La Corriente

La difícil edad escolar
Ago | 2011 (GMT-3)

Muchos padres se agotan con las vivencias de sus hijos en la edad escolar. Verás que no eres tú solo... No todo es lo que parece. Preparados para una etapa complicada.
Bárbara Johnson
Bárbara Johnson

Usted pensará que cuando los niños van a la escuela, la vida de la madre va a ser más fácil, y en algunos casos lo es. Ahora mamá dispone de varias horas durante el día para sí misma o su carrera, entre las llamadas de los chicos rogando que les lleve al salón de clases las cosas que han olvidado y las llamadas de la escuela diciendo que Juancito se ha roto un dedo jugando a esquivar la pelota y necesita ir a la sala de emergencia.

Pero para esas madres con hijos cuyas cabezas están llenas de células cerebrales con tendencia a olvidar, a soñar despiertos, a la curiosidad, a la imaginación, a buscar emociones o hacer travesuras, ¿y no es eso lo que hacemos todos nosotros?, los años escolares parecen presentar toda una nueva era de desventuras emocionantes.

Estos son los años en los que nuestros hijos parecen deambular o correr de cabeza hacia "Villaproblema", y con demasiada frecuencia parecen arrastrar consigo a toda la familia, o a todo el vecindario. Estos son los días y las noches dominados por momentos cargados de adrenalina, que permanecen en la memoria de una madre mucho después de que el corazón deje de estar acelerado y de que la presión sanguínea haya vuelto a la normalidad.

Los que no son padres pueden oler una ola de humo, sentir un goteo de agua de grifo del primer piso, o escuchar cómo se abre una ventana y permanecer en ese lugar más tiempo, pensando acerca de lo que sucede. Sin embargo, una madre experimentada, que tiene hijos en edad escolar, salta de inmediato de su silla e investiga "la escena del crimen", esperando encontrar a alguien jugando con crayones en la alfombra de la sala, o inundando la bañadera del segundo piso mientras trata infructuosamente de bañar el gato.

Adaptación
Esta es la época de nuestras vidas en la que contestamos el teléfono y nos quedamos heladas cuando la que llama se presenta a sí misma diciendo:

–Hola, Ana, soy Margarita, del otro lado de la calle.

Nuestro instinto materno nos dice que nos espera algo malo y, seguramente, las próximas palabras que escucharemos serán:

–Creí que te interesaría saber que hay algunos niños sentados en el techo de esa casa vacía junto a la tuya. Uno de ellos se parece a tu Toby. La buena noticia es que parece que están haciendo sus tareas escolares.

A la semana siguiente es el turno de Ana de llamar a Margarita:

–Creí que te gustaría saber que unas niñas pequeñas están jugando en una camioneta estacionada en tu entrada principal. Una de ellas se parece a tu Abby. Y me parece que acabo de escuchar que ponían en motor en marcha.

Cuando eres una madre de niños de edad escolar, en un momento podrías estar caminando felizmente entre los tulipanes sobre la punta de tus pies… y en el próximo encontrarte de narices sobre la tierra de la desesperación.

Dos madres caminaban por un vecindario un domingo por la tarde, charlando complacidas porque habían completado sus ejercicios, cuando doblaron la esquina y vieron cuatro autos de policía estacionados frente a una casa vacía de su cuadra. Preguntándose qué sucedería, se acercaron, ¡para tan solo encontrar a sus hijos recostados contra la pared, con las manos en alto, los pies separados, mientras dos de los oficiales los registraban hasta abajo! Los chicos habían decidido examinar el interior de la casa vacía en el mismo día que el dueño había decidido esperar adentro para ver quién entraba en ella.

chicosUna madre por poco sufre un infarto cardíaco cuando llegó del supermercado y encontró a su pequeña de seis años saltando hasta el cielo en el trampolín del patio de atrás. Por supuesto que eso, en sí mismo, no era nada nuevo. El problema era la compañera de su niñita en el trampolín: su nueva amiga, la hija de un brillante abogado de litigio especializado en daños personales que acababa de mudarse al vecindario. Con terribles visiones de heridas, demandas y pérdidas del hogar, la mujer convenció rápidamente a las niñas de alguna manera que se bajasen del trampolín y entrasen en la casa a jugar a las muñecas.

