Si algún sector de la vida cristiana tiene que dar evidencia de un espíritu de fiesta, es la familia.
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| Tony Campolo |
La familia cristiana en este mundo secular es uno de los últimos baluartes guiados aún por los principios prescriptos por la Iglesia. La vida familiar es lo que está más claramente definido por La Escritura, al dar el apóstol Pablo y Moisés cuidadosas instrucciones acerca de cómo vivir las relaciones familiares delante de Dios. Si el cristianismo no provee celebración para la familia, pierde legitimidad para quienes pueden considerarla un compromiso de por vida.
A pesar de estas expectativas, son muy pocas las veces que las familias reflejan el tipo de gozo gratificante que va con la fiesta cristiana. No solo son aquellos fuera de la Iglesia los que tienen problemas en disfrutar de la vida en familia; muchos cristianos, sinceros, admitirán que sus familias también carecen del tipo de plenitud y diversión que esperan de ella.
Haga lo correcto
Si la familia existe para ser una fiesta, sus miembros deberán comprometerse a hacer lo correcto. La Biblia establece obligaciones recíprocas que deberán ser cumplidas como prerrequisitos de un compañerismo gozoso: “Sométanse unos a otros, por reverencia a Cristo. Esposas, sométanse a sus propios esposos como al Señor […] Hijos, obedezcan en el Señor a sus padres, porque esto es justo. «Honra a tu padre y a tu madre —que es el primer mandamiento con promesa— […] Y ustedes, padres, no hagan enojar a sus hijos, sino críenlos según la disciplina e instrucción del Señor” (Efesios 5:21-22; 6:1, 2, 4).
Esto puede parecer un poquito incongruente con el espíritu festivo. Festejar, en el mundo moderno, parece significar exactamente lo opuesto a cumplir con las obligaciones. Por lo general, denota dejarte llevar y hacer lo que quieras. Por supuesto, esto es exactamente el problema con las fiestas del mundo, y por eso son con frecuencia un desastre.
El famoso sociólogo de la universidad de California, Robert Bellah, dice de modo convincente que las personas han perdido el sentido de compromiso en las relaciones personales. Víctimas de algunos sicólogos “populares”, han hecho de la búsqueda de la satisfacción individual su meta principal. En su búsqueda de la “autorrealización” y “la liberación de sus potenciales humanos” a menudo hacen a un lado las obligaciones para los cónyuges, los padres y los hijos. Leen demasiados libros que alimentan la creencia de que está bien encogerse de hombros ante las expectativas en nuestras relaciones con otros, a favor de la búsqueda de nuestra felicidad personal.
¿Cuántos no hemos visto en programas de televisión que algunos invitados explican que les fue necesario romper con la restricción del matrimonio y la familia para llegar a “realizarse”? Cada vez más el gozo de la vida parece definirse como “haz lo que te plazca” aun cuando alguien, desafortunadamente, resulte lastimado en el proceso.
Las fiestas familiares
Por encima y en contra de este modelo de libertinaje que va con el tipo de “vida realizada” del mundo, se sostiene un modelo bíblico que nos llama a ser responsables el uno con el otro, especialmente dentro de la familia. Es dentro de este contexto de obligaciones que se ubica el tipo de fiesta de Dios.
La primera obligación es poner la felicidad de la familia por sobre todas las demandas de otras personas e instituciones. Los negocios, los deportes y los amigos no cercanos deberían ser puestos en segundo término con respecto a la familia. La familia debería reunirse para comer y las comidas no deberían hacerse tan apresuradas que, después de terminar, todos corran a hacer otra actividad. La comida, como en los tiempos bíblicos, debería ser tratada como un momento sagrado. Debería ser un tiempo para dar y aprender de los demás. Debería ser un tiempo sin prisas para estar juntos. Se requiere de mucho esfuerzo para cumplir estos fines en nuestro mundo sin ton ni son, pero los resultados harán que el esfuerzo invertido valga la pena.
Nada debería interferir con estas reuniones familiares, ni siquiera la iglesia. Constantemente, las actividades de la iglesia arruinan las relaciones familiares. La iglesia que pone al padre fuera de casa una noche para una actividad, desliga a los hijos de la familia otra noche, y luego establece programas especiales para las madres otra noche más, puede hacer un gran daño a la fibra familiar. La iglesia no debe evitar sino mejorar la fiesta familiar. Los miembros de la familia no deben sentirse culpables por hacer de las fiestas familiares una actividad primaria en sus vidas… y no olvides dejar el teléfono descolgado y apagar el celular.
Contar historias
Robert Bellah afirma que la gente se convierte en una comunidad alegre con un sentido de pertenencia cuando comparte lo que llama una “narrativa común”. En otras palabras, una familia es una fiesta cuando sus miembros están juntos y comparten una colección de historias, en especial divertidas, de las cosas que alguna vez hicieron juntos. Uno de los mejores momentos de diversión que la familia puede pasar es alrededor de la mesa después de una buena comida, relatando viejas historias o anécdotas del pasado.
Como niño, recuerdo aquellas divertidas noches de domingo cuando nos entreteníamos al recordar los episodios del pasado de nuestra familia. Ninguna otra fiesta podía ser tan buena. Ninguna otra celebración podía ser más exuberante. Ningún otro festival podía ser más gracioso.
Es lo mismo en mi familia hoy. Mi hijo y mi hija han crecido y ya no viven con nosotros. Pero todavía, cuando podemos tener una reunión familiar y terminar una buena cena con un par de horas de contar historias, se convierte en la mejor fiesta.
Es muy importante para las familias conservar vivas aquellas historias de su pasado. Diciendo y volviendo a decir lo tierno y lo divertido que ha pasado, se crea un sentido de pertenencia y de historia común. Esto es lo que hace sentir a la gente importante para contribuir a la diversión familiar.
Puede decirse que el contar historias es una parte tan importante de lo que significa ser una familia, que no existe una familia sin narrativa común. La familia que cuenta historias reunida, permanece unida. Una fiesta con buenas historias en lo que significa ser una familia.
Tomado del libro: El reino de Dios es una fiesta de Editorial Betania.