Una doctrina errónea que sostiene que todos finalmente serán salvos frena a la Iglesia impidiendo que alcance a los perdidos.
Si los campos vírgenes del mundo habrán de ser alguna vez priorizados por nuestras iglesias, entonces se tendrá que remover previamente esta antigua herejía que aún prevalece en diversos círculos evangélicos. El universalismo es una doctrina antigua y moderna a la vez, que con algunas variantes enseña, en esencia, que finalmente todos los seres humanos serán salvos.
Las dos preguntas básicas que nos ocupan son: primero, ¿cuál es el destino eterno de los que nunca oyeron el evangelio? Y segundo, ¿en qué medida incide la respuesta a esta pregunta en la obra misionera de la iglesia?
Los bien o mal llamados “paganos” –y no entramos en definiciones semánticas– que por millones se encuentran viviendo hoy bajo las religiones del hinduismo, budismo, islamismo (que por cierto es monoteísta), así como las incontables tribus aborígenes, o las multitudes que viven en países ateos, todos ellos, que nunca han oído las buenas nuevas de Jesucristo, ¿se salvarán o se perderán eternamente? ¿Qué pasará con sus almas luego de morir?
Demás está decir que, por lo general tanto el púlpito como la página impresa en Latinoamérica guardan un cuestionable silencio acerca de este tema.
Antes de entrar en la consideración del tema, digamos que lo hacemos desde una convicción evangélica que cree en la autoridad e infalibilidad de los sesenta y seis libros inspirados de La Biblia, y que se somete a ella. Por lo tanto, sabemos que lo que La Palabra de Dios nos revela no habrá necesariamente de encuadrar siempre en lo que nuestra mente humana y finita pueda entender o aceptar, o en lo que nuestros sentimientos quieran interpretar.
El universalismo declarado
Hay quienes se confiesan abiertamente como universalistas. Podemos encontrar fácilmente este punto de vista en el pensamiento del pueblo católico de nuestro continente. Por un lado acepta tradicional y teóricamente que la Iglesia Católica es la única y verdadera pero; sin embargo, sostienen que los adherentes a otras religiones poseen su cuota de verdad, y que por lo tanto habrán de tener igualmente posibilidades de ir al cielo.
Algunos ecumenistas, tan propensos al diálogo de acercamiento con las otras religiones no cristianas, ven en el budismo, en el hinduismo, etcétera, expresiones del sentimiento religioso de los pueblos, que aunque no contengan la verdad en forma tan completa como el cristianismo, serán tenidos finalmente en cuenta por Dios de acuerdo con la luz recibida, y se les dará la salvación.
Teólogos de la liberación han desplazado el énfasis de la salvación personal y eterna a la salvación presente y social. Tomando como base el éxodo de Israel, interpretan que la misión de la iglesia en el Nuevo Testamento y en nuestros días, es la de llevar la liberación a los pobres en una sociedad injusta y opresora, de tal forma que reducen prácticamente el establecimiento del reino de Dios a la sola esfera de esta vida terrenal y temporal. La relevancia eterna de la obra de Cristo y de la vida del más allá, queda obviamente cercenada. Desde esta perspectiva hermenéutica se nos juzga a nosotros como evasivos de la angustiante problemática social y económica que vive el mundo, y como especuladores de ultratumba.
El universalismo encubierto
Pero existe otro tipo de universalismo que milita dentro de nuestras filas evangélicas conservadoras, que probablemente es tan dañino y perjudicial para las misiones, como el declarado. Hablo de este universalismo con el debido respeto y aprecio hacia mis hermanos colegas, que sirven al Señor con tanto empeño y abnegación. No creo que este tipo de universalismo brote de corazones irreverentes a la autoridad de Las Escrituras. De hecho, ni ellos mismos son conscientes de ser inadvertidamente universalistas.
Si les preguntáramos qué destino eterno aguarda a los que nunca oyeron el evangelio, muy probablemente nos responderían:
– Bueno, sobre este tema es difícil opinar ya que La Biblia no habla con claridad al respecto. En fin, pienso que de alguna manera, la obra de Cristo llegará a alcanzar a aquellos paganos para proveerles de la salvación. Al fin y al cabo, el Evangelio nos muestra a un Dios de amor, y Él no va a condenar a sus propias criaturas por el simple hecho de que no hayan tenido la oportunidad de oír el evangelio.
La respuesta queda en vaga nebulosa.
Es cierto, y debemos mantenerlo siempre presente en nuestra memoria, que como humanos tendremos un evidente margen de interrogantes no resueltos –“Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios” (Deuteronomio 29:20)–. Pero creemos que La Biblia arroja luz sobre este tema, quizás no toda la que hubiéramos deseado, pero sí la suficiente como para que nos quedara bien en claro la condición y el destino eterno del hombre, y el enorme precio que se pagó en el Calvario por él.
Una cruda realidad
La Biblia dice: “Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Si por gloria de Dios entendemos el cielo, el paraíso o la salvación eterna, entonces este texto de La Palabra dice que ninguna persona puede ser salva como consecuencia de su pecado. Y si no alcanza la salvación, no le cabe otra opción que la perdición en el infierno. Cielo o infierno. Salvación o perdición.
Alguien preguntó:
– ¿Qué debo hacer para merecer el infierno?
– Nada –fue la respuesta– con quedarse así como está, si no nace de nuevo, se va al infierno.
¿Hasta qué punto estamos dispuestos a darle crédito a la aseveración del Señor a Nicodemo: “De cierto, de cierto, te digo que el que no naciere de nuevo no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3)? Y si no podrá ver el reino de Dios es porque no puede entrar. Y si no puede entrar, tendrá que ir a otra parte, y esta no es más que la condenación del infierno.

Entonces los hombres están perdidos, a menos que experimenten en sus vidas el milagro del nuevo nacimiento, que es operado mediante el poder de La Palabra y del Espíritu.
Tomado del libro: El despertar de la misiones de Editorial Unilit