La enfermedad que nos roba la paz que Dios nos dio. “Manténganse libres del amor al dinero, y conténtense con lo que tienen, porque Dios ha dicho: Nunca te dejaré; jamás te abandonaré” (Hebreos 13:5).
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| Wayne Cordeiro |
¿Cuándo es suficiente? ¿Cuándo recibirá usted un salario suficiente? ¿Cuándo tendrá una casa suficiente? ¿Qué tamaño es suficiente? ¿Cuántas habitaciones serán suficientes?
¿Cuándo tendrá usted suficientes emociones? ¿Picos de adrenalina? ¿Hasta cuánto puede acercarse a la muerte y seguir divirtiéndose? ¿Cuántos riesgos puede tomar y sobrevivirlos?
En especial, en el caso del dinero. Al finado multimillonario Howard Hughes una vez le preguntaron: ¿Cuánto es suficiente? Su respuesta fue:
– ¡Solo un poco más!
¿Cuánto es suficiente para usted? La respuesta a esta pregunta revela mucho sobre una persona. Puede sacar a la luz los deseos ocultos de avaricia, de inseguridad e, incluso, de enojo. Expone información íntima sobre los rincones más internos del corazón. Una pregunta tan pequeña ¡y, sin embargo, que golpea tan fuerte!
¿Su respuesta a la pregunta?
¿Cuándo es suficiente para usted? ¿Qué necesitaría para estar satisfecho? ¿Un vestido nuevo? ¿Un traje nuevo? ¿Un auto nuevo? ¿Un juguete nuevo? ¿Más dinero, más tiempo, más respeto? Muchos de nosotros, si fuimos honestos, contestamos: “Solo un poco más de lo que tengo ahora y entonces estaría satisfecho”.
Cada uno de nosotros es susceptible a un cáncer del corazón indetectable, que se extiende rápidamente, llamado la “Enfermedad de más”. Esta afección similar al cáncer se diagnostica por un síntoma destructivo: un deseo insaciable de tener más. Las víctimas constantemente buscan más de lo que ya tienen. ¿Y adivine qué? Esta enfermedad ataca en cualquier momento.
Esta enfermedad no hace distinciones. Nos ataca a todos. Cada uno de nosotros entrará en contacto con esta enfermedad en algún punto de su vida. Le sucedió a uno de los más grandes héroes de La Biblia, uno de mis favoritos: el rey David. Fue un gran líder, un excelente general y un rey venerado, pero David cayó presa de la “Enfermedad de más”.
El espía
En el segundo libro de Samuel encontramos a David en el porche de su azotea mirando la ciudad de Jerusalén. Era una ciudad gloriosa, la joya de todo Israel: allí estaban el capitolio y el centro religioso. Después de años de conquistar enemigos vecinos y de amenazar a los hijos de Dios, David había seleccionado esta ciudad para ser su fortaleza y su hogar. Los sueños a largo plazo de David incluían un hijo heredero de su dinastía que algún día construiría un templo majestuoso para el Dios Viviente. Jerusalén quedaría registrada en los anales de la Historia como la “Ciudad de David”: un lugar de paz y la niña de los ojos de Dios.
Pero en este día en particular, reinó la humanidad de David. Se paró en la azotea y analizó todo lo que se le había dado. ¡Quién iba a decirlo! Su ojo se posó sobre algo que no se le había dado... una mujer hermosa que se bañaba en la azotea. Llamó a uno de sus sirvientes y le dijo:
– ¿Quién es la vecina?
Por invitación del gran rey David, esta mujer casada fue a visitarlo. Una cosa llevó a la otra… y pronto ellos descubrieron que su aventura de una noche había tenido como resultado un análisis de embarazo positivo.
El esposo de Betsabé, Urías, un líder del ejército de David, estaba lejos peleando en el campo de batalla extranjero, así que, cuando supiera del embarazo, habría sido obvio para todos que Urías no habría podido ser el padre. Las miradas se posarían en David, porque se había visto a Betsabé frecuentando el palacio.
Para desviar los rumores, David comenzó a maquinar un plan para hacer que Urías pasara por el padre del niño no nacido. Se llamó a Urías a que regresara a su casa a descansar y recuperarse, pero él se negó a comprometer su lealtad e integridad durmiendo con su esposa. Escogió renunciar a los privilegios de los que no gozaban los otros soldados, y David tuvo que enfrentar sus propias ansias de más.
Entonces preparó un encubrimiento e hizo matar a Urías.
Te descubrieron
Aquí entra el profeta Natán, quien le recitó una historia al rey; escondida en un cuento sobre la avaricia, había una verdad que ayudaría a David a afrontar sus anhelos de más (2 Samuel 12:1-4).
La cólera de David se encendió hacia el hombre rico de la historia. “¡Tan cierto como que el Señor vive, que quien hizo esto merece la muerte! ¿Cómo pudo hacer algo tan ruin? ¡Ahora pagará cuatro veces el valor de la oveja!” (vv. 5-6).
“Entonces Natán le dijo a David: ¡Tú eres ese hombre! Así dice el Señor, Dios de Israel: Yo te ungí como rey sobre Israel, y te libré del poder de Saúl. Te di el palacio de tu amo, y puse sus mujeres en tus brazos. También te permití gobernar a Israel y a Judá. Y por si esto hubiera sido poco, te habría dado mucho más” (2 Samuel 12:7-8).
La treta de David había sido descubierta. Dios lo había revelado todo. Aunque se había visto atrapado en una telaraña de tentación y pecado, en el fondo, el corazón de David era flexible y dispuesto. Las palabras del profeta lo despertaron de su sueño de decepción. Cayendo de rodillas, lloró:
– ¡Yo soy ese hombre!
¿Cuándo es suficiente?
David tuvo muchas esposas, conquistó a todos sus enemigos, dirigió un reino unido, vivió en un palacio y tuvo riquezas incontables. Dios le dio todo lo que deseaba. Pero aun así, David enfrentaba la pregunta: “¿Cuándo es suficiente?”
Todos debemos responder a esa pregunta cuando nos enfrentamos a la tentación de “solo un poco más”. ¿Su “solo un poco más” se encuentra en el área financiera, sexual, de posesiones o de relaciones? Quizá “solo un poco más” significa más influencia, más reputación o más poder.
Cualquiera que sea su “solo un poco más”, nos mantiene deseosos de lo que no tenemos, nos hace tratar de alcanzarlo con cada fibra de nuestro cuerpo. La “Enfermedad de más” nos roba la paz que Dios nos hace disponible.
Tomado del libro: Las siete claves para triunfar de Editorial Peniel