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Editorial
 
Ligero de equipaje
Jun | 2008 (GMT-3)

Si el Señor nos pidiera que elimináramos de nuestras vidas aquellas cosas que ya no usamos, ¿de qué tamaño quedaría la valija con nuestras cosas más preciosas? Despojémonos de todo aquello que no nos deja caminar con libertad.

Laura Bermúdez
Laura Bermúdez
Hace ya unos cuantos años el poeta Antonio Machado (1875-1939) escribía lo siguiente: 

Yo, para todo viaje
–siempre sobre la madera
de mi vagón de tercera–,
voy ligero de equipaje…

Ligero de equipaje... me gustó esa frase. Me hizo pensar en la cantidad de cosas accesorias que se van acumulando en nuestra vida a lo largo de los años. Una publicidad del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, dice que cada cuarenta y cinco días los porteños generan su propio peso en basura, y hace un llamado a tomar conciencia y a colaborar en la eliminación de tantos deshechos. ¡Sería también interesante que alguien evaluara cuántas cosas hay dentro de nuestras casas que ya no son útiles y que, sin embargo, no nos decidimos a desechar!

Equipaje excesivo, cargamento inútil... solamente hace falta ver cuántos objetos innecesarios son eliminados el día que tenemos una mudanza. “¿Para qué guardaba esto...?” nos preguntamos a la vez que seguimos engordando la bolsa de residuos.

Recuerdo un relato que leí hace tiempo, que contaba de un viajero que, provisto solo de su mochila de viaje, había ingresado en la casa de un sabio de oriente. Fijándose en el mobiliario de la sencilla casa, observó que solo tenía una mesita, una silla, una cama y una biblioteca con libros. En medio de la conversación, en su curiosidad le preguntó:
– ¿Por qué tiene tan pocas cosas?
El hombre sabio, indicando la mochila del viajante le respondió:
– ¿Y usted, por qué lleva tan pocas cosas?
– ¡Yo estoy de viaje! –dijo el turista.
– Yo también... –respondió el sabio.

Algo similar fue la decisión que tomara Hudson Taylor (1832-1905), famoso por su trabajo como misionero en la China, cuando empezó a prepararse para cumplir con su llamado. Cambió su cama mullida por un colchón de esterilla, y se privó de las comidas costosas, adoptando una dieta sencilla como la de aquellos a los que buscaba alcanzar. Al tiempo tomó otra decisión importante: la de gastar menos en sí mismo para poder dar más a los que necesitaban. Entonces alquiló un cuarto en un modesto suburbio, en las afueras del pueblo, y empezó un régimen riguroso de economía y abnegación.

En ese tiempo Taylor comprendió con cuán poco dinero se puede vivir sobriamente –un tercio de su sueldo–. Y señaló lo siguiente:
– Tuve la experiencia de que cuanto menos gastaba para mí y más daba a otros, mayor era el gozo y la bendición que recibía mi alma.

MochileroAchiquemos el equipaje
Si el Señor nos pidiera que elimináramos de nuestras vidas aquello cosas que ya no usamos, ¿de qué tamaño quedaría la valija con nuestras cosas más preciosas? Si Él reclamara que nos negáramos a gastos superfluos para invertir más en su reino, ¿cuánto sobraría de nuestros ingresos? Y si se le ocurriera –¿y por qué no?– que dejáramos todo y lo siguiéramos a Él con lo mínimo, como lo hizo con sus discípulos... ¿cuál sería nuestra respuesta?

¿Nos damos cuenta de la manera en que nos atrapan los lazos de este mundo?
Sería un buen ejercicio, aunque sea una vez al año, hacer limpieza, vaciar los roperos y muebles de lo que no necesitamos. No me refiero a lo que no sirve, sino a aquello que hace tiempo que está guardado y no usamos, y probablemente no volveremos a utilizar, pero para otros puede ser de mucha bendición.

Achiquemos el equipaje. Preparemos lugar para lo que Él nos quiera pedir.
Desatémonos de los criterios, ideales y parámetros con que este mundo mide a la gente.
Decidamos que nuestro valor no pasa por cuánto tenemos –cantidad, marca, modelo– sino por lo que somos como personas: instrumentos valiosos, joyas preciosas en manos del Rey.

Termino como empecé, con otro párrafo, de otra poesía de Machado, que dice:

…Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

Así será, nada de todo lo que acumulemos en este corto tiempo de vida irá con nosotros a la hora de partir. ¿Qué nos impide entonces desprendernos de tanto exceso de equipaje? Analicémonos.
¿Será temor a que algún día pueda faltarnos? La Palabra dice: “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19).

¿Será el afecto a los bienes y cosas de este mundo? El Señor dice: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (1 Juan 2:15-16).
¿O tal vez, simplemente sea la pereza de hacer una buena limpieza a fondo de tanto en tanto? Para esta no tengo versículo: simplemente, ¡pongámonos a limpiar!

Muchas bendiciones.

Laura Bermúdez


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