A esta edad, la aguda imaginación de los niños con frecuencia los lleva a cometer acciones y travesuras que les dan a sus padres una indicación de lo que escogerán como carrera en el futuro. Por ejemplo, hace años una mujer escuchó a su hijo y su hija jugando en el patio de atrás, excavando trincheras y construyendo fuertes para protegerse del ataque de agentes enemigos imaginarios a los que llamaban "los diarreas". Su hijo es ahora un ingeniero y la hija estudia medicina.

Muchos emprendedores empresarios de edad escolar colocan un puesto para vender limonada; se ha sabido de otros con sentido de negociante más creativo que añaden la distribución gratuita de figuritas de fútbol de la valiosa colección de su padre como incentivo para atraer clientes.

Perder la cabeza
Para muchos de nosotras, madres de niños escolares, una de las causas más comunes de estrés son los viajes escolares, cuando a los padres se les pide que ayuden a controlar a un grupo de escolares en la visita a un lugar que podría ser muy divertido o interesante, si no hubiesen niños por todas partes, ocho de los cuales podrían ser lo que se supone que debemos tener a la vista y asegurarnos de que no se metiesen en problemas en cada momento de la excursión.

Son muchas las cosas que pueden salir mal en una excursión escolar y, por lo general, no son las cosas que se esperaban o que se habían planeado. Pidieron a una mamá que condujese detrás del colectivo escolar cuando la clase de su hijo hizo una excursión, de modo que tuvieran los recursos para conducir a los niños pequeños más problemáticos sin, digamos, llevar a todos los que estaban en el colectivo a la tienda para reemplazar los zapatos de Susi que había perdido en algún lugar en el recorrido por el agua en las exhibiciones noruegas.

Antes de salir de la escuela, la maestra les había dado instrucciones muy estrictas a los padres.

–Es preciso que se mantengan todo el tiempo con los niños que les hemos asignado. Tienen que estar con ellos tan pronto como salgan del colectivo, y nunca deben estar afuera del alcance de su vista. Hemos tenido problemas en el pasado con niños que se han separado y se han perdido y créanme, eso no es algo por lo que queremos pasar otra vez. Creo que una de las madres todavía está en terapia.

Así que la mamá siguió al colectivo muy contenta, agradecida de que no tenía que conducirlo, pero cuando llegaron al lugar, enviaron a los colectivos a un enorme estacionamiento y a los automóviles a otro. Con las instrucciones de la maestra todavía resonando en sus oídos, se apresuró a estacionar su auto mientras se esforzaba por mantener "su" colectivo a la vista, entre las docenas de otros que daban vueltas por el estacionamiento. Entonces corrió a través del vasto pavimento, encontró el colectivo correcto y guió a sus niños hasta el parque.

Solo fue a la hora de salir cuando se dio de bruces con la terrible verdad. Se había concentrado de tal modo en mantener el colectivo a la vista, que no recordaba dónde había estacionado entre los nueve mil espacios disponibles. Mucho después de que el colectivo escolar hubiese regresado, todavía estaba recorriendo las filas, arriba y abajo, en un carrito de golf conducido por un empleado del lugar, miserablemente tratando de encontrar su auto. Finalmente recordó, varias horas más tarde, que ese día ella condujo el auto de su marido.

Pero en las pruebas con las que nos hemos enfrentado, también ha sucedido algo bueno: Dios nos ha afinado de modo que somos más compasivas, más amorosas, más solícitas, más consciente del dolor de otras personas. Tenemos lo que yo llamo credenciales para hablar con otras personas, que nos capacitan para acercarnos a una madre que hace poco se ha encontrado en un atolladero de la vida y le ofrecemos una palabra de esperanza.
Hazme reir, ¡soy tu madre!Solo con mostrarle nuestras credenciales y demostrarle que todavía estamos de pie, que todavía respiramos, podemos estimularla para que siga adelante, recordándole que lo que Dios ha hecho por nosotros, Él lo hará por ella.


Tomado del libro: Hazme reír, ¡soy tu madre! de Grupo Nelson

Bárbara Johnson