La Corriente

Los límites en el matrimonio
Ago | 2010 (GMT-3)

Nunca fue fácil hablar de límites; menos aún dentro del matrimonio. ¿Cómo pueden los cónyuges hallar el equilibrio que necesita la pareja para estar siempre saludable? Cuándo decir “sí”, cuándo decir “no”: cómo fijar límites eficaces.

Henry Cloud y John Townsend
Henry Cloud y John Townsend
Si existe una relación donde es fácil confundir los límites, es en el matrimonio, donde por su propia voluntad, el hombre y la mujer llegan a “ser un solo cuerpo” (Efesios 5:31). Los límites fomentan la separación. El matrimonio tiene como uno de sus objetivos dejar la separación y convertirse en uno, en vez de dos. ¡Qué estado de confusión en potencia, especialmente para quienes no tienen límites claros para comenzar!

Los matrimonios fracasan más por límites frágiles que por ningún otro motivo.

La unión matrimonial refleja la relación que Cristo tiene con su novia, la iglesia. Hay algunas cosas que solo Cristo puede hacer, hay otras que solo la Iglesia puede, y hay otras que hacen juntos. Solo Cristo pudo morir. Solo la Iglesia puede representarlo en la Tierra durante su ausencia y obedecer sus mandamientos. Juntos, trabajan en varias cosas, como es la salvación de los perdidos. De manera similar en el matrimonio, un cónyuge tiene determinadas obligaciones, el otro tiene otras, y juntos cumplen otras. Cuando en el día de la boda se convirtieron en uno, los cónyuges no perdieron sus respectivas identidades. Cada uno participa en la relación y cada uno tiene su propia vida.

Nadie tendrá problemas para decidir quién usa el vestido y quién la corbata. Es un poco más delicado decidir quién lleva las cuentas y quién corta el césped. Sin embargo, es posible ponerse de acuerdo con estas obligaciones según las aptitudes e intereses de los cónyuges. Los límites pueden ser confusos en lo que atañe a la personalidad, los elementos del alma que cada persona posee y puede compartir, si lo desea, con el otro.

El problema surge cuando uno invade la personalidad del otro, cuando traspasa una línea e intenta controlar los sentimientos, las actitudes, las conductas, las opciones y los valores del otro. Solo la propia persona puede controlar estas cosas. Intentar controlarlas es violar los límites ajenos y, a la larga, fracasará. Nuestra relación con Cristo, y cualquier otra relación de éxito, se basa en la libertad.

Veamos un ejemplo.

Uno de los elementos más importantes para desarrollar la intimidad entre dos personas es la capacidad de cada una de aceptar la responsabilidad de sus respectivos sentimientos.

Estaba aconsejando a una pareja que tenían problemas maritales causados por el consumo de alcohol del esposo. Le pedí a la mujer que le dijera a su marido cómo se sentía cuando él tomaba.

–Siento que no está pensando en lo que hace. Siento como si él...

–No. Usted está evaluando su alcoholismo. ¿Qué siente al respecto?

–Siento como si a él no le importara

–No –le dije–. Me está diciendo lo que usted piensa de él. ¿Cómo se siente cuando él toma?

Comenzó a llorar.

–Me siento sola y con miedo –dijo al expresar, por fin, cómo se sentía.

Entonces su esposo estiró los brazos y apoyó la mano en su brazo.

–No sabía que tenías miedo –dijo–. Nunca querría hacerte sentir miedo.

Esta conversación fue decisiva en su relación. Durante años la mujer lo había fastidiado diciéndole cómo era y cómo debía ser él. Él le respondía culpándola y justificando su conducta. A pesar de horas y horas de conversación, habían hablado a las paredes. Ninguno se hacía cargo de sus propios sentimientos, y por lo tanto no los comunicaba.

No comunicamos nuestros sentimientos diciendo: “Siento que tú...”. Para comunicarlos, debemos decir: “Me siento triste, dolida, sola, asustada o...”. Esta vulnerabilidad es el comienzo de la intimidad y el cariño.

Los sentimientos también sirven para alertarnos de que debemos hacer algo. Por ejemplo, si uno está enojado con alguien por algo que hizo esa persona, su responsabilidad es decirle a esa persona que usted está enojado con ella y explicarle el porqué. Si piensa que su enojo es problema de la otra persona, y que ella debiera repararlo, puede esperar por años. Su enojo puede convertirse en amargura. Si está enojado, aunque el otro haya pecado contra usted, es su responsabilidad hacer algo al respecto.

