| La Corriente | ||||
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La Iglesia en el mundo actual Jun | 2010 (GMT-3) La Iglesia juega un papel determinante en las sociedades actuales. Tenemos un rol y una tarea que cumplir, y no podemos estar exentos de ellos. La posición y la responsabilidad del Cuerpo de Cristo.
En Efesios 1:20-23 vemos que el poder que operó en Cristo no solo lo levantó de los muertos, sino que lo hizo ascender a los cielos. Este poder es el poder de la resurrección. Por medio de la resurrección de Cristo, la Iglesia recibió vida, y por medio de su ascensión asumió la posición de autoridad y heredó el reino. Cuando Cristo ascendió a los cielos, recibió la autoridad celestial que le permite traer los cielos a la Tierra para que su voluntad sea hecha en la Tierra así como se hace en el cielo. La resurrección sola no basta; también es necesaria la ascensión. Cuando permanecemos en la posición celestial, podemos trascender todas las cosas. Al ascender a los cielos, el Señor subió por encima de todos los poderes del enemigo, y Dios sujetó todas las cosas bajo sus pies. Sin embargo, esto no se ha manifestado plenamente. En la ascensión Cristo llegó a ser Cabeza de la Iglesia, y fue puesto sobre todas las cosas (Efesios 1:22). El versículo 23 muestra claramente que la Iglesia y Cristo son inseparables. La Iglesia está llena de la plenitud y la abundancia de Cristo. Dios desea obtener un hombre corporativo; y la Iglesia, confirmada por los santos quienes están en Cristo, constituye el Cristo corporativo y es la combinación de todas las pequeñas porciones de Cristo que tienen los santos. La Iglesia, como Cuerpo de Cristo, es la prolongación de Él; así que, todo lo que pertenece a Cristo, pertenece a la iglesia. La posición que Cristo alcanzó, es la posición de la Iglesia, y las obras que Cristo efectuó son sustentadas y perpetuadas por medio de la Iglesia. La cruz de Cristo produjo la Iglesia, y esta, a su vez, trae el Reino. Por consiguiente, la Iglesia se halla entre la cruz del reino. Este es el tiempo cuando la Iglesia efectúa en la práctica la victoria de Cristo. La Cabeza ya venció; ahora el Cuerpo también debe vencer. El Señor destruyó al diablo en la cruz y con la vida de resurrección produjo la Iglesia. Hoy, por medio de ella, Dios establece su Reino en la Tierra. La Iglesia debe continuar la obra victoriosa que Cristo efectuó contra Satanás, y tiene la responsabilidad de hacer que la voluntad de Dios se haga en la Tierra como se hace en el cielo. En Juan 12–16 se menciona tres veces a Satanás como el príncipe de este mundo. En la actualidad, él es el príncipe de este mundo y las naciones son su dominio; pero en el milenio, será atado y echado al abismo. Hasta que esto suceda, es la Iglesia la que limita las actividades de Satanás en la Tierra por medio de la oración. La oración es el modo más eficaz de frenar a Satanás. La autoridad de Dios se manifiesta en el reino (ver Mateo 12:28). La Iglesia es una maqueta del reino. Nuestra responsabilidad es detener los designios de Satanás. Dondequiera que está la Iglesia, se retira la autoridad de Satanás. La iglesia está en la Tierra para perpetuar y manifestar la posición victoriosa de Cristo sobre Satanás. En 2 Corintios 10:4 dice: “Las armas con que luchamos no son del mundo, sino que tienen el poder divino para derribar fortalezas”. Y en Efesios 6:12: “Porque nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra poderes, contra autoridades, contra potestades que dominan este mundo de tinieblas, contra fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales”.
Todas las personas del mundo son cautivas de Satanás. Sin embargo, Dios quiere que los creyentes rescaten a los cautivos por medio de la predicación del Evangelio. Cuando Dios recupera una persona, Satanás pierde una más. En 1 Timoteo 2:4 dice: “[Dios] quiere que todos sean salvos y lleguen a conocer la verdad”. Esto nos muestra que el Evangelio forma parte de la voluntad de Dios. Dios liberta a los hombres a fin de salvarlos y de manifestar plenamente su autoridad por medio de ellos. Dios quiere que prediquemos el Evangelio y que llevemos a cabo su voluntad por medio del mismo. Tenemos que derribar en la Tierra todo lo que no se encuentre en el cielo. En el cielo no hay iniquidad, ni enfermedad ni hambre, porque allí se hace la voluntad de Dios. Si es Dios el que permite que nos sobrevenga alguna calamidad, esta no durará mucho (ver Mateo 10:29; Job 38: 8-11; Jeremías 5:22), pero las calamidades que vienen de Satanás no se irán en meses ni en años. Debemos distinguir entre lo que Dios permite que nos sobrevenga y lo que Satanás nos trae para enredarnos. Tenemos que rechazar todo lo que nos venga sin el permiso de Dios. En la Tierra solo debe existir lo que existe en el cielo. Si algo no está allí, tampoco debe estar aquí. Esta es la responsabilidad que la Iglesia tiene en la Tierra. El cuerpo de Cristo debe obedecer la voluntad de Dios incondicionalmente. La voluntad de Dios tiene que hacerse en el hombre para que pueda hacerse en la Tierra. Nada puede reemplazar la voluntad de Dios. Ni el sacrificio ni el celo ni las obras. La voluntad de Dios no tiene nada que ver con escoger entre el bien y el mal. Si lo que hacemos no está ligado a la voluntad de Dios ni inflige daño alguno a las puertas del Hades, de nada sirve. Dios nos hace pasar por muchas dificultades, no porque sea cruel, sino porque desea que se haga su voluntad. Dios nos prueba constantemente para ver por qué y para quién vivimos. Por otra parte, la oración genuina es una labor llevada a cabo juntamente con Dios para traer su reino y ejecutar su voluntad en la Tierra. Por consiguiente, la oración es una batalla espiritual (ver 2 Corintios 10:2; Mateo 6:10; Efesios 6:12). La oración derriba el poder de las tinieblas y abre paso para que se haga la voluntad de Dios en la Tierra. Estamos pero no somos Watchman Nee
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