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Una palabra de advertencia
Ene | 2007 (GMT-3)
Aquello no era una pesadilla; era real... había caído en el infierno. Una experiencia de veintitrés minutos que transformará su vida.
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| Bill Wiese | El domingo 22 de noviembre de 1998, mi esposa, Annette, y yo, pasamos la tarde en la casa de uno de nuestros mejores amigos. No sucedió nada inusual aquella noche, llegamos a nuestra casa a las 23:00 y nos fuimos a dormir, inconscientes de que mi vida estuviera a punto de cambiar para siempre en un evento que aún me resulta difícil de explicar. De repente, a las 03:00 de la madrugada, sin ningún aviso, me encontré a mí mismo siendo arrojado al aire, y caí en el suelo, completamente fuera de control.
Aterricé en lo que parecía ser una celda. Las paredes estaban hechas de piedra, y tenía una puerta de gruesas barras de metal. Yo estaba totalmente desnudo. No era un sueño; estaba en realidad en un lugar extraño. Plenamente despierto y con conocimiento, no tenía idea de lo que había pasado, ni cómo había viajado, ni porqué estaba allí, hasta que se me mostró más adelante.
Lo primero que noté fue la temperatura. Hacia mucho más calor del que la vida podría soportar, y me pregunté: “¿Cómo puedo sobrevivir a este calor tan intenso?” Mi carne debería de haberse desintegrado de mi cuerpo, pero la realidad fue que eso no sucedió. Aquello no era una pesadilla; era real. La dureza de aquel calor tuvo el efecto de quitarme todas mis fuerzas, y aunque todavía no era consciente, había caído en el infierno.
Quizás en algún lugar de su mente puede ser que usted piense: “¿Fue este hombre en realidad al infierno, al de fuego y tormento?” O quizás piense que me estoy inventando toda la historia, porque nadie podría ir al infierno y vivir para contarlo. Puede ser que ni siquiera crea que haya infierno.
Pero sí, fui llevado a un infierno ardiente literal, y no, no tuvo nada que ver con haber sido bueno o malo. La razón para la que se me mostró ese lugar fue para regresar con un mensaje de advertencia. Mi historia no es para condenarlo, sino para informarle de que el infierno es un lugar real y que verdaderamente existe. El deseo de Dios es que nadie vaya allí; pero el triste y sencillo hecho es que la gente hace la elección de ir, cada día.
Actualmente en nuestra sociedad, las advertencias sirven para protegernos de los daños. ¿Qué padre amoroso no advierte a su hijo que no juegue en una calle peligrosa? Cuando el cielo se oscurece y aumenta el viento, consultamos el canal meteorológico para saber acerca de las tormentas.
¿Por qué, entonces, cuando Dios nos advierte de lo que sucederá si viajamos por la carretera equivocada enseguida decimos que Él nos está condenando? La verdad es que Él nos advierte porque es un Dios bueno, que nos ama y quiere ayudarnos, guiarnos y protegernos. Personalmente, acepto de muy buena gana sus advertencias en mi vida.
Esta experiencia no es algo que yo pedí ni quise nunca, pero desde entonces he descubierto que mi historia coincide con los detalles que da La Escritura acerca del infierno. Esto tiene una importancia mucho mayor que lo que yo tengo que decir.
Mi aterrador viaje pareció durar una eternidad pero, en realidad, duró menos de media hora. Aquellos veintitrés minutos fueron más que suficientes para convencerme de que nunca más quiero regresar allí, ni siquiera por un minuto.
Y ahora el propósito de mi vida es el de decirles a otros lo que vi, oí y sentí, a fin de que cualquiera que lea esta historia sea capaz de tomar las medidas oportunas para evadir ese lugar a toda costa.
Tomado del libro: 23 minutos en el infierno de Editorial Casa Creación.
Bill Wiese
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