| La Corriente | ||||
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Verdaderamente libres Ago | 2010 (GMT-3) La libertad es un tema más que recurrente dentro de las iglesias. Pero puede ser que se halle siempre vestido del mismo modo. ¿Puede haber una perspectiva distinta que haga que peligren nuestros paradigmas? El incómodo tema que lleva a confrontarnos con ciertos dilemas.
La libertad es un gran don que habéis recibido de Dios. Quiere decir que tenéis el poder de decir sí a Cristo. Pero vuestro sí no significaría nada si no pudierais decir también no. Diciendo sí a Cristo, os entregáis a Él; le ofrecéis el corazón, reconocéis su puesto en vuestra vida, ya que por ser hijos de Dios, hermanos y hermanas en Cristo, habéis sido creados para decir sí al amor de Dios. Fue Cristo quien os compró la libertad. Murió para hacernos libres. Solo Jesús os hace libres. Él mismo nos dice en el evangelio de san Juan: ‘Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres’ (Juan 8:36). El mayor obstáculo de vuestra libertad es el pecado que significa decir no a Dios. Pero Jesucristo el Hijo de Dios está pronto a perdonar todo pecado. Es el mismo Jesús quien perdona vuestros pecados y os devuelve la libertad que perdisteis cuando dijisteis no a Dios. Queridos jóvenes, amad vuestra libertad y ejercedla diciendo sí a Dios; no la enajenéis. Recobradla cuando la hayáis perdido y reforzadla cuando flaquea. Acordaos de las palabras de Jesús: ‘Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres’. Papa Juan Pablo II". La carta escrita y leída por el Papa Juan Pablo II contiene verdades de las cuales podemos aprender. Es muy fácil definir la libertad de una forma que nos convenga. Por lo general, cuando un predicador habla de libertad, incluye la definición del término libertinaje y se queda hablando de eso el resto del mensaje. La libertad en la iglesia va siempre acompañada de reglas y políticas para mantener cómodos a aquellos que necesitamos continuar viviendo en una iglesia igual a la que crecimos. La forma en que Karol Wojtyla, el Papa, aborda el tema de la libertad tiene mucho sentido. Sencillamente, la libertad es decirle "sí" a Jesús. Sin embargo, nuestros jóvenes encuentran un constante "no" en la iglesia. Los líderes cristianos debemos ser personas del "sí". Me he tomado el tiempo de entrevistar a grupos de jóvenes cristianos de diecisiete ciudades en catorce países de Latinoamérica. Una queja constante en todos los grupos focales que organicé fue que "todo cuesta mucho en la iglesia". Al estar al frente de una organización grande donde trabajo con miles de adolescentes y jóvenes, entiendo la necesidad de ejercer control sobre lo que sucede para cuidar aquello que Dios nos ha confiado. Sin embargo, al mismo tiempo reconozco que lo más valioso que Dios me ha confiado son estas ovejas preciosas, desordenadas, impetuosas y con espíritu emprendedor. Es difícil confiar y creer. Pero hemos aprendido que eso es lo que Dios ha hecho con nosotros. Es lo que Jesús hizo con sus discípulos. Confió y creyó. Estoy seguro de que la mayoría de nosotros nunca le dejaríamos la tarea de empezar una iglesia a una docena de personas "sin experiencia" que no nos hubieran demostrado responsabilidad.
Faltamos a la responsabilidad que tenemos de formar hombres y mujeres de carácter cristiano que sepan vivir, no que sepan nada más que cómo comportarse en la iglesia o en la escuela. Nuestra gran responsabilidad es darles herramientas para poder vivir como genuinos cristianos. En el ministerio que dirijo tenemos colegios. Una de las personas claves en esta área de nuestro ministerio es Paris Peña. Es la persona encargada de mantener la dirección de nuestras áreas académicas. Dios le ha dado la responsabilidad de asegurarse de que niños y jóvenes no se "porten bien" nada más, sino que lleguen a cumplir el propósito de Dios en sus vidas durante toda la vida. Paris dice: –Es bueno que los jóvenes tengan su propia expresión. Es bueno que encuentren libertad aquí en nuestras escuelas. Pero recordemos que ellos no van a ser jóvenes toda la vida. Llegarán a ser grandes y tendrán que ser personas altamente responsables, deberán cumplir con lo que Dios los ha llamado a ser. Esto ilustra el enfoque que debemos tener en cuanto a lo que les exigimos a nuestros amados jóvenes. Nadie puede tener éxito sin disciplina y trabajo diligente. Yo propongo con firmeza que les demos libertad a nuestros jóvenes, pero que lo hagamos en un ambiente que fomente la disciplina y el trabajo. Que la libertad que le demos a nuestra juventud sea para que formemos su carácter, y no solamente su comportamiento. De diez mil jóvenes latinoamericanos que encuestamos, solo el treinta y siete por ciento afirmaron que su comportamiento es el mismo en la iglesia que fuera de la iglesia. No hemos levantado una generación temerosa de Dios, hemos levantado una generación temerosa de las reglas, temerosas de nosotros, sus líderes. Están más preocupados por encajar en el molde que les hemos dado, que por honrar a Dios cada día aunque nosotros no los estemos viendo. En la Ley de Moisés había cientos de reglas que se sentirían muy en casa en algunos de los reglamentos que he visto en nuestros tiempos. También estaban los Diez Mandamientos, pero cuando los discípulos le pidieron "el reglamento" a Jesús, de las posibles cientos de reglas, Él solo les dio dos. ¿Por qué? Porque en su ejemplo estaba impreso todo lo que los discípulos, y nosotros, teníamos que saber para vivir. Esa relación sirvió de guía. ¿Queremos jóvenes más libres? Tengamos con ellos una relación que les sirva de guía. ¿Estoy diciendo que no debe haber reglas? Me gustaría, pero el hecho es que necesitamos normas generales de vida. Lo que no necesitamos es truncar la libertad personal que Dios les ha dado a nuestros jóvenes usando reglas innecesarias para cubrir el fracaso de nuestras relaciones con ellos. O para "ahorrarnos" problemas, especialmente cuando esos problemas son las oportunidades que Dios nos da para formar a nuestros jóvenes. El reglamento decía que estaba prohibido mentir. Jesús sabía que Pedro iba a negarlo. Aun así dejó que "rompiera" el sagrado reglamento para que aprendiera. Me pregunto cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a correr el mismo riesgo de darles esa clase de libertad a nuestros discípulos. Si queremos que nuestros jóvenes tengan un corazón para Jesús, si queremos que sean los mismos adentro de la iglesia como afuera de ella, tenemos que cambiar las reglas por relaciones sinceras, transparentes y profundas. Y ese es el problema. Para tener esta clase de relaciones tenemos que bajarnos del trono, y siendo "líderes", no debemos estimar eso como cosa a qué aferrarnos.
Tomado del libro: La generación emergente de Editorial Vida Junior Zapata
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