Los expertos coinciden en que un buen manejo del tiempo hará focalizar nuestras energías en aquello para la cual hemos sido llamados. Si bien esta tarea no es fácil, debemos procurar ser buenos mayordomos.
 |
| Gordon Macdonald |
Conozco a muchos líderes cristianos que admitirían francamente que pasan hasta un 80% de su tiempo haciendo cosas que no son su fuerte. Mi don mayor, por ejemplo, tiene que ver con la enseñanza y la predicación. Aunque soy un administrador relativamente bueno, ese no es mi mejor talento. De manera que, ¿por qué, cuando era más joven, dedicaba yo casi un 75% de mi tiempo disponible a tratar de administrar, y relativamente poco a estudiar y a prepararme para predicar buenos sermones? Porque el tiempo sin asignar fluye en dirección a la debilidad comparativa de uno. Puesto que yo sabía que era capz de predicar un mensaje aceptable con un mínimo de preparación, en realidad estaba dando menos de lo que podía en el púlpito. Eso es lo que sucede cuando no evaluamos este asunto y hacemos algo drástico al respecto.
Por último, tomé una decisión drástica. Contaba con la asistencia de un puñado de laicos sensibles y lo suficientemente solícitos como para ayudarme a afrontar lo que estaba sucediendo, y hacerme ver que podía estar malgastando mi potencial. Con la ayuda de ellos tomé la determinación de delegar la labor gestora del ministerio de nuestra iglesia, a un competente pastor administrativo. Al principio aquello no fue fácil, ya que yo aún quería hacerme oír en cada decisión, expresar mi parecer acerca de cada tema. Tuve que retirarme y dejarlo en sus manos. ¡Pero dio resultado! Y cuando fui capaz de confiar plenamente en nuestro pastor administrativo (lo cual me resultó fácil), pude reducir una gran cantidad energía hacia aquellas cosas que, con la ayuda de Dios, tengo más probabilidades de hacer bien.
Aquellas personas que no tienen control de su tiempo, descubren que son los individuos dominantes que los rodean quienes deciden es su lugar lo que debe hacerse con el mismo. Ya que ellos no han fijado sus propios presupuestos de tiempo, otra gente se introduce en su mundo y les impone agendas y prioridades. Cuando yo era un joven pastor, descubrí que, puesto que mi tiempo no estaba plenamente organizado, estaba a la merced de cualquiera que tuviese ganas de visitarme, me invitara con un café o requiriese mi asistencia. ¿Cómo podía decir que no si tenía el calendario desorganizado? Aquella falta de organización no solo me privaba de mi tiempo más provechoso, sino que a menudo también le robaba a mi familia unas horas preciosas que yo debía dedicarles.
Y así continuaban las cosas: las personas dominantes de mi mundo controlaban mi tiempo mejor que yo mismo, porque yo no había tomado la iniciativa de controlarlo antes de que ella me echara mano.
Recuperar el tiempo
Un cuidadoso estudio de mis hábitos laborales me ha revelado una cosa importante: que hay diversas tareas que realizo mejor en ciertos momentos y en determinadas condiciones.
Por ejemplo, no estudio eficazmente para mi predicación dominical durante los primeros días de la semana. Dos horas de estudio el lunes tienen relativamente poco valor, mientras que una hora el jueves o el viernes resultan de incalculable provecho.
Por otro lado, estoy en posesión de mis más excelentes facultades para tratar con la gente al comienzo de la semana, cuando la tensión de preparar el siguiente sermón no se ha apoderado aún de mi mente. El conocer mis períodos de eficacia me ha enseñado a reservar el tiempo de estudio para la última mitad de la semana, y a hacer planes para estar con la gente, y en comités, siempre que sea posible, durante la primera parte de la misma. De esta forma, mi presupuesto del tiempo refleja y utiliza los ritmos de mi vida.
Criterios de elección
Hace años, mi padre compartió sabiamente conmigo, que una de las grandes pruebas de carácter para el ser humano consiste en tomar decisiones críticas de selección y rechazo entre todas las oportunidades que acechan en la senda de la vida. “Tu desafío no estará es escoger lo bueno de lo malo, sino en echar mano a lo mejor de entre todo lo bueno posible”, comentó. Tenía toda la razón del mundo. Verdaderamente tuve que aprender, en ocasiones de la manera más dura, que debía decir no a las cosas que quería de veras hacer, a fin de decir sí a las otras que eran las mejores. El hacer caso de ese consejo ha supuesto para mí decir un “no” ocasional a ciertas invitaciones a cenar y a acontecimientos deportivos los sábados por la noche, para poder estar mental y físicamente fresco el domingo por la mañana.
A veces se me hace difícil tomar este tipo de decisiones, simplemente porque me gusta que la gente me apruebe. Cuando una persona aprende a decir “no” a las cosas buenas, corre el riesgo de hacerse enemigos y de ganar críticos y, ¿quién necesita más de esos? Por eso encuentro difícil decir que no. He descubierto que la mayoría de las personas cuya vida gira en torno al liderazgo tienen ese mismo problema. Pero si queremos gobernar nuestro tiempo, tenemos que decir un “no” cortés pero tajante a oportunidades que son buenas pero no las mejores.
Una vez más como en el ministerio de nuestro Señor, esto requiere un sentido de nuestra misión. ¿Qué somos llamados a hacer? ¿En qué empleamos mejor nuestro tiempo? ¿Cuáles son las cosas sin las cuales no podemos pasarnos? Todo lo demás debe considerarse como negociable, discrecional, no necesario.
Tomar control y dominar con antelación
Aquí es donde se gana o se pierde la batalla. He aprendido del modo más duro que las partidas principales de mi presupuesto del tiempo han de estar apuntadas en el calendario ocho semanas antes de la fecha. ¡Ocho semanas! Cuando estamos en agosto empiezo a planear el mes de octubre. ¿Y qué pongo en el calendario? Los aspectos no negociables de mi mundo interior: mis disciplinas espirituales y mentales, tomar un descanso el día sábado y, desde luego, mis compromisos con la familia y ciertas amistades. Seguidamente introduzco en el calendario una segunda fila de prioridades: el programa de trabajo principal con el que estoy comprometido (el estudio para preparar mis sermones, el escribir, la formación de líderes y el discipulado).
¿Cuáles son sus asuntos no negociables? Con frecuencia descubro que la mayoría de los que nos quejamos de ser desorganizados, simplemente no sabemos cómo responder a este pregunta. Como resultado de ellos, las funciones importantes que cambiarían todo de arriba a abajo en lo referente a nuestra eficiencia, no llegan a entrar en el calendario hasta que es demasiado tarde. ¿Y con qué consecuencias? Desorganización y frustración: lo no esencial atesta nuestra agenda antes que las necesidades. Y a la larga esto resulta doloroso.

Si nuestro mundo interior está en orden es porque habremos comenzado a reparar las grietas por las que se nos “escapa el tiempo” y a repartir las horas productivas según las aptitudes, los límites y las prioridades que tengamos.
Tomado del libro: Ponga en orden su mundo interior de Editorial Grupo Nelson