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Todo bajo control
Jun | 2008 (GMT-3)

Podemos tener las emociones controladas. Cristo nos ha dado una salida a la hora de controlar nuestros sentimientos, especialmente cuando somos tentados.

Edwin W. Lutzer
Edwin W. Lutzer
La mayoría de nosotros pide a Dios que conquiste la tentación que nos acosa por medio de arrancar de nuestro ser los deseos intensos de pecar. Lo que olvidamos es que Dios quiere darnos la capacidad de decir no, muy a pesar de nuestros deseos y anhelos secretos.

La victoria no se da cuando las opciones son fáciles y obvias para nosotros, sino al ser capaces de decir sí a Dios mientras todos los impulsos de nuestros cuerpos y mentes gruñen no. El camino a la libertad no solo consiste en el debilitamiento de nuestros deseos, sino en el fortalecimiento de nuestra determinación espiritual.

Observe lo siguiente: solo existen dos referencias a la “corona de la vida” en todo el Nuevo Testamento. En Apocalipsis 2:10 leemos que esta “corona de la vida” es dada a quienes estuvieron dispuestos a ser mártires y fueron fieles “hasta la muerte”.
Es muy interesante que esa misma corona es dada a todo aquel “que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman” (Santiago 1:12). Quizá la misma corona es dada en ambos casos, ¡porque tener dominio sobre nuestros deseos es tan difícil como dar nuestra vida por el Evangelio!

Sí, todos hemos experimentado el conflicto entre nuestros pensamientos y nuestros deseos, entre lo que sabemos que es correcto y lo que queremos hacer. De manera intuitiva, sabemos que la guerra es entre nosotros y Dios, pero la batalla se desborda y también afecta nuestra relación con otras personas. El resultado de esta guerra determina nuestro carácter y el legado que dejaremos a nuestros hijos y amigos. Más importante todavía, nuestras victorias y derrotas afectarán nuestra situación cuando tengamos que comparecer ante el tribunal de Cristo.

Wayne Stiles, en un artículo titulado “Las cosas no son siempre como aparecen”, relata la manera en que fue tentado a seleccionar catorce discos compactos “gratuitos” de una compañía de pedidos por correo, la cual le prometió que solo tendría que comprar otros cuatro a precio regular al término de un año. Resulta que el precio de esos cuatro discos era mucho mayor de lo que le habrían costado en cualquier otra tienda, y pronto se dio cuenta de esto: “el beneficio inmediato me emocionó tanto, que no consideré la diferencia real de precio”.

Ese es nuestro problema. Los placeres rápidos y fáciles nos incitan tanto, que olvidamos calcular el precio real de nuestra indulgencia. Parece haber tantos beneficios inmediatos por tomar la ruta de menos resistencia, que muchas veces nos rendimos y seguimos nuestros deseos dondequiera que nos lleven. Mientras tanto, el taxímetro avanza y sube el precio de nuestra negligencia a cantidades inimaginables.

– Yo sé que la castidad es buena –dijo el joven– pero no estoy seguro de que sea la decisión más inteligente.
Sí, aunque Dios afirme que la inmoralidad es errónea, el hombre carnal se engaña sin razones de peso para justificar sus placeres y euforias.
– Dígame qué es lo peor que podría suceder si prosigo con mi plan de tener una aventura –me preguntó un hombre que se sentía atrapado en un matrimonio infeliz.

Mientras el precio no fuera demasiado alto, él estaba dispuesto a arriesgarse e incurrir en desacato de la advertencia clara de Dios. Una filosofía popular de nuestros tiempos expresa: “Hoy voy a pecar, del diablo me encargo mañana”.

TirandoAtrás quedó el tiempo en que la gente tenía que salir a buscar estímulos que dejaran satisfechos sus deseos sensuales. Hoy las tentaciones salen a buscarnos y nos persiguen con frenesí.
Tan solo haga un breve recorrido por la televisión, y estará de acuerdo en que todas las trampas se presentan de manera bastante atractiva en la mayoría de los programas y comerciales. La red mundial de informática tiene mucha información útil, pero también se utiliza para dar gusto a las pasiones más bajas y pervertidas. Usted solo tiene que elegir un vicio, y el mundo suministrará todo lo necesario para incitarlo, expresarlo y convertirlo en una adicción de por vida.

Nuestra única esperanza de cambio se basa en el hecho de que nuestro espíritu humano, aquella parte de nosotros que piensa, determina y escoge, sea influido por nuestros genes mas no controlada por ellos. Por lo menos tenemos el poder de tomar algunas decisiones, sin importar cuánto nos sintamos presionados por nuestros impulsos pecaminosos.
Por ejemplo, podemos optar por el clamar a Dios y pedir su ayuda. También podemos optar por contar con la ayuda de otros en nuestra lucha contra el pecado. Lo cierto es que nadie está encadenado a una adicción o estilo de vida pecaminosa, a no ser que así lo crea en su espíritu.

Al jugar a “echar culpas” y negarnos a aceptar nuestra responsabilidad personal, tratamos de justificarnos y convencernos de que el cambio es imposible. Debemos ser tan humildes delante de Dios que estemos dispuestos a aceptar la responsabilidad por nuestros deseos pecaminosos, por muy involuntarios que parezcan. Sin importar cuál sea nuestra condición, debemos estar de acuerdo con David quien dijo: “Contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos” (Salmo 51:4)

Lo asombroso es que llamamos la atención de Dios cuando por fin estamos dispuestos a dejar a un lado las excusas, cuando todas nuestras justificaciones infundadas caen al piso a la luz de su santidad. Aunque es cierto que no podemos hacer lo que debiéramos, el mensaje de salvación es que Cristo hizo por nosotros lo que nos era imposible: Él satisfizo todos los requisitos de Dios en beneficio de aquellos que en Él creen, y Él siempre está listo para ayudar a los que más ayuda necesitan y así lo reconocen.

Satanás tiene dos mentiras que quiere que creamos. La primera es: “prueba mi método una sola vez y quedarás satisfecho… una sola vez no hace daño”. De ese modo caemos en una de sus trampas, y es posible que nuestra vida descienda fuera de control hasta el abismo. Después se acerca con la segunda mentira: “ahora que has caído de nada sirve levantarse… ya me perteneces”. Ambas ideas son mentiras que deben ser confrontadas y deshechas.

Santiago tiene mucho que decirnos al respecto: “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros. Acercaos a Dios y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones. Siete trampas del enemigoAfligíos, y lamentad, y llorar. Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza. Humillaos delante del Señor, y él os exaltará” (4:7-10).

Tomado del libro: Siete trampas del enemigo de Editorial Portavoz.

Edwin W. Lutzer


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