La Corriente

Las Escrituras como fuente de deleite
Abr | 2008 (GMT-3)

El incalculable valor de la lectura diaria y devocional de La Palabra de Dios. “En tus preceptos medito, y pongo mis ojos en tus sendas. En tus decretos hallo mi deleite, y jamás olvidaré tu palabra” (Salmo 119:15-16).

Ajith Fernando
Ajith Fernando
En este tiempo el concepto de la verdad objetiva está bajo ataque por la actitud posmodernista que distingue a gran parte de la sociedad occidental, y que ha influenciado al oriente también. En este ambiente la idea de gastar tiempo meditando en La Palabra de Dios es considerada por muchos como un deber que no se disfruta y que carece de importancia. Esta actitud afecta en particular la idea que la gente tiene del Antiguo Testamento. Sin embargo, el cuadro que de él encontramos en La Biblia es muy diferente. Creo que es de la mayor urgencia e importancia que los cristianos descubran la verdad del Antiguo Testamento mediante su lectura, pues menospreciarlo los haría pobres.

El Antiguo Testamento describe la Palabra de Dios varias veces como fuente de deleite. Tal vez la declaración más enfática es la del Salmo 119 con treinta y una referencias que expresan emoción por La Palabra. A menudo en estos pasajes el salmista se deleita en la ley de Dios.
C. Lewis dice que para él es un misterio que la gente pueda regocijarse en la ley. Después de ahondar en varias razones posibles para ello, concluye que “su deleite en la ley es el de haber tocado tierra firme, así como la satisfacción del caminante al sentir bajos sus pies la firmeza del camino después de que un falso atajo lo había desviado a terrenos pantanosos”. En medio de la incertidumbre de este mundo, es una delicia saber que La Palabra de Dios es una “roca” firme e inmutable.

La idea de que la verdad sea deleitosa es extraña en la sociedad posmoderna. Vivimos en un mundo sensual que define el placer solo en términos de lo que puede percibirse a través de los cinco sentidos: el gusto, el olfato, el tacto, la vista y el oído. Pero el cristiano conoce un gozo aún más profundo, el gozo de la verdad. Gordon Haddon Clark dijo: “Una religión satisfactoria debe satisfacer. Pero, ¿satisfacer qué y por qué? Los misterios griegos satisfacían las emociones; la fuerza bruta puede satisfacer la voluntad; pero el cristianismo satisface el intelecto porque es la verdad, y la verdad es la única satisfacción duradera”.

Una de las consecuencias más tristes de la reciente tendencia de menospreciar el valor de la verdad objetiva, es que la iglesia ha perdido el gozo de la verdad. ¡Y qué emoción la que se pierde! De hecho, me temo que muchos consideren aburridor el énfasis en la verdad. Qué enorme necesidad es recobrar este sentido de la utilidad práctica y de lo deseable que es La Palabra. Hoy esta tarea es más importante que la batalla a favor de la inspiración de la Escritura.

Leyendo la BibliaMuchos que afirman creer en la infalibilidad de Las Escrituras, y en que ellas son la máxima fuente de autoridad en todos los asuntos de fe y práctica, traicionan esa creencia al no utilizarlas como tal. Tenemos que demostrarle a la Iglesia que Las Escrituras son pertinentes, emocionantes y desesperadamente necesarias para vivir una vida santa y feliz.

Existe en el día de hoy una urgente necesidad de enfatizar el placer asociado con el estudio bíblico, porque la nuestra es una sociedad en donde el placer es rey supremo. Si la gente piensa que La Biblia es un libro aburrido y que su lectura es un deber gravoso, no se sentirá inclinada a escudriñarla. Demostrar que La Palabra es placentera motivará –creo yo– a más gente a leerla.

Invertir tiempo meditando en La Palabra
Si La Biblia es lo que ella dice ser, entonces el ministro cristiano debe pasar mucho tiempo con ella. El consejo que la ley de Moisés dio a Josué es también para cada creyente y, por lo tanto, doblemente cierto para cada ministro. Él dijo: “Recita siempre el libro de la ley y medita en él de día y de noche; cumple con cuidado todo lo que en él está escrito. Así prosperarás y tendrás éxito” (Josué 1:8). Las dos enseñanzas básicas en este versículo son:
Un líder debe invertir mucho tiempo con La Palabra y meditar en ella todo el tiempo.
La obediencia que resulta de tal exposición a ella es la clave para el éxito del líder.
Por eso no dudo en decirles a los ministros jóvenes que si no emplean tiempo tranquilo y sin prisa meditando en La Palabra –y en oración– diariamente, no tienen futuro en términos de eficacia en el ministerio.

¡Cuan fácil es para nosotros mantenernos ocupados con las cosas que pensamos son importantes sin pasar tiempo con La Palabra! Esta práctica podría ser una señal de una seria enfermedad espiritual. Tal vez hemos perdido nuestro sentido de seguridad en Cristo, y procuramos encontrarlo en las ocupaciones y la actividad. Aunque tenemos tantas ayudas de estudio bíblico en nuestros días, pienso que nuestra generación invierte menos tiempo en el estudio y meditación de La Palabra que las generaciones que nos precedieron.

La cita siguiente de Dietrich Bonhoeffer describe vívidamente lo que yo estoy tratando de exponer. He aquí la primera parte de su respuesta a la pregunta: “¿Por qué medito en La Palabra?:

Porque soy cristiano. Por lo tanto, cada día que paso sin penetrar más profundamente en el conocimiento de La Palabra de Dios en la Santa Escritura, es un día perdido para mí. Puedo avanzar con certeza solamente sobre el firme terreno de La Palabra de Dios. Y como cristiano solo puedo aprender a conocer La Santa Escritura escuchándola en la predicación y mediante la meditación acompañada de oración.

Porque soy un predicador de La Palabra. No puedo exponer La Escritura a otros si no le permito que me hable diariamente. Haré mal uso de La Palabra en mi oficio de predicador si no medito continuamente en ella con oración. Si La Palabra ha llegado a ser algo vacío en mi ministración diaria, si ya no la vivo, es prueba de que por largo tiempo no le he permitido que me hable personalmente. Será una ofensa contra mi llamado si no busco cada día la palabra que mi Señor quiere decirme en ese día.
Ministerio dirijido por Jesús
Hasta el día que partamos de este mundo podemos aprender cosas nuevas de Las Escrituras, y estos discernimientos enriquecen nuestra vida y ministerio.

Tomado del libro: Ministerio dirigido por Jesús de Editorial Patmos

Ajith Fernando