Susan tuvo que aprender esta lección. Cuando su esposo, Jim, no regresaba a casa lo suficientemente temprano para que pudieran pasar un rato juntos, Susan se enojaba. En lugar de enfrentar a su marido, permanecía callada el resto de la noche. Jim se enfadaba tratando de que ella le dijera qué pasaba. Finalmente, cansado de sus pucheros, la dejó sola.

No enfrentarse al dolor o al enojo puede matar una relación. Susan hubiera tenido que hablar con Jim para contarle cómo se sentía, en lugar de esperar que él le preguntara. Aunque sentía que él la había lastimado, ella debería haberse hecho cargo de su propio dolor y enojo.

Jim y Susan no hubieran resuelto el problema si ella solo le hubiera expresado su enojo. Necesitaba dar el otro paso. Necesitaba aclarar cuáles eran sus deseos en este conflicto.

Límites a lo que puedo dar
Somos criaturas que deben dar y cada uno debe dar como haya “decidido en su corazón” (2 Corintios 9:7), conscientes de cuándo pasamos de un estado de amor a un estado de resentimiento. Los problemas surgen cuando culpamos a otro por nuestra carencia de límites. Uno de los cónyuges muchas veces hará más de lo que desea hacer, y luego estará resentido con el otro porque no se lo impidió.

limitesBob tenía este problema. Nancy, su esposa, quería tener la casa perfecta, con patios artesanales, jardines paisajistas y remodelaciones. Siempre se le ocurría que él hiciera algo alrededor de la casa. Él estaba comenzando a molestarse con sus proyectos. Cuando vino a verme, le pregunté por qué estaba enojado.

–Es que ella quiere tanto, que no puedo tener tiempo para mí –me dijo.

–¿Qué quiere decir con que “no puede”? ¿No querrá decir “no quiero”?

–No, no puedo. Se enojaría si no hiciera los trabajos.

–Bueno, pero ese es problema de ella; es su enojo.

–Sí, pero yo tengo que escucharla.

–No, no tiene que hacerlo –le dije–. Usted está optando por hacer todo eso por ella, y está eligiendo aguantar sus reproches si no lo hace. Todo el tiempo que pasa haciendo cosas por ella es un regalo que le brinda; si no desea darlo, no tiene por qué hacerlo. No la culpe por eso.

A Bob no le gustó oír eso. Quería que ella dejara de querer tantas cosas en lugar de aprender a decir que no.

–¿Cuánto tiempo semanal quiere dedicarle a ella para el mejoramiento de la casa? –le pregunté.

Pensó por un minuto.

–Unas cuatro horas. Podría hacer algunos trabajos que me pidiera y todavía tener para un pasatiempo.

–Dígale entonces que ha estado pensando qué hacer con su tiempo y con todas las demás cosas que hace por la familia, y que le gustaría dedicar cuatro horas semanales para los trabajos de la casa. Ella es libre para usar ese tiempo como mejor le parezca.

–Pero, ¿qué pasa si me dice que cuatro horas no son suficientes?

–Explíquele que entiende que pueden no ser suficiente para hacer todos los trabajos que ella quiere que se hagan, pero que eso es lo que ella quiere y no lo que usted quiere. Por lo tanto, ella debe hacerse cargo de sus deseos, tiene libertad para ser creativa en cómo hacerlos. Podría ahorrar algún dinero extra y contratar a una persona. Podría hacerlos ella misma. O podría dejar de querer hacer tantas cosas. Es importante que aprenda que usted no se hará responsable de los deseos de ella. Usted va a darle lo que usted decida, y ella es responsable del resto.

Bob entendió la lógica de mi sugerencia y se propuso hablar con Nancy. Al principio no fue nada lindo. Era la primera vez que alguien le decía que no a Nancy, y no le gustó nada. Sin embargo, con el tiempo Bob aceptó la responsabilidad de sus límites en lugar de desear que Nancy no quisiera tantas cosas, y sus límites fueron eficaces. Ella aprendió algo completamente nuevo: el mundo no existía para agradarla a ella. Los demás no eran extensiones de sus deseos y necesidades. Los demás también tenían deseos y necesidades, y tenemos que negociar una relación justa y afectuosa, y respetarnos mutuamente los límites.

