Es triste ver a cristianos que viven sus vidas creyendo que Cristo es cuestión de dádivas, y no pueden ver que en realidad hay mucho por conocer, que hay mucho por vivir. La más fabulosa expresión de amor
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| Michael Card |
Jesús sería arrestado en cuestión de minutos. A las pocas horas estaría muerto. Sin embargo, no lo vemos acobardado o escondiéndose y, aunque es cierto que está triste, no parece preocupado. Llega a Betania –una caminata de más o menos veinte minutos desde Getsemaní, Jerusalén o del Gólgota– a casa de un hombre a quien solo conocemos como Simón el leproso. Su apodo insinúa que aunque quizás una vez tuvo lepra, es casi seguro que se había beneficiado del ministerio de sanidad de Jesús.
Al principio nadie observó a la mujer. Ella había ingresado a hurtadillas por un lado de la entrada. En medio de la cena caminó en puntas de pie hasta ponerse detrás de Jesús, quien estaba recostado sobre su codo izquierdo, al estilo romano. Ella se quedó allí un rato... y entonces de los pliegues de su vestido sacó un frasco de alabastro. Sin decir una palabra se dirigió al costado de Jesús, y lentamente empezó a derramarle sobre la cabeza el valioso aceite perfumado, el cual cayó por la frente del Maestro, le chorreó por las cejas, le mojó los labios y finalmente le desapareció entre la barba.
Creativo. Inesperado. Molesto. Los discípulos estaban enojados por lo que parecía un gran desperdicio, el salario de un año derramado en el suelo. Con el dinero pudieron haber hecho algo práctico. Lo que la anónima dama hizo esa inolvidable noche creó un intervalo en el tiempo, un espacio en que los discípulos pudieran –o no– oír a Dios. Sin embargo, Jesús fue el único que percibió el amoroso silencio de lo que ella había hecho. Cuando ellos comenzaron a expresar su desaprobación, Él se indignó. –¡Déjenla! –dijo, secándose el perfume de los ojos.
Entonces expresó una frase que es fundamentalmente para nuestro entendimiento acerca de qué es la creatividad, el arte y la imaginación.
Dijo: –Buena obra me ha hecho.
El verdadero regalo
Jesús hace una declaración única acerca de la anónima mujer. Este es el único registro que tenemos de que Él haya dicho algo remotamente parecido. “Donde quiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que esta ha hecho, para memoria de ella”. La mujer no es a quien se conmemora, sino lo que ella hiciera. No obstante, debido a lo que hizo, ella no quedará en el olvido. ¿Y qué hizo?
La mujer dio algo... algo infinitamente más valioso que el perfume. Ella encontró una manera creativa e imaginativa de darse, de hacerle saber a Jesús que Él era amado y que no estaba completamente solo al no ser comprendido; es decir, había al menos otra persona que había oído lo que Él afirmó acerca de morir pronto. Ella había llegado para demostrar su amor mientras podía, y por eso nunca la olvidaremos.
Así como la mujer, nosotros tenemos más que regalos para dar. La expresión más fabulosa y hermana de nuestra creatividad es hallar una manera de entregarnos.
Sin duda, Jesús tuvo maravillosos regalos para dar: milagros, pan, vino y, más importante, sanidad. Esa parecía ser la razón principal de que las multitudes lo acosarán. Él con paciencia, aunque a veces a regañadientes, les repartió estos regalos. Sin embargo, si usted mira más de cerca la vida de Jesús y escucha los Evangelios, recibe la inconfundible impresión de que había algo más que Él buscaba. Había más que Él quería dar. Jesús tenía la costumbre de buscar a la gente para darle más.
En Juan 5 vemos un extraño personaje llamado el “hombre de las excusas”. Por treinta y ocho años este pequeño desequilibrado había estado holgazaneando al lado del pozo de Betesda, aferrado a su más valiosa posesión: su enfermedad. Ahora Jesús encuentra al hombre y le muestra tanto amor como para hacerle una pregunta aparentemente absurda pero perspicaz:
–¿Quieres ser sano?
