Desde que nacemos se nos ha instruido para que hagamos el bien a toda persona. Pero, ¿realmente comprendemos el porqué de su importancia?
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| Bill Hybels |
Basta decir que después de dos vuelos atrasados y de pasar seis horas en un avión lleno de pasajeros en la pista, no estaba de humor para recibir la noticia de que el último tramo de ese accidentado viaje se había cancelado. Tampoco me resultaba agradable formar fila con otros doscientos pasajeros airados, tan impacientes como yo de resolver el problema.
Por fin conseguí abordar un vuelo y me dejé caer en el asiento. Llevaba el bolso sobre las rodillas porque no quedaba espacio en el portaequipajes ni debajo del asiento. En ese momento mi único deseo era pecar. Los insultos venían a mi mente y tenía ganas de expresarlos, pero los reprimí porque supuestamente soy un hombre piadoso. Me repetía a mí mismo el texto de Proverbios 17:28: "Hasta un necio pasa por sabio si guarda silencio; se le considera prudente si cierra la boca".
Sabía que no había nada piadoso en mí, pero si lograba mantener la boca cerrada, tal vez podía pasar por sabio.
Estábamos a punto de despegar cuando una mujer entró atropelladamente al avión y caminó a los tropezones por el pasillo. Cargaba varios bolsos que comenzaron a caerse por todos lados. Lo que complicaba más su situación era que tenía un ojo que parecía cosido y otro con el que no alcanzaba a leer el número de asiento. Las azafatas no estaban por ningún lado… seguramente estarían en el fondo jugando a los naipes –a esa altura yo pensaba mal de todos–.
Yo estaba que echaba humo cuando Dios trajo a mi mente un proverbio. Lo más molesto de estos versículos es que, una vez que entran en tu cabeza, ya no los puedes sacar. Mi único deseo era sentir odio y preocuparme de mí mismo, pero Dios susurró en mi oído: "El que es bondadoso se beneficia a sí mismo; el que es cruel, a sí mismo se perjudica" (11:17).
La voz continuó en mi cabeza: "Es cierto, Bill, no has tenido un buen día. Te sientes agredido y frustrado. Pero tienes la oportunidad de modificar la situación en este mismo instante, si te levantas y te muestras amable con la mujer desesperada".
Una parte de mí decía a viva voz: "No lo creo; no estoy de humor". Pero otra parte decía: "Quizás mi estado de ánimo no tenga nada que ver con esto. Quizás simplemente debo hacerlo". Así que me levanté, me dirigí a la mujer y la ayudé a encontrar su asiento. Se mostró sorprendida y aliviada. Luego regresé a mi asiento.
¿Me permite ponerme un poco místico? Al sentarme, nació desde mi interior una ola de tibieza y bienestar. Comenzaron a disiparse la frustración y la ansiedad que me habían abrumado durante la mayor parte del día. Me sentí bien por primera vez en casi dieciocho horas.
Lo que dice Proverbios 11:17 es cierto. Nuestra alma se alimenta cuando somos serviciales. Esa no es la única razón para hacer el bien, pero es un beneficio indiscutible. Eso significa que experimentamos esa seguridad interna, serena, silenciosa y modesta de haber tenido el privilegio de ser un canal del amor de Dios.
Cada vez que ejercemos nuestro potencial para hacer el bien, Dios sonríe y dice: "Eso es exactamente lo que esperaba que hicieras".
El apóstol Pablo escribe: "Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica" (Efesios 2.10). Fuimos creados para hacer buenas obras. Cuando las hacemos, cumplimos el propósito de nuestra existencia, nos apropiamos de nuestro destino como seres humanos.
Sea por medio de actos sencillos o de acciones dramáticas, lo importante es que la bondad llegue a ser un modo de vida de quienes hemos sido creados a la imagen de Dios. Cuando esto ocurre, nuestras buenas obras no solo beneficiarán a otros, sino que también serán alimento para nuestra propia alma.
¿Realmente quieres hacer el bien? Si es así, comprométete a hacer cada acto tangible de bondad que el Espíritu Santo te guíe a hacer y, además, recuerda siempre que si le presentas a Dios a alguien, le habrás dado a esa persona el regalo más grande que podrías hacerle.
Tomado del libro: 1001 proverbios de Dios para una vida feliz de Editorial Certeza