La clave es que no podemos atribuir a otra persona la responsabilidad de nuestros límites; son nuestra responsabilidad. Solo nosotros sabemos lo que podemos y queremos dar, y solo nosotros tenemos la responsabilidad de rehusarnos. Si no nos rehusamos, pronto estaremos resentidos.

Una cuestión de equilibrio
–No puedo hacer que pase algún tiempo conmigo. Solo le interesa salir con sus amigos a las actividades deportivas. Nunca quiere verme –se quejó Meredith.

–¿Qué tiene que decir a eso? –le pregunté a su esposo.

–Que no es nada cierto –respondió Paul–. Siento que estamos juntos de sobra. Me llama al trabajo dos o tres veces al día. Me está esperando en la puerta cuando llego a casa y quiere hablar. Hace planes para todas nuestras noches y nuestros fines de semana. Me vuelvo loco. Así que trato de escaparme, ir a un partido o jugar al golf. Me siento asfixiado.

–¿Cuántas veces trata de salir?

–Siempre que puedo. Posiblemente dos noches a la semana y una tarde durante el fin de semana.

–¿Qué hace durante ese rato? –le pregunté a Meredith.

–Pues espero que regrese a casa. Lo extraño mucho.

–¿No tiene nada que le gustaría hacer por usted sola?

–No. Mi familia es mi vida. Vivo para ellos. No lo soporto cuando se va y no podemos pasar tiempo juntos.

–Bueno, no parece ser que no tengan tiempo juntos todo el tiempo –le dije–. Pero sí es cierto que no están juntos todo el tiempo. Y cuando no están juntos, Paul se siente aliviado y usted está disgustada. ¿Cómo explicaría este desequilibrio?

–¿Qué quiere decir con “desequilibrio” –preguntó.

–Los matrimonios se forman con dos ingredientes: estar juntos y estar separados. En los buenos matrimonios, las parejas se reparten igual carga de ambos. Digamos que estar juntos vale cien puntos y estar separados vale cien puntos. En una buena relación, una parte asigna cincuenta puntos a estar juntos y cincuenta puntos a estar separados, y la otra parte hace lo mismo. Ambos llevan a cabo cosas por separado, y eso crea una añoranza recíproca; y el estar juntos crea una necesidad de separación. Pero en su relación, han divido los doscientos puntos de otra manera. Usted asigna cien puntos a estar juntos, y él asigna cien puntos a estar separados.

Si desea que él se acerque –continué–, necesita apartarse algo y hacerle lugar a la añoranza. No creo que Paul tenga alguna vez la oportunidad de extrañarla. Siempre está persiguiéndolo. Si dejara algún espacio, él podría extrañarla, y luego la buscaría.

–Eso es –me interrumpió Paul–. Querida, es como cuando estabas estudiando para graduarte y estuvimos sin vernos tanto tiempo. ¿Recuerdas? Te extrañaba. Ahora nunca tengo la oportunidad de extrañarte. Siempre estás por ahí.

El equilibrio es algo que Dios ha incorporado a todos los sistemas. Los sistemas buscan restablecer el equilibrio de cualquier manera posible. Hay muchos aspectos que necesitan el equilibrio en un matrimonio, entre otros: el poder, la fuerza, estar juntos, las relaciones sexuales. Los problemas surgen cuando en vez de turnarse, un cónyuge siempre es poderoso y el otro no tiene ningún poder; un cónyuge quiere estar siempre juntos y el otro quiere estar siempre separados. En todos los casos, la pareja encontró un equilibrio, pero no es recíproco.

Límites en el matrimonioLos límites fomentan la creación de un equilibrio recíproco, y no un equilibrio disparejo. Ayudan a las parejas a rendirse cuentas recíprocamente. Si uno de los cónyuges no tiene límites y comienza a hacer las tareas que le corresponden al otro, tal como crear el factor de unión de la relación; esa persona va camino de la codependencia, o algo peor. Su cónyuge vivirá fuera en el otro extremo de la brecha. Los límites, mediante las consecuencias, permiten que los esposos se rindan cuentas, y fuerzan a que el equilibrio se haga recíproco.

Tomado del libro: Límites en el matrimonio de Editorial Vida.

Henry Cloud y John Townsend