El hombre empieza a ensayar la lista de excusas que había estado recitando desde que era niño.
–No tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo –lloriquea.
–Levántate –pronunció Jesús
a pesar de la queja, de su falta de valor para ser sano y de su deslealtad.
Por lo visto, lo único que le quedaba al hombre era levantarse, tomar su lecho e irse; y eso es lo que hace.
No se menciona que agradeciera por la sanidad. No oímos que pidiera convertirse en un discípulo, como el hombre de los sepulcros. El hombre se aleja caminando, sin siquiera preguntar el nombre de aquel que sanó sus pies lisiados.
Cuando los judíos objetaron que el individuo estuviera cargando su lecho en día de reposo, rompiendo la ley oral, el tipo se vuelve y extiende su huesudo dedo en dirección a la multitud:
–Él me sanó, Él mismo me dijo: Toma tu lecho y anda –se excusó el hombre.
Lo que sucedió a continuación nos dice más acerca del corazón de Jesús que el milagro de su poder sanador. Juan nos dice que Jesús encontró al hombre; lo anduvo buscando entre la gente y descubrió que estaba en los alrededores del templo.
–Mira, has sido sanado; no peques más para que no te venga alguna cosa peor –le dijo Jesús.
¿Algo peor? ¿Algo peor que estar tullido por casi cuarenta años? Sí, algo infinitamente peor: encontrar a Jesús y no llegar a conocerlo realmente.
Jesús le ha dado al hombre un regalo: sanidad. Pero Cristo es más que sus regalos. Él quiere dar más al hombre; quiere darse Él mismo.
Si este fuese el único incidente en que Jesús busca a alguien después de haberlo sanado podría ser diferente, pero los Evangelios están repletos de tales historias.
Podríamos hablar de la mujer en el pozo en Juan 4. Otra vez Jesús se ofreció personalmente a ella, pero debido a que el alma de ella estaba tan muerta confundió el agua viva por el agua del pozo. La mujer casi pierdeel agua viva, pero Jesús fue tras ella.
Podríamos hablar de Zaqueo (Lucas 19), a quien Jesús encontró en, imagínese usted, lo alto de un árbol. Podríamos mirar cualquiera de las experiencias posteriores a la resurrección y ver lo mismo. Jesús, ya habiendo dado todo lo que podía, busca hombres y mujeres para verlos de nuevo, para que lo toquen y se dejen tocar por Él.
¿Qué pasa con nosotros?
Los regalos son maravillosos. Pueden sanar y alimentar personas, y hasta liberarlas. A veces gastamos enormes cantidades de tiempo y dinero fortaleciéndonos y desarrollándonos, y no hay nada de malo en eso. El proceso de dar un regalo a alguien es una experiencia emocionante para todos los involucrados. Pero no se conforme con eso. Estamos llamados a dar más.
Si Jesús es en realidad nuestro ejemplo y modelo, como confesamos que es, entonces igual que Él debemos estar constantemente buscando nuevas y creativas maneras de darnos a otros por Él. Esa es verdadera creatividad. No demanda nada excepto entrega.
Esto no quiere decir que sea fácil. Hay un nivel de entrega que solo podemos lograr por medio del quebrantamiento, pero la carga es ligera precisamente porque aquel que la pone en nuestra vida nunca quita por completo la mano de debajo del peso. Él no deja de ir detrás de nosotros, incluso en el mismísimo momento final de nuestra vida.

Crea un espacio en el tiempo que nos permite escuchar, entender y responder a su insólita invitación. Da la bienvenida a nuestra respuesta creativa y repleta de adoración. Promete no dejarnos ni olvidarnos, para que nunca cesemos de seguir su modelo en la tierra sagrada que es nuestra vida.
Tomado del libro: Escritos en la arena de Editorial Unilit