| La Corriente | ||||
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La importancia del Maestro Sep | 2008 (GMT-3) Para aquellos y aquellas que invierte su vida en la formación de otros. Pablo une a los maestros a la par con los pastores en la pequeña lista de la epístola a los Efesios: "Constituyó a unos apóstoles, otros profetas (...) pastores y maestros" (4:11). Se da a entender la estrecha colaboración que existe entre unos y otros, y la cercanía de sus trabajos. No hace falta argumentar en contra de quienes creen que cualquier hermano puede sentarse en una silla y enseñar a otros, como si Dios no hubiera dado el don según su discreción. La palabra maestro en griego es didaktikón, de la cual se deriva didáctica, el arte de enseñar. Aprende a enseñar. Cuando quieran elegirte como maestro tal vez no tengas suficiente conocimiento de didáctica, pero sí disposición para recibirlo; en ese caso, es mejor esperar hasta el año siguiente e incorporarte en algún curso de preparación que te suministre los conocimientos mínimos de didáctica para que seas de provecho. Un poco más adelante en 2 Timoteo 2:2 el mismo apóstol dice: "Esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros". Emplea la misma palabra que ya conocemos (didáchai) que significa enseñar y también la expresión hikanoí en su acepción de idóneos. Esta última palabra es la que se traduce "digno" en 1 Corintios 15:9, pero sería más exacta si se tradujera "competente" o "capaz". El don para enseñar es recibido, pero podemos hacer mucho para desarrollarlo. 1. Tener suficientes conocimientos bíblicos. 2. Es preferible que no sea un recién convertido. 3. Poder hablar sin problemas. 4. Ir aprendiendo a enseñar a otros. Espero que no seas uno, pero hay una gran disposición para ofrecerse como maestros de personas no aptas para el cargo porque padecen de desórdenes emocionales o tienen algún mal hábito. La amistad que establecen con sus alumnos, sobre todo si son jóvenes o niños, resulta más nociva que beneficiosa. Si esos u otros –espero que no seas uno– llegan a ser maestros, instruirían a través del lente de sus propias experiencias e ínfulas psicológicas originadas por sus desajustes emocionales; y podrían hacer que los ojos de sus alumnos se enfoquen en una realidad torcida. Un maestro cuya niñez haya carecido de amor o no lo tenga de adulto, quiere, ansioso, como la tierra sedienta que espera el rocío, la ternura de niños y jóvenes discípulos. Dios nos ha hecho para el amor, y las palabras de reconocimiento son bienvenidas al espíritu no dependiente de ellas. Eso es distinto a estar enfermo de adulación, o morirse si no hay reciprocidad. Hay que estar llenos de otra cosa, que no sean las ternuras ausentes. Cada vez que impartimos una clase consumimos gracia; a diario la usamos. Es el material de construcción en nuestra casa espiritual, el aceite único de las lámparas de nuestro lugar más santo. No somos perfectos, pero queremos ser grandes cristianos, no solamente a los ojos de los alumnos, sino de Dios. Si me preguntaran ¿qué quieres para ser un maestro eficiente? No pediría como Salomón sabiduría, sino gracia, misericordia, porque si aquello agradó a Jehová, estas dos cosas le agradarían más. Humberto Pérez es pastor , escritor y conferencista. Humberto Pérez
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