La postura del cristiano frente a una realidad compleja. “¿No deberían vivir ustedes como Dios manda, siguiendo una conducta intachable y esperando ansiosamente la venida del día de Dios?” (2 Pedro 3:11-12).
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| Omar Daldi |
Desde el año 2000 hasta la fecha hemos visto al mundo cambiar a una velocidad increíble. Con cada vez más frecuencia los periódicos y los canales de noticias presentan informes sobre terremotos, hambrunas, inseguridad, violencia, divisiones, corrupción, etc. Las instituciones, ya sean familiares, religiosas, políticas o económicas están en crisis.
Tuve la posibilidad de hablar sobre este tema con un amigo, quien es un pastor reconocido por su don de discernimiento de los tiempos, y me dijo que percibía que en el mundo se había desatado una fuerza de maldad en su máxima expresión. Me llamó grandemente la atención el notar que otros hombres, entendidos también en los aspectos espirituales, opinan lo mismo.
No sé qué grado de maldad ha surgido, pero todos nos damos cuenta de que el mundo no es más el mismo. Un amigo que vive en Estados Unidos me dijo: –Nuestra confianza, seguridad e ingenuidad se acabó, ahora debemos aprender a vivir bajo ataques. Y coincido plenamente. De hecho, añado que a todos nos pasa lo mismo: puede variar el lugar donde vivimos, puede variar el área en que somos atacados, pero de lo único que estamos seguros, es que nada es seguro. La pregunta que deberíamos respondernos es: ¿cómo deben vivir ahora los hijos de Dios?
Por supuesto que no tendremos todas las respuestas, ni pretendo tenerlas, pero solo déjeme entregarle unas ideas para que, a medida que ejercitamos nuestros pensamientos, podamos crecer y desarrollarnos.
Deberíamos vivir en guerra espiritual:
la mejor manera de hacer una guerra espiritual es enfrentarla con santidad de corazón y en sumisión total al señorío de Cristo. La mentira debe ser reprendida con la verdad, el pecado sexual debe ser resistido con la santidad y la pureza. A la pereza se la debe enfrentar con decisión para trabajar; la idolatría debe ser confrontada con una devoción incondicional hacia el único Dios verdadero.
Debemos entender que estamos librando una batalla espiritual. Hay un enemigo que está buscando devorar, y los creyentes en Jesucristo son los únicos que pueden y tienen las armas para enfrentarlo.
Deberíamos confiar en Dios en las cuestiones de dinero:
no me cabe ninguna duda que “mamón” –el dios dinero– está entronizado en esta época y lucha por llevarse toda la atención de la humanidad. Hay quienes ni siquiera se dan cuenta de que minuto tras minuto, día tras día están postrándose a sus pies, rindiéndole adoración. Por eso creo que en estos tiempos de crisis económica mundial debemos poner nuestra mirada en el único Dios verdadero.
Todavía está vigente: “Mi Dios les proveerá de todo lo que necesiten, conforme a las gloriosas riquezas que tienen en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19).
Deberíamos aprovechar el momento:
la realidad es que nunca ha habido un momento en la historia tan propicio en América Latina como este, para comunicar las buenas nuevas. La gente ya no tiene dónde acudir. Hay mucha desesperanza, necesidad de paz y de un mañana mejor. No podemos perder este minuto divino. Más que nunca debemos preparar a nuestra gente para la cosecha, para extender y establecer el Reino de Dios. Deberíamos multiplicar nuestros esfuerzos misioneros y tomar conciencia de que todavía tenemos muchas cuentas pendientes en ese campo. Aunque vemos que nuevas iglesias se están abriendo, pienso también que hemos perdido tiempo. Nuestra oración es que Dios envíe los obreros a su mies. De esa forma se aprovecha el momento.
Deberíamos erradicar el egoísmo:
si hay una característica sobresaliente de esta época, es que la gente solo se mira a sí misma. ¿Cómo haremos una guerra frente al egoísmo sino es a través del dar? La Biblia declara: “No se olviden de hacer el bien y de compartir con otros lo que tienen, porque esos son los sacrificios que agradan a Dios” (Hebreos 13:16).
¿Podremos aprovechar al momento y extender la mano hacia los más necesitados? Todos conocemos alguien a quien podemos ayudar. Veo a cientos de personas que dan, muchos de ellos, más allá de sus fuerzas. Creo que todos podríamos abrir nuestro corazón a aquellos que más lo necesitan. Preparémonos para destruir el egoísmo con el altruismo.
Deberíamos vivir en integridad:
es necesario que vivamos con honradez como hijos de Dios, tanto en las grandes como también en las pequeñas cosas de la vida. San Pablo lo dice así: “Para que sean intachables y puros, hijos de Dios sin culpa en medio de una generación torcida y depravada. En ella ustedes brillan como estrellas del firmamento”(Filipenses 2:15).
Quisiera finalizar con una historia que me gusta contar cada vez que tengo oportunidad. Un día el papá de dos pequeños niños decidió llevarlos a un parque de diversiones como recompensa por todo un año de asistir al colegio y haber aprobado los exámenes.
Al llegar a la boletería, el papá pidió tres entradas. –¿Cuánto es el costo? –preguntó.
–Los menores de seis años tienen la entrada gratuita, y los que superan esa edad deben abonar tres pesos –contestó el boletero.
–Oh, muy bien, el futuro ingeniero tiene siete, el futuro médico tiene seis. Por lo tanto necesito una para el ingeniero y otra para mí –dijo el padre con una gran sonrisa en su boca mientras le entregaba los seis pesos.
–Me podría haber dicho que uno de los niños tenía cinco y el otro seis, puesto que no me hubiese dado cuenta –dijo el hombre de la boletería.
A lo que el padre le respondió: –Usted quizás no, pero estoy seguro que ellos sí.
Dios le bendiga.
Omar Daldi
lacorriente@peniel.com