Ecos después de la cruz
Seguramente en algún momento hayas podido ver alguna película al mejor estilo Robin Hood o El Zorro.
La escena varía poco: cuatro o cinco personas, entre las cuales suele haber algún niño que provoca ternura, con una soga al cuello, listos para recibir una injusta condena.
El público que observa tal espectáculo es diverso. Es posible encontrar a aquellos que dan gritos de euforia como si estuviesen presenciando un partido de fútbol, pero también están los que reflejan con su voz una desesperada súplica de piedad. Seguramente se tomen primeros planos de una madre desconsolada, de un hermano atónito y de algún borracho que poco entiende lo que sucede.Pero para el espectador de tal filme, esa escena no provoca ninguna gracia.
Se supone que se está en frente de un suceso injusto que, en el caso de que todo siga su curso normalmente, terminará en tragedia. Claro que conocemos el final de ese tipo de historias. Justo en el redoble de los tambores aparece el héroe que salva a las víctimas y muestra su mejor pelea contra las fuerzas poderosas, y necesariamente sale ileso.
¡Qué paradoja tan extraña es pensar en la cruz como algo que inspira esperanza y felicidad!. A diferencia de la escena narrada previamente, los acontecimientos en torno al sacrificio de nuestro Señor producen en nuestro interior una mezcla de sentimientos difíciles de expresar mediante el lenguaje: una profunda gratitud, un amor poco convencional, gran admiración y reverencia entre muchas otras cosas. Pero es inevitable considerar la muerte y resurrección de nuestro Salvador, sin que despierte en nosotros la alegría de saber que siempre, lo mejor está por venir. El gozo de saber que todas nuestras deudas fueron canceladas, anuladas y que emos sido reconciliados con Dios y llamados para buenas obras.
Esa paz que sobrepasa todo entendimiento producto de saber que el Señor Jesucristo está cada día con nosotros y que viviremos junto a Él por toda la eternidad. Por eso nos es posible entender cómo la muerte puede provocarnos tal felicidad, cómo un hecho tan atroz puede generarnos alegría.
No fueron pocas las veces que me detuve a pensar en la bondad de Aquel que pagó el más alto precio por los hombres, aún sabiendo que no todos le corresponderían a tan único amor, no todos le responderían de la mejor manera. ¿Qué es lo que llevó al Señor a dar su vida por mí? Frente al mismo acontecimiento, podríamos llegar a infinitas conclusiones de acuerdo a la perspectiva desde el cual miremos la obra de nuestro Redentor.
En esta oportunidad quisiera detenerme en nosotros como receptores de tal mensaje.
Bien podríamos considerar al Señor Jesús como protagonista principal de la historia, y de hecho lo fue. Pero allí también nos encontramos nosotros.
Fuimos el motor de dicha obra salvadora, la razón por la que el mismo Dios se hizo un tanto menor a los ángeles, la causa principal por la que el Rey de reyes y Señor de señores soportó hasta la muerte de cruz. Frente a tal panorama no me queda otra cosa más que preguntarme: ¿Cómo voy a reaccionar? ¿Qué voy a hacer? ¿Cuál será mi respuesta?Y eso es lo que quisiera que también te preguntaras.
Te animo a que juntos reflexionemos sobre la forma en la que vivimos. ¿Seremos aquellos que vivan la vida respondiendo a ese amor con pasión y alegría, o nos conformaremos con asistir a la reunión dominical? ¿La forma de conducirnos trae gloria al que dio su vida por nosotros? ¿Vivimos por y para Aquel que nos amó sin reservas?.
No se me ocurre vivir lejos de mi Salvador. No podría caminar la vida sin la compañía de mi Redentor. No quiero levantarme ni una sola mañana si es que Dios no está conmigo. Por supuesto que, como seres humanos, nos equivocamos, hemos errado y nos hemos caído. Pero aquí el desafío: que el Señor nos encuentre esforzándonos cada día para dar lo mejor de nosotros, para que nuestras vidas lleven honra al que lo dio todo por nuestra causa, para que podamos ser un sacrificio agradable entregado completamente al que no escatimó ni a su propio Hijo.
¡Cómo no amar a Jesús! ¡Cómo no dar a conocer este amor a aquellos que aún no lo conocen!.
Con estas palabras he intentado que conozcan mi pensamiento personal. Espero que pueda ser un medio que los lleve a hacer un alto y pensar una vez más en lo que Cristo hizo también por ustedes. ¿No es magnífico nuestro Dios?
¡Muy felices Pascuas para todos! Hasta el próximo mes.
Evangelina Daldi
evangelina@peniel.com