Jesús es el unigénito Hijo de Dios y el único a quien mirar.
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| Max Lucado |
Dos de nuestras hijas nacieron en la zona sur de Río de Janeiro, Brasil. Vivíamos en la zona norte, separados del consultorio de nuestro doctor y del hospital por una cordillera perforada por un túnel. Durante los meses de embarazo de Denalyn, hicimos ese recorrido con frecuencia.
Pero no nos quejábamos. Hay señales de vida con todo y samba en cada esquina. Nunca nos molestó ir a la zona sur pero eso sí, nos perdimos más de una vez. Para empezar, no soy bueno para orientarme ni siquiera dentro de de mi propia casa, y si a eso le añadimos calles de trescientos años sin nomenclatura, estoy perdido y sin remedio.
Excepto por mi única salvación: Jesús. Literalmente. La estatua del Cristo Redentor que monta guardia sobre la ciudad, con treinta y siete metros de altura y brazos abiertos unos treinta metros. Más de mil toneladas de concreto reforzado. La sola cabeza mide tres metros de mentón a frente. A unos setecientos metros sobre el nivel del mar, en la cima del monte Corcovado, el Jesús elevado siempre está visible, sobre todo para los que lo buscan. Como yo me la pasaba perdido, siempre miraba la estatua. Como un marinero busca la tierra, yo buscaba la estatua entre los postes de electricidad y los techos a fin de reconocer el rostro familiar. Tan pronto la veía me sentía ubicado y seguro.
Juan 3:16 le ofrece una promesa idéntica. El versículo eleva a Cristo a las alturas y lo corona con el título más exclusivo del universo: “Hijo unigénito”.
La palabra griega que se traduce “unigénito” es monogenes, un adjetivo compuesto por monos (“único”) y genes (“especie, raza, familia, descendencia, estirpe”). Cuando se usa en La Biblia, “unigénito” casi siempre describe una relación padre-hijo. Lucas lo emplea para identificar al hijo de la viuda: “hijo único de madre viuda” (Lucas 7:12). El escritor de Hebreos declara que “Abraham (…) ofreció a Isaac, su hijo único” (11:17).
Monogenes es un término que denota la relación particular entre Jesús y Dios. Aunque Dios es el Padre de toda la humanidad, Jesús es el único (monogenético) Hijo de Dios, porque Cristo es el único que posee la constitución genética de Dios.
La reconocida traducción “Hijo unigénito” comunica esta verdad. Cuando los padres engendran o conciben un hijo, le transfieren su ADN. Jesús tiene el mismo ADN de Dios. Jesús no fue engendrado en el sentido de haber tenido un comienzo, sino en el sentido de que Él y Dios tienen la misma esencia, eternidad, sabiduría y energía sin comienzo ni fin. Cada cualidad que atribuyamos a Dios, podemos atribuirla a Jesús.
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” dijo Jesús enfáticamente (Juan 14:9) y la Epístola a los Hebreos lo ratifica: “El Hijo es el resplandor de la gloria de Dios, la fiel imagen de lo que él es” (1:3).
Jesús ocupa el pedestal de “Cristo Redentor” sin rivales. Él reclama, no una parte mayoritaria de la autoridad sino toda la autoridad. “Mi Padre me ha entregado todas las cosas. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo” (Mateo 11:27).
La pregunta que podemos hacernos es: ¿Podemos confiar en Él? La única manera de saberlo es haciendo lo que hice en Río de Janeiro: Buscarlo. Levante sus ojos y fije la mirada en Jesús. No son suficientes los vistazos rápidos ni las miradas furtivas ocasionales.
Matricúlese en su escuela. Acéptelo como su polo norte, su punto de referencia. Asómese desde las calles populosas y por entre los techos y los cables de la luz hasta que pueda ver su rostro, y no lo pierda de vista. Encontrará mucho más que un hospital. Hallará al únigénito y al único.
Tomado del libro: 3:16, los números de la esperanza de Grupo Nelson