| La Corriente | ||||
|
Buenos hábitos Ago | 2008 (GMT-3) El valor de los hábitos a temprana edad. "La vara de la disciplina imparte sabiduría, pero el hijo malcriado avergüenza a su madre" (Proverbios 29:15).
Mientras más temprano comencemos a disciplinarlos, menos estrés habrá, tanto para el niño como para los padres. Un niño disciplinado se sentirá seguro de enfrentar la vida, ya que la disciplina desarrollará en ellos un carácter que los hará sentir competentes. Al principio ninguna disciplina es causa de gozo; pero luego, cuando ellos ven los resultados, lo agradecen. Cuando un niño comienza a sentirse incompetente en la vida se resiente contra los padres, que por causa de la permisividad y temor a disciplinar lo dejaron subdesarrollado en algunas áreas de la vida, las que ahora le están cobrando con intereses. Por ejemplo, cuando nuestros hijos sean adolescentes, pretenderemos hacer de ellos muchachos y muchachas hacendosos y ordenados. Como ahora son niños muy chiquitos creemos que no pueden crear el hábito de ser ordenados. Esperamos a que sean mayores, por lo menos preadolescentes, para entonces enseñarles. Pero, ¿a qué están acostumbrados? ¿A qué se acostumbraron en los cinco, seis, siete años de su vida? Al desorden, como si vivieran entre escombros. Ellos piensan: "Yo desordeno, y mamá recoge; yo tiro, y papi levanta". Ahora hay estrés y muchos regaños por algo que le permitieron hacer durante años. ¿No les parece injusta la tirantez que se produce, cuando fuimos nosotros los responsables de tal indisciplina?
Dios nos mostró que la disciplina de hábitos era una bendición, y que teníamos que ayudar a nuestros hijos a adquirir esta cualidad. Como padres, no podemos ver la disciplina como una crueldad hacia nuestros hijos, sino como una bendición. Desde que ellos comienzan a gatear y jugar en el piso, y en la medida que van creciendo, debemos enseñarles orden. ¿Terminaron de jugar? Toma al niño, y con mucho cariño indícale dónde van las cosas. Nosotros le decíamos a los nuestros: "Ven acá. Esto va aquí". Y lo colocábamos en su lugar. "Y esto va allá", y lo ubicábamos, en orden. Es cierto que teníamos que hacerlo inicialmente nosotros. Pero luego, en las siguientes ocasiones que terminaban de jugar, soltaban sus juguetes y se retiraban, entonces los deteníamos y les decíamos: – No mi amor, ven acá, por favor; acomoda las cosas como te enseñé. Y los estimulábamos: – Pon esto aquí. El niño lo puso muy bien: ¡aplauso! Celebrábamos el acto de obediencia con mucha alegría, y lo premiábamos con besos, abrazos y elogios. ¿Qué pasa si se niega? Párate firme, y no le permitas continuar a ninguna otra actividad hasta que ponga todo en orden. Toma el tiempo que sea necesario, hasta que obedezca; y, por favor, no te rindas. Los niños nunca se olvidarán del momento en que lograron doblarte el brazo… y lo intentarán nuevamente con más fuerza cada vez.
Rey F. Matos
|
||||