Una cáscara vacía
Abr | 2007 (GMT-3)
Cómo un pequeño niño Down comprendió mejor que nadie la enseñanza de la tumba vacía. Una ilustración de la resurrección.
Felipe no era como los otros niños de la iglesia. Era un jovencito agradable y feliz, pero le costaban mucho algunas cosas que eran fáciles para otros niños. Tenía un aspecto diferente, también, y todos sabían que era porque tenía síndrome de Down. Su maestro de Escuela Dominical se esforzaba para que todos los niños de la clase de tercer grado jugaran juntos, pero la discapacidad de Felipe dificultaba su integración. Se acercaba la pascua, y el maestro tuvo una maravillosa idea para su clase. Reunió unos cuantos moldes de huevos de pascua grandes, de plástico, y entregó uno a cada niño. Juntos, fueron todos afuera. Era un día hermoso.
– Quiero que cada uno de ustedes me traiga algo que les recuerde la Pascua, la nueva vida –dijo el maestro–. Pónganlo dentro del huevo y, cuando entremos, mostraremos lo que hemos encontrado. La búsqueda fue gloriosa. Fue confusa. Fue salvaje. Los niños corrían por todo el terreno de la iglesia, buscando símbolos, hasta que finalmente, sin aliento, todos estuvieron listos para volver al salón. Los pequeños de ocho años colocaron sus huevos sobre la mesa y, uno por uno, el maestro comenzó a abrirlos. Los niños estaban alrededor de la mesa, esperando. Abrió uno, y había una flor. Todos hicieron: – ¡Ohhh!, ¡ahhh! Abrió otro, y encontró una mariposa. – Hermosa –dijeron todas las niñas. Abrió otro, y encontró una piedra. – ¿Una piedra? –rieron todos. Pero el niño que la había encontrado dijo: – Sabía que todos ustedes iban a traer flores y hojas y cosas así, entonces, tomé una piedra porque era algo diferente. Eso es la vida nueva para mí.
Todos rieron otra vez. Pero cuando el maestro abrió el último huevo, todos quedaron en silencio. – ¡Ahí no hay nada! –exclamó finalmente un niño. – Qué tonto –dijo otro–. Alguien hizo las cosas mal. Entonces, el maestro sintió que alguien lo tocaba en la espalda y se volvió. Vio a Felipe parado junto a él. – Es mío –dijo el niño–. Es mío. Los niños dijeron: – No lo hiciste bien, Felipe. Ese huevo no tiene nada adentro. – Lo hice bien –dijo Felipe–. Está vacío. ¡La tumba está vacía! Entonces se hizo un nuevo silencio. Un silencio profundo, algo inusual en niños de ocho años. Y en ese momento, se produjo el milagro. Felipe se convirtió en parte de esa clase de niños de tercer grado. Lo aceptaron. Pudo salir de la tumba de la indiferencia. A partir de entonces Felipe fue un amigo para sus compañeros.
Tres meses después, Felipe murió. Su familia sabía desde su nacimiento que el niño no viviría una vida completa. Una infección que la mayoría de los niños podrían haber combatido fácilmente, le quitó la vida a su cuerpo.
El día del funeral la iglesia estaba llena de gente que se lamentaba por la muerte de Felipe. Pero la imagen de los nueve niños de tercer grado avanzando por el pasillo con su maestro de Escuela Dominical, fue lo que hizo llorar a la mayoría. Los niños no llevaban flores. En cambio, fueron directamente hasta el altar, y colocaron en él un huevo de pascua vacío.
Tomado del libro: Cómo tener un corazón de María en un mundo de Marta de Editorial Peniel
Joanna Weaver
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