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Mi viaje desde la apariencia hasta la salud
Feb | 2007 (GMT-3)
La importancia de convertirse en la persona correcta antes de encontrar el método correcto.
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| Doug Fields | Comencé a trabajar voluntariamente con jóvenes de 11 a 14 años en el ministerio de mi iglesia. ¡Me encantaba! Aunque no sabía lo que hacía, supe que Dios me usaba, a mí y a mis energías, para relacionarme con estos jóvenes y cuidarlos. Durante mi primer año el director de los jóvenes dejó nuestra iglesia, y llegué a ser el líder por omisión. ¡Era el único voluntario! Un año después aún no sabía lo que hacía, pero estaba muy ocupado haciéndolo. Estaba demasiado ocupado y divirtiéndome mucho como para reconocer o admitir que no tenía la menor idea de cómo construir un ministerio saludable con jóvenes, ni mucho menos que se esperara que yo edificara algo.
Después de ser voluntario durante dos años, en 1981 me ofrecieron un puesto de interno con sueldo en un ministerio profesional para jóvenes. Me conmovió pensar que recibiría un sueldo para hacer lo que tanto me gustaba. Salté ante esta oportunidad y continué trabajando en este ministerio con jóvenes, mientras terminaba la universidad y el seminario. Mi vida nunca se detenía. Planeé campamentos, hablé a cualquier grupo que me escuchara y fui a cada conferencia disponible para preparar ministros para jóvenes. Mi vida era el ministerio para jóvenes, y llegué a ser un experto en ir, hacer y lograr.
Casi todas las noches de la semana yo estaba fuera de casa. Mientras que todas las actividades y entusiasmo aseguraban que nadie dudara sobre mi disposición para trabajar, yo dudaba de todo. En medio de esto, no podía librarme del vacío en todo lo que hacía. Estaba distante del Señor y mi corazón se endurecía lentamente. Nadie supo cómo se debilitaron mis disciplinas, porque por fuera todo parecía andar bien. Podía hablar bien en relación a mi espiritualidad. Me había convertido en el niño de cartel para Proverbios 26:23: “Como baño de plata sobre vasija de barro son los labios zalameros de un corazón malvado”.
Como mi vida interior se endurecía, mi mundo exterior en el ministerio con la juventud comenzaba a mostrar las grietas. Tres problemas principales me frecuentaban y me dejaban frustrado continuamente: no podía crear programas atractivos como los de otras iglesias, no estaba seguro de ser la persona correcta para el ministerio con la juventud, y nunca podía hacer lo suficiente para agradar a todos. Era demasiado arrogante para pensar que estos problemas me aventajarían, y estaba demasiado inseguro como para pedir ayuda. Pero después de un año de mi nuevo reinado pastoral, Dios usó estos problemas que asomaban para ablandar mi corazón y enseñarme lo que necesitaba saber desesperadamente, si continuaría en el ministerio
Problema 1: No podía crear programas atractivos como los de otras iglesias En mi búsqueda continua de ideas nuevas, necesitaba un programa poderoso que nos llevara de menor a mayor. Sin conocer algo mejor, estudié los ministerios de jóvenes de las “grandes ligas”, y esperé que lo que estuvieran haciendo proporcionara mi respuesta. Traté de aplicar sus programas en mi ambiente, pero no entendí que había demasiadas variables para ser copiadas y tomadas en mi contexto del ministerio con la juventud.
Era demasiado inmaduro para buscar los principios transferibles que quizá me ayudaran. En su lugar, quería que un programa instantáneo trajera éxito rápido. Lo que sí aprendí es que copiar el programa de otro siempre lleva al fracaso. Algunas ideas del programa funcionaban por un tiempo, pero en mi ambiente no tenían la misma fuerza que tuvieron en las otras iglesias. Pensé que si el ministerio con los jóvenes consistía en crear programas intrigantes y yo no podía hacer esos programas, no debía ejercer dicho ministerio. Dependía de otros ministerios para proporcionar mis respuestas, en vez de depender de Dios para mostrarme su plan para un ministerio saludable. Llegué a convencerme de no tener el conocimiento ni las habilidades para trabajar bien el ministerio con la juventud.
Problema 2: Quizá no era la persona correcta para el ministerio de los jóvenes Al carecer del conocimiento y las habilidades, pensé que los estudiantes ya no me apreciaban. Su entusiasmo decayó, la asistencia bajó, los voluntarios encontraron otros ministerios en la iglesia a los cuales dedicar su tiempo, y nuestros programas cambiaron cada vez que espié otro ministerio de jóvenes. Tanto los padres como los ancianos de la iglesia preguntaban qué pasaba, y admití que todos los problemas eran mi culpa. Miraba constantemente por encima del hombro para ver si otra gente pensaba lo mismo que yo, que tal vez no era la persona ideal para el ministerio con los jóvenes, a pesar de tener todo lo necesario.
Aunque trabajé horas agotadoras, el trabajo no resultaba ser como todos parecían querer. Surgieron expectativas no explicadas previamente, y abastecieron mi personalidad trabajadora queriendo arreglarlo todo, aunque específicamente no podía identificar los problemas. Hacía tiempo que mi deseo de trabajar en este ministerio se había cambiado de agradar a Dios a apaciguar a la gente. Quería tener el aprecio de todos, y ese deseo me llevó al tercer problema mayor.
Problema 3: Nunca podía hacer lo suficiente para agradar a todos El momento crítico comenzó luego de un intento para aumentar el número de asistencia, que era decreciente. Organicé un campamento evangelístico que, para asistir, tenía por requisito traer a un amigo inconverso. Para mi asombro, nuestros jóvenes respondieron al desafío. Ese fin de semana el poder de Dios se movió, y la mayoría de los estudiantes inconversos volvieron del campamento con una nueva y significativa relación con Jesucristo. Era el mejor campamento que jamás había experimentado.
Al siguiente lunes del campamento, entré a la oficina de la iglesia ansioso por dar las noticias al personal de la iglesia y oír los mensajes de elogio que creí habrían llegado durante toda la mañana. Mi burbuja de fantasía explotó cuando el administrador de la iglesia me preguntó inmediatamente: – ¿Sabe usted que nuestro megáfono se rompió este fin de semana y que las camionetas de la iglesia no fueron devueltas a sus respectivos lugares de estacionamiento? No sabía qué responder. Me quedé sin habla. Este no era el saludo que esperaba. En mi estado de choque, dije algo acerca de estacionar las camionetas y comprar un megáfono nuevo.
Bajé la cabeza y caminé a mi oficina. Mientras me sentaba en mi escritorio, pensé: “¿Renuncia se escribe con s o con c?” Fue entonces que recibí una llamada telefónica de una de las madres de los jóvenes. Asumí que me llamaba para agradecerme el cambio de vida operado en su hijo luego del fin de semana. Por el contrario, dijo: – Doug, tengo algunos problemas con su liderazgo en el campamento durante el fin de semana. Y pasó a explicarme que la única historia que había oído de su hijo, era que una noche los chicos se acostaron en ropa interior, expulsando ventosidades y prendiendo fósforos para hacer fuego y reírse de la apariencia de las llamas. Continuó llamándome la atención por lo irresponsable y peligroso que esto era, diciendo que realmente los chicos pudieron haber explotado. Me imagino que ella pensaba que era algo que habíamos planeado y no una travesura de jóvenes. De cualquier manera, me convertí en el objeto de su ira.
Hacía solo diez minutos que había llegado a la oficina y ya había tenido dos conversaciones negativas con respecto a uno de mis mejores fines de semana en el ministerio. Salí inmediatamente. Mientras manejaba hasta mi casa, no pude contener mis emociones y comencé a llorar. Pensé en todo el tiempo, la energía y la emoción que había dedicado al fin de semana. Mientras lloraba, decidí arrogantemente que después de todo el trabajo que había hecho no merecía este trato.
Fue en ese momento, sentado en mi coche a un lado del camino, que sentí la presencia sobrenatural de Dios. Desearía decir que había una instrucción audible; pero no la había. No obstante, en mi corazón sentí la presencia de Dios como nunca antes había experimentado. Sentí que Dios me decía: “Doug, tú nunca serás capaz de hacer lo suficiente para agradar a todos. Concéntrate en mí. Descansa en mí. Permanece en mí. Si tu corazón gira hacia mí, podemos trabajar juntos y hacer algunas cosas buenas”.
Eso era. ¡Este fue el momento que revolucionó mi ministerio! Mis tres problemas del ministerio con los jóvenes se solucionaron luego de esa experiencia. La respuesta no estaba en programas, ni en sentirse apreciado, ni en complacer a todos. La respuesta estaba en convertirme en la persona correcta para el ministerio con los jóvenes.
 Había dejado a Dios fuera de la ecuación, y había hecho el ministerio con la juventud usando mi propio poder. Mi corazón se había endurecido, y empleaba todo mi tiempo haciendo el trabajo de Dios sin ser un hombre de Dios.
Tomado del libro Ministerio de Jóvenes con proprósito de Editorial Vida
Doug Fields
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