La Corriente

Liberados para el ministerio
Jul | 2007 (GMT-3)

Tenemos un evangelio con suficiente poder para salvar a los perdidos, pero nos cuesta creerlo.

Jerry Cook
Jerry Cook
Hubo un tiempo en que nuestra iglesia era muy pequeña. Yo me sentaba en mi oficina a leer, aparentar que estaba ocupado y esperar que ocurriera algo. Algunos de los conceptos de la Iglesia como fuerza ya habían comenzado a penetrar en mi mente. En efecto, me daba cuenta de que el Nuevo Testamento enseña que los creyentes deben ocuparse en el ministerio; pero no entendía cómo podría salir de donde estaba para llegar adonde debía estar al respecto.

Un día me llamó por teléfono una mujer que se había convertido hacía sólo dos o tres semanas.
– Le he estado hablando a mi vecina –me dijo– y ella quiere recibir a Cristo. ¿Podría usted venir a conversar con ella?
– Por supuesto –le contesté.
Salí, subí a mi auto y me fui calle abajo. No había conducido más de cinco o seis cuadras cuando el Señor comenzó a hablarme. Supe al instante lo que quería decirme:
– Si vas allá, yo honraré mi Palabra y esa mujer será salva por haber confiado en mí; pero yo te haré responsable de robar la recompensa de una de mis ovejas.
– No entiendo eso –contesté–. ¿Ella va a ser salvada y yo voy a ser juzgado?
Esto no tenía sentido. Sin embargo, lo que el Señor me había dicho era tan fuerte y tan definido que supe que no podía ir. Así que di la vuelta y volví a mi oficina.

Mientras regresaba, tomé un curso breve, pero intensivo de relaciones entre el pastor y la congregación. Me acordé de un paseo que había dado recientemente con Bárbara, mi esposa. En aquella ocasión habíamos salido a pescar en alta mar. Bárbara había logrado enganchar un tiburón en su cordel, un enorme escualo de casi dos metros y medio de largo. Estaba pasando por una verdadera batalla mientras trataba de cansarlo. Pero en ese momento se acercó a ella uno de los tripulantes, le quitó la caña de pescar y le trajo el tiburón hasta el costado de la lancha. ¡Qué desilusión! El hombre le había arrebatado la victoria y ella lo tomó a mal.

Mujer predicandoEl Señor me dijo:
– Jerry, eso es exactamente lo que has estado haciendo como pastor. Tú has estado entrometiéndote y le has arrebatado su ministerio a los creyentes. Además, todo este tiempo has estado pensando que con ello les haces un favor. Pero yo te voy a juzgar por haberles robado la recompensa. Fue algo duro para mí.

La fe en el Evangelio
Llamé por teléfono a la hermana y le dije que no podía ir. Por supuesto, también le dije el porqué.
– Pero yo no sé que hacer –me contestó ella–. No sé qué decir.
 – ¿Conoce a Jesús? –le pregunté.
– Pues sí.
– Bien; si usted conoce a alguien, puede presentarle esa persona a otra, ¿verdad? ¿Qué pasó cuando le presentaron a Jesús a usted? ¿Usaron algunos versículos de La Escritura? Si quiere, podría usar esos mismos versículos. Pero simplemente preséntele a Jesús a su vecina de la misma manera como se lo presentaron a usted. Si esto resultó con usted, resultará también con ella.

La hermana accedió a hacer la prueba y luego oramos juntos por teléfono. No había pasado una hora cuando sentí que llamaban a la puerta de mi estudio. ¡Aquí estaban la hermana y su vecina, ambas radiantes como si hubieran tenido un gran foco luminoso sobre el rostro! No solo había sido gloriosamente salvada la vecina, sino que ambas mujeres habían empezado a comprender que llevar personas a Cristo no es trabajo exclusivo de unos cuantos profesionales bien preparados. Cualquier creyente  puede hacerlo.

En efecto, el Evangelio es tan sencillo que hasta un incrédulo puede llevar a otra persona a Cristo. Supe de un caso al respecto. Se trata de un hombre que desde hace varios años es miembro de nuestra iglesia y que anteriormente había sido traficante de drogas. Este hermano conoció a Cristo en Portland, en una comunidad que practicaba el amor libre.

Cierto día en que una joven de Spokane y este hombre estaban fumando marihuana, él le dijo a ella:
– Quisiera liberarme de esta droga.
La joven no era creyente, pero se había criado en un hogar cristiano. Así pues, le dijo:
– Yo sé cómo puedes lograrlo. Si creyeres en Jesús como tu Salvador, Él te libraría.
– ¿Qué? ¿Qué significa todo eso? –le preguntó él.
– No te lo voy a decir –le contestó ella.
– ¿Por qué no?
– Porque entonces te vas a ir, vas a ser cristiano y yo no te voy a ver más.
El traficante la siguió importunando, hasta que finalmente ella le dijo:
– Muy bien; te lo voy a decir.

La joven le citó Juan 3:16 y le explicó cómo podía ser salvo. El se fue a su cuarto, allí oró para recibir a Cristo y el Señor lo libró. Luego salió de ese lugar y nunca más volvió. Ella se quedó y, al menos que yo sepa, todavía no es cristiana. Esta joven no era salva, no quería serlo ni quería que él lo fuera. Sin embargo, pudo enseñarle a este hombre el camino de la salvación, y fue el poder del Evangelio el que lo salvó.

Amor, aceptación y perdónEl poder está en el Evangelio, no en su presentación. Pablo dijo: “... no me avergüenzo del Evangelio, pues es poder de Dios para la salvación de todos los que creen”.
¿Ve cuál es nuestro problema? Los que representamos al Evangelio no tenemos suficiente fe en su poder para creer lo que Pablo dijo sobre él. ¡Es increíble!

Tomado del libro: Amor, aceptación y perdón de Editorial Peniel

Jerry Cook