El requisito previo para formar equipos.
 |
| Eddie Gibbs |
El concepto de liderazgo de grupo nace naturalmente de la enseñanza del Nuevo Testamento sobre compañerismo (koinonía). Mucho más profundo y extenso que el mero compañerismo, koinonía es algo singular de la Iglesia de Jesucristo. Es el compañerismo en el evangelio (Filipenses 1:5) e incluye a todos los que han entregado sus vidas a Jesucristo como Señor y Salvador.
Es compañerismo con el Padre (1 Juan 1:3). También es compañerismo con el Espíritu (Filipenses 2:1), ya que cuando venimos a Cristo, recibimos el bautismo en el Espíritu Santo y somos adoptados para ser parte de la familia de Dios a través del compañerismo con el Hijo (1 Corintios 1:9). Podemos tener compañerismo unos con otros (1 Juan 1:7) como resultado directo de la obra redentora de la Trinidad.
La Trinidad y el concepto de equipo
La koinonía humana que he descrito hasta aquí fluye no solamente de la actividad de Dios, sino también de la misma naturaleza de la Divinidad. La iglesia primitiva se debatía para comprender la experiencia de Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo, la que llegaron a expresar como Trinidad –que significa tri-unidad o tres-en-uno–. Dios no se conceptualiza en términos monistas, como en el judaísmo o el Islam, sino más bien como una comunidad del ser. La relación entre las personas de la Divinidad es algo que no podemos imaginar, es singular y está más allá de nuestra comprensión. Pero lo que sí observamos en La Escritura es que ninguna persona de la Trinidad opera independientemente. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están interrelacionados.
Esto tiene un profundo significado para nuestra comprensión de la naturaleza humana. La Escritura deja claro que estamos hechos a la imagen de Dios. Los intérpretes, influenciados por una cultura de individualismo, tienden a interpretar esto en términos de la tripartita naturaleza del individuo: cuerpo, alma y espíritu.
Desafortunadamente, haciendo esto, perdemos de vista el énfasis del texto bíblico. “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza (…) y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó” (Génesis 1:26-27).
Observe que el hombre y la mujer juntos en su complementación llevan la imagen de Dios. No “el hombre” solo como género, sino “hombre” como especie: “hombre y mujer los creó”.
A lo largo de su ministerio terrenal, Cristo no operó solo. Vivió en comunicación con su Padre celestial (Juan 10:30; 12:45; 14:9). Su ministerio entero fue conducido en el poder del Espíritu Santo (Lucas 3:21-22; 4:1, 14, 18; 10:21). En otras palabras, Jesús operó desde su humanidad, dependía totalmente de su Padre y del Espíritu.
Si hubiera operado sobre la Tierra únicamente en su divinidad, su ministerio nunca podría haberse transformado en nuestro ministerio. Por lo tanto, es oportuno recordar que cuando Jesús apareció a sus discípulos en el aposento alto, dijo: “Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo” (Juan 20:21-22).
Este suceso está registrado únicamente en el Evangelio de Juan, y anticipa el día de Pentecostés que iba a venir en poco tiempo. En ambos sucesos, la naturaleza corporativa e inclusiva de la experiencia rápidamente se hace visible.
George Cladis ha expresado la misión de la iglesia como “el deseo de Dios de expandir el amoroso compañerismo de la Trinidad para incluir a los seres humanos”. Esto se hace evidente en la oración de Jesús en Juan 17, Jesús ora que “todos [los seguidores de Cristo] sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno” (vv. 21-22).
La unidad que Jesús tiene en mente es mucho más profunda que la mera coexistencia pacífica o mutuo aprecio. De manera asombrosa, esta unidad es un reflejo de la mutua morada experimentada entre el Hijo y su Padre celestial.
Rodney Whitacre comenta sobre la palabra traducida “así como”, y señala que “indica no solamente la comparación sino la causa”. Explica que “ambos significados son apropiados aquí, porque esta mutua morada del Padre y el Hijo es tanto la razón para que todos puedan ser uno, como el modelo para esa unicidad (…) Esta unicidad incluye ambas, una unidad de ser y una distinción de persona”. Por lo tanto, no existe verdadera koinonía sin la presencia manifiesta e inconfundible de Dios.
La unidad en los equipos
Es importante captar esta enseñanza distintiva en relación al ministerio basado en equipos. Mientras tenemos mucho que aprender de la literatura secular y el mundo de los negocios sobre el tema, una comprensión cristiana requiere mucho más. La iglesia no debería estar simplemente imitando al mundo. Debería señalar en una dirección diferente, revelando un camino mejor.
En un aspecto práctico, al formar un equipo, empezando desde la nada, es aconsejable comenzar con un pequeño grupo de tres o cuatro personas que han demostrado poder trabajar bien juntas. Esta fue la estrategia que adoptó Jesús al llamar a cuatro amigos: Pedro, Santiago, Juan y Andrés para que lo siguieran. Esta cantidad se fue aumentando a doce, y aun después otros seguidores que no se mencionan se unieron a sus filas (vea Lucas 10). Es necesario dedicar un período durante el cual pueden hacerse ajustes, en el curso de un sueño común y de integración de las habilidades y experiencia que trae cada miembro del equipo.
Durante este período de ajuste el equipo debería buscar el llamado de Dios para ellos como grupo, dentro de un contexto específico. Este es un tiempo cuando cada miembro puede hacer una contribución significativa al traducir la misión que Jesús confió a su iglesia en una visión de lo que el equipo ha sido llamado a ser y hacer. Cada miembro debería contribuir al desarrollo de las metas estratégicas del equipo.
Por encima de todo, el período de ajuste es un tiempo de construir relaciones, vivir y mostrar cada uno su camino de fe, aprender a apreciar los puntos fuertes particulares de cada uno de sus miembros así como las debilidades, desarrollar un proceso corporativo de discipulado, tomar compromiso con las disciplinas espirituales, y dar suma prioridad a la adoración e intercesión. El equipo debe renovar continuamente su visión y no sentirse abrumado con el desafío que tiene por delante.

La sola magnitud de la misión que Dios le dio a la Iglesia nos fuerza a pensar más allá de lo humanamente posible, no como un vuelo de la imaginación sino como un estímulo a la fe.
Tomado del libro: Liderar en una cultura de cambios de Editorial Peniel