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Dame a mí primero
Abr | 2008 (GMT-3)

Niveles de insatisfacción que nos acercan al Señor. “Oh Dios, tú eres mi Dios; yo te busco intensamente. Mi alma tiene sed de ti; todo mi ser te anhela, cual tierra seca, extenuada y sedienta” (Salmo 63:1).

Amie Dockery
Amie Dockery
Hay muchas cosas que nos hacen desear más de Dios, buscarlo y acercarnos a Él. En momentos de tragedia o desesperación buscamos la mano y el corazón de nuestro Creador. Me he preguntado muchas veces si miraríamos el cielo con anhelo si estos momentos no existieran. ¿Es posible apreciar las aguas profundas del Espíritu si uno no pasa por la aridez y dura sequedad de lo que sucede en nuestras vidas?

Todos tenemos en el fondo un deseo de unirnos a Dios, aunque en tiempos de abundancia, por lo general lo olvidamos. Hay dos cosas que despiertan nuestra sed: estar en el desierto, y trabajar duro. Quienes están en un desierto espiritual claramente desesperan buscando un alivio que solo el Espíritu de Dios puede ofrecer. En este caso, es la carencia lo que despierta el deseo. El otro extremo que nos hace buscar más, es cuando estamos agotados, como obreros en la cosecha. Si pasamos los días entregándonos a los demás, creamos una gran necesidad en nosotros, porque anhelamos el acceso a un profundo pozo de agua, un manantial que nos dé de beber no solo a nosotros, sino también a aquellos a quienes regamos.

Entre los que “carecen” y los que “se entregan” encontramos a todos los demás, a aquellos que “parecen estar satisfechos”. Son los que han sido regados, cultivados y cuidados por los obreros que en su beneficio van al pozo por agua, al manantial de la adoración. A pesar de que es necesario este paso en el camino del crecimiento espiritual, no es esta una solución permanente. Llegará un momento en que el anhelo de los que están “en medio” ya no se verá satisfecho con el agua que otros les traigan. Y a menos que se ocupen de su gran sed y se centren en cavar su propio pozo de agua, su manantial de adoración, se verán impulsados al desierto donde su deseo se tornará en desesperación y luego en una batalla por la supervivencia espiritual.

Es posible que hoy te encuentres varada en medio del ardiente desierto, donde sientes como nunca antes que necesitas agua fresca. O quizá seas una obrera que necesita un manantial más profundo que sustente la abundancia del favor de Dios en tu vida. También es posible que seas un brote joven, celoso y acaparador de toda gota de rocío que puedas conseguir. No importa dónde te encuentres en este ciclo de la sed, habrá siempre un corto período de tiempo en que podrás satisfacerte con poca agua. Cuando eres nueva, pequeña, solo hacen falta unas gotas para empapar tu cuerpo, tu alma y tu espíritu. Pero a medida que crezcas querrás más y tu sed de Dios será lo que te lleve al manantial de la adoración.

aguasTengo sed de ti
Si no fuera por las necesidades personales y cotidianas de la vida, quizá jamás llegaríamos a conocer la magnitud de nuestra verdadera necesidad de Dios. Así como la mujer samaritana que fue a buscar agua del pozo y conoció allí a Jesús, nuestras necesidades prácticas también pueden llevarnos a un lugar de encuentro con el Todopoderoso. La pregunta es: cuando llegas a este lugar de necesidad, al pozo de agua viva ¿te sorprendería si Dios primero te pidiera algo?
“En eso, una mujer de Samaria llegó al pozo a sacar agua, y Jesús le dijo:
– Dame un poco de agua.
Pero como los judíos no tienen trato con los samaritanos, la mujer le respondió:
– ¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides agua a mí, que soy samaritana?” (Juan 4:8-9, Dhh).

¿Alguna vez te acercaste al pozo anhelando llenarte, y antes de extraer tu bendición oíste las palabras de pedido resonando en tus oídos: “Dame...”?
Sí me sucedió, y mi reacción inicial casi siempre es la misma: “Pero si yo estoy vacía. Para eso vine, Señor... para llenarme de ti”.
Y respondo, como la samaritana: “¿Cómo se te ocurre pedirme...?”
Por cierto, si Jesús hubiera querido agua podría haberla conseguido sin pedírsela a esta despreciable mujer, ¿verdad? Así que la situación nos hace pensar en algunas cosas. Ante todo ¿por qué se pondría Jesús en posición de “necesitar” algo de esta samaritana? Y segundo ¿por qué se pondría Dios en posición de necesitar algo de ti y de mí?

Parece claro que Jesús quería necesitarla, así como quiere necesitarnos a todos. Si la samaritana hubiera conocido a Jesús, y conocido su naturaleza, es probable que hubiese estado más que dispuesta a satisfacerlo a Él primero antes de pedirle que la llenara:
“Si supieras lo que Dios  da y quién es el que te está pidiendo agua tú le pedirías a él, y él te daría agua viva” (4:10).

El regalo de Dios es la eterna recompensa de la relación con nuestro Creador. Como dijo Jesús, cuando bebemos agua física para satisfacer nuestra necesidad física y temporal, volveremos a tener sed.
Cuando las mujeres adoranPero cuando empezamos a buscar la verdadera plenitud, Dios nos encontrará allí donde echemos el balde para buscar agua, y nos invitará a ir más profundo, mucho más allá de la