Hace tan solo algunas semanas, tuve la posibilidad de hablar con una amiga con quien hacía mucho tiempo no conversaba. Al final de la charla me quedé con un gusto amargo, pese a que me dio mucha alegría saber de ella. Y esa triste sensación se debió a que mi amiga me relató el mal momento que atravesaba. Estaba triste, sentía desesperanza y hasta desesperación.
Llevaba adelante una larga relación con un buen muchacho, pero en ese momento no estaban bien. Pocos días antes de mi conversación con ella, habían tenido una pelea en la que él la había herido profundamente. Sus palabras habían dejado grandes marcas. Ella me lo contó así:
–Estábamos hablando hasta que me dijo algo que me dejó sin habla. Me dijo: "¿Sabes qué pasa, Andrea? Que estoy un poco cansado de vos y ¿sabes por qué? Porque tus antecedentes me hacen dudar de vos una y otra vez. Venimos bien pero de un momento a otro se me viene todo el mundo abajo, porque me invaden pensamientos sobre lo que hiciste antes, de quién fuiste en un momento, y no puedo sacarme esa imagen de la cabeza. Pienso que no hay nada que te impida que vuelvas a esa vida".
Mi amiga –a la que llamé Andrea– estaba destrozada. Hacía ya mucho tiempo que había dejado atrás la vida que por algún tiempo llevó. Su comportamiento de ese entonces la había marcado para siempre, y ella sentía que su futuro estaba condenado por las malas decisiones que una vez tomó. Ya nada tenía que ver con lo que una vez hizo, pero no había manera de que pudiera despegarse de ese pasado.
Lo que mi amiga me contó aquel día me hizo pensar, y mucho. Pensé en mi antecedente, en mi pasado, en mi "expediente". Y me di cuenta de que, sorpresivamente, no hay nada allí. Me di cuenta de que Alguien, en algún momento de mi vida, se había encargado de borrar todo lo que me condenaba. Y creo que bien sabes que sucedió –o puede suceder– lo mismo para ti.
Teníamos un expediente que daba cuenta de lo que habíamos hecho y de la condena que por eso debíamos pagar. No había nada que pudiéramos hacer para borrarlo. Nada. Nos deparaba un destino de infelicidad absoluta. Un futuro sin ninguna esperanza de un porvenir mejor. Pero algo ocurrió. La única cosa que podía pasar, sucedió. Alguien nos amó tanto que decidió rescatarnos de esa desesperante condición. No le importó nuestro expediente, hizo caso omiso a nuestros antecedentes. Es más, aún sabiendo que fallaríamos una y otra vez, decidió salvarnos igual.
Y es en ese punto donde mi mente entra en un terreno del que no puede salir. Ese campo de lo inexplicable, de lo sin sentido, algo que sobrepasa los límites de mi razón. ¿Cómo puede existir tal amor? ¿Podría yo perdonar una infidelidad? ¿Podría perdonar una traición? ¿Cómo reaccionaría frente a la indiferencia o la deslealtad? ¿Qué haría frente al ataque de otros hacia mí? Esas y otras preguntas me invaden porque pienso que esas y otras acciones fue las que nuestro Señor nos perdonó. De eso estoy segura. Ahora, lo que no me queda claro es cómo reaccionaría yo frente a alguna de esas cosas. En otras palabras, no sé si yo sería capaz de enterrar en el fondo del mar todas –o siquiera algunas– de esas cosas.
Afortunadamente, Él sí lo hizo. Él sí fue capaz. Él sí logró borrar mi expediente. Para Él ya no hay antecedente que cuente, que me separe, que me condene. Eso es lo que representa la cruz. De eso se trata. De esa clase de amor. De esa clase de Dios.
¿Qué es lo que has hecho tú? ¿De qué cosa no puedes escapar? ¿De qué cosas quisieras olvidarte? O bien cabría preguntarnos: ¿qué cosas no podemos perdonar? ¿A quién hemos condenado para siempre? ¿Los antecedentes de quién están continuamente presentes?
El tiempo de Pascuas es un tiempo en donde todos concurrimos al servicio especial, vemos quizá alguna obra de teatro, miramos la película de Mel Gibson y se nos caen algunas lágrimas. Y todo eso es bueno, y lo celebro. Pero quisiera que juntos podamos ir un poco más allá, y nos desafiemos a nosotros mismos a experimentar una gota del amor de Jesucristo por nosotros.
Este es el reto: ir más allá de nuestra propia razón. Hacer lo que quizá pensamos que nunca haríamos, o bien nos lo prometimos a nosotros mismos. Tal vez el dolor fue tal, que cerraste la puerta de tu corazón. No hay perdón allí, y juraste que no lo habría. Pero tengo una mala noticia: no hay futuro si no hay perdón. Nosotros no tendríamos ningún futuro si no fuera porque Dios, en su gracia y misericordia extrema, nos perdonó y eliminó todo lo que nos condenaba. Pero ahora somos capaces de entrar en una relación de amor y amistad con Él. Es ahora que tenemos la posibilidad de ser felices. Es por eso que vivimos confiados de que un día lo veremos y pasaremos la eternidad juntos.
Lo mismo sucede para nosotros. Si no borramos ciertos antecedentes, el futuro no guarda demasiadas esperanzas. Si no somos capaces de hacer lo mismo que hizo el Señor con nosotros –con todas nuestras limitaciones, por supuesto–, no podremos gozar de una vida plena y feliz, no solo con nuestro Salvador sino con las personas que nos rodean. Es nuestra decisión.
"Gracias, Señor, por el amor con el que nos amaste. Gracias por tu gracia que sobrepasa todo entendimiento. Gracias por ser capaz de borrar totalmente nuestros antecedentes. No podríamos vivir si no fuera por ti. Danos, Señor, la capacidad de hacer por otros lo que tú hiciste por nosotros".
Felices Pascuas.
Evangelina Daldi
evangelina@peniel.com