La jubilación y el servicio a Dios. ¿En qué lugar de La Biblia encontramos el concepto de la jubilación? ¿Se jubiló Moisés? ¿Se jubiló Pablo? ¿O Pedro? ¿O Juan? ¿Se jubilan los militares si están en medio de una guerra?
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| John Piper |
Oswald Sanders estuvo sirviendo por todo el mundo hasta que murió a la edad de noventa años, y escribió un libro por año desde que cumplió los setenta hasta los ochenta y nueve.
Hace doscientos años, Charles Simeon, pastor de Trinity Church en Cambridge, aprendió una lección muy dolorosa sobre la actitud de Dios hacia su “jubilación”. En 1807, después de veintinueve años de ministerio en aquella iglesia, su salud se debilitó muchísimo.
Quedó muy débil, y tuvo que estar de baja durante mucho tiempo. Handley Moule cuenta la fascinante historia de lo que Dios estaba haciendo en la vida de Simeon.
Aquella recaída duró trece años, hasta que Simeon cumplió los sesenta y, de repente, sin aparente explicación médica, recuperó las fuerzas. Estaba realizando su última visita a Escocia... en 1819 y, para su sorpresa, cuando cruzó la frontera, “las fueras le fueron renovadas de forma tan perceptible como cuando la mujer que padecía flujo de sangre tocó el manto del Señor”. Él no vio esto como un milagro, en el sentido estricto de la palabra, sino como una clara señal de la providencia del Señor.
Cuenta que antes de caer enfermo estaba determinado a vivir una vida muy activa hasta los sesenta y luego, sabat (¡jubilación!); pero que ahora le parecía oír la voz del Señor diciéndole: “Te he quitado las fuerzas porque albergabas la idea de llegar a cierta edad, y dejar de trabajar; y ahora que has llegado a esa edad, y has cambiado de idea decidiendo usar para mí las pocas fueras que te quedan, yo te duplico, triplico, cuadruplico esas fuerzas, para que puedas llevar a cabo tus deseos de una forma mucho más extensa de lo que habías imaginado”.
¡Cuántos cristianos ponen su mirada en la llegada del “sabat” de la vida! Descansar, jugar, viajar, etcétera. La gente de este mundo no cree que habrá algo después de la muerte y, por eso, sustituye el cielo por todas esas satisfacciones. La mentalidad del ser humano es que nuestros años de duro trabajo merecen una recompensa. Pero una recompensa aquí, en esta vida.
Pero, reflexionemos: ¿cómo vamos a dedicar veinte años de nuestra vida al ocio y al placer mientras millones de personas se mueren sin haber conocido las buenas nuevas de Jesús? ¡Qué desperdicio vivir así los últimos años antes de entrar en la presencia de nuestro Rey, que vivió hasta el último día en esta Tierra de una forma tan diferente a la que nosotros soñamos!
Aprovecha los descuentos para jubilados
No estoy diciendo que tengamos que continuar con nuestras profesiones y con tantas actividades después de los sesenta y cinco o los setenta años. Lo que digo es que, a partir de los sesenta y cinco, para la mayoría de personas empieza un nuevo capítulo. Y si nos hemos armado con la actitud del Salvador sufriente y hemos llenado nuestras mentes con una compresión de la supremacía de Dios sobre todas las cosas, en ese último capítulo de nuestras vidas invertiremos nuestro tiempo y energía de forma muy diferente a como nos propone nuestra sociedad.
Millones de personas “jubiladas” deberían involucrarse en todos los ámbitos en cientos de proyectos repartidos por todo el mundo. ¡Ahora puedes viajar! Deja a un lado los viajes recreativos y aprovecha los descuentos de jubilados para ir adonde las agencias misioneras necesiten. Deja que los pueblos que aún no han recibido el Evangelio cosechen los beneficios de tu vida de ganancias. “Serás recompensado en la resurrección de los justos” (Lucas 14:14).
¡Los caníbales van a comerte!
Un cristiano de avanzada edad desaprobó la decisión de John G. Paton de ir como misionero a las islas del Océano Pacífico, diciéndole:
– ¡Los caníbales van a comerte!
A esto, Paton respondió:
– Sr. Dickson, usted es un hombre mayor, al que no le queda mucho para ir a la tumba, donde los gusanos van a comerlo; le confieso que, si puedo vivir y morir sirviendo y honrando al Señor Jesús, me dará igual que me coman los caníbales o los gusanos; y en el Gran Día mi cuerpo glorificado se levantará, como el de usted, a semejanza de nuestro Redentor resucitado.
Cuando el mundo vea a millones de cristianos “jubilados” derramando las últimas gotas de sus vidas con gozo por amor a los que aún no han escuchado el Evangelio, veremos brillar la supremacía de Dios con todo su esplendor. No puede brillar con tanta fuerza en los animados lugares de ocio ni en las segundas residencias, tranquilas y aisladas.
Tomado del libro: ¡Alégrense las naciones! de Editorial Clie