Cómo aprender la obediencia
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| Andrew Murray |
Cuando el Espíritu Santo le revela lo que el creyente posee en Cristo, y este se apropia de ello en fe, el Espíritu obra en él la misma disposición que animó a Cristo en su muerte. Somos inclinados a pensar que la obediencia absoluta es un principio –la obediencia hasta la muerte– algo que solo puede ser aprendido gradualmente en la escuela de Cristo. Este es un error muy grande y muy perjudicial. Lo que tenemos que aprender, y de un modo gradual, es la práctica de la obediencia, con mandamientos nuevos y más difíciles. Pero con respecto al principio, Cristo quiere que nosotros desde la misma entrada a su escuela, hagamos el voto de total obediencia.
Un niño de cinco años puede implícitamente ser obediente al igual que un joven de dieciocho. La diferencia entre los dos no está en el principio, sino en la naturaleza del trabajo demandado.
Aunque externamente la obediencia de Cristo hasta la muerte vino al final de su vida, el espíritu de su obediencia era el mismo desde el principio. La obediencia sincera no es el fin, sino el principio de nuestra vida de estudiante. El fin es la aptitud para el servicio a Dios, cuando la obediencia nos ha puesto totalmente a disposición de Dios. Un corazón rendido a Dios en una obediencia sin reservas, es la única condición para el progreso en la escuela de Cristo, y para crecer en el conocimiento espiritual de la voluntad de Dios.
¡Jóvenes cristianos! Aseguren este asunto ahora mismo. Recuerden el principio de Dios: todo para todo. Entréguele todo a Él: Él le dará todo a usted. La consagración no vale nada, a menos que signifique presentarse como un sacrificio vivo para no hacer otra cosa excepto la voluntad de Dios. El voto de total obediencia es el pago de su entrada para todo aquel que sería inscrito, no por medio de un maestro asistente, sino por Cristo mismo, en la escuela de la obediencia.
Aprender a conocer la voluntad de Dios
Esta rendición sin reservas para obedecer, así como es la primera condición para entrar en la escuela de Cristo, es también lo único que nos hace aptos para recibir la enseñanza con respecto a la voluntad de Dios para nosotros.
Hay una voluntad general de Dios para todos sus hijos, la cual podemos, en alguna medida, aprender de La Biblia. Pero hay una especial aplicación individual de estos mandamientos, es decir, la voluntad de Dios con respecto a cada uno de nosotros personalmente, que solo el Espíritu Santo puede enseñar. Y Él no la enseñará, excepto a aquellos que hayan tomado el voto de obediencia.
Esta es la razón por la que hay tantas oraciones a Dios que piden el conocimiento de su voluntad que no han sido contestadas. Jesús dijo: “El que esté dispuesto a hacer la voluntad de Dios reconocerá si mi enseñanza proviene de Dios o si yo hablo por mi propia cuenta” (Juan 7:17). Si la voluntad del hombre realmente está en hacer la voluntad de Dios, es decir, si su corazón está entregado a hacerla, y en consecuencia la hace tan pronto como la conoce, Él sabrá lo que Dios tiene para enseñarle más adelante.
Es simplemente la práctica de cada estudiante en el arte que estudia, de cada aprendiz en su oficio, de cada hombre en los negocios, es el hacer la única condición del conocimiento verdadero. Y por eso la obediencia, el hacer la voluntad de Dios hasta donde se conozca, y la voluntad y el voto de hacerlo todo según el Señor lo revele, es el órgano espiritual, es la capacidad necesaria para recibir el conocimiento de lo que es la voluntad de Dios para cada uno de nosotros.
En relación a esto, le digo tres cosas:
1. Busque tener un conocimiento profundo de su tan grande ignorancia de la voluntad de Dios, y de su incapacidad para conocerla correctamente por medio de cualquier esfuerzo. La conciencia de la ignorancia está en la raíz de la verdadera disposición de aprender. “Al que es dócil, Él lo guiará por el camino”, es decir, a aquellos que confiesan su necesidad de aprender. El conocimiento de memoria solo produce pensamientos humanos sin ningún poder. Dios por medio de su Espíritu da un conocimiento vivo que entra en en el corazón, y obra eficazmente.
2. Cultive una fe fuerte para que Dios pueda hacerle conocer la sabiduría en el lugar secreto, es decir, en el corazón. Es posible que usted haya conocido muy poco de esto en su vida cristiana hasta ahora, que el pensamiento le parece extraño. Sepa que la obra de Dios, y el lugar en donde Él da su vida y su luz, están en el corazón, y es más profunda que nuestros pensamientos. Cualquier incertidumbre acerca de la voluntad de Dios, hará que la obediencia gozosa sea imposible. Crea más confiadamente en que el Padre está dispuesto a hacer conocer lo que Él quiere que usted haga. Cuente con Él para esto. Espérelo con seguridad.
3. En vista de la oscuridad y de lo engañoso de la carne y de la mente carnal, pida a Dios muy seriamente la luz escudriñadora y convincente del Espíritu Santo. Pueden haber muchas cosas de las cuales usted ha estado acostumbrado a pensar como lícitas o aceptables, las cuales nuestro Padre las quiere diferentes. Considerarlas de hecho como la voluntad de Dios, solo porque usted y otros lo crean así, podría eficazmente privarle el conocimiento de la voluntad de Dios en otras cosas. Lleve todo, sin reservas, al juicio de La Palabra, explicada y aplicada por el Espíritu Santo. Espere en Dios y le hará saber que todo lo que usted es y todo lo que hace, es agradable delante de Él.
En obediencia hasta la muerte
Hay uno de los aspectos más profundos y más espirituales de esta verdad, es algo que como principio no aparece en las primeras etapas de la vida cristiana, pero es necesario que cada creyente sepa cuáles son los privilegios que le esperan. Hay una experiencia en la cual la obediencia sincera hará que el creyente, sepa que, tal como fue con nuestro Señor, la obediencia lleva a la muerte.
Veamos lo que esto significa. Durante la vida de nuestro Señor, su resistencia al pecado y al mundo fue perfecta y completa. Pero su liberación final de sus tentaciones y su victoria sobre los poderes de esas tentaciones, su obediencia, no fue completa hasta que Él murió a la vida terrenal y al pecado. En esa muerte, dio su vida en perfecta impotencia en las manos del Padre, esperando que Él lo levantara. Fue a través de la muerte que recibió la plenitud de su vida y su gloria. Solo por medio de la muerte, por haber entregado la vida que tenía, pudo la obediencia llevarlo hacia la gloria de Dios.
Cuando el Espíritu Santo le revela al creyente lo que posee en Cristo, y se apropia de ello en fe, el Espíritu obra en él la misma disposición que animó a Cristo en su muerte. Con Cristo fue una cesación completa de su propia vida, un compromiso indefenso de su Espíritu en las manos del Padre. Este fue el cumplimiento completo del mandamiento del Padre: “Pon tu vida en mis manos”. Del perfecto olvido de sí mismo en el sepulcro, Él entró en la gloria del Padre. Es hacia dentro de esta comunión que el creyente es traído.
Él encuentra que en la obediencia total para la cual el Espíritu de Dios lo capacita, todavía hay un elemento secreto del ego y de la voluntad propia. Y él anhela ser libre de ello. Es enseñado en La Palabra de Dios que esto solo puede ser por medio de la muerte. El Espíritu le ayuda a clamar más respecto a que en verdad él está muerto al pecado en Cristo, y que el poder de esa muerte puede obrar poderosamente en él. Ahora él está dispuesto a ser obediente hasta la muerte, una muerte total al “yo”, que lo hace ciertamente como la nada. Y en esto encuentra una entrada franca a la vida de Cristo.
Ver la necesidad de esta muerte total al “yo”, estar dispuesto para ello, ser llevado a un total vaciamiento del ego y a la humildad de nuestro Señor Jesús, es la lección más alta que nuestra obediencia tiene que aprender; de hecho esto es la obediencia hasta la muerte, la obediencia de Cristo.
Tomado del libro: Escuela de la obediencia de Editorial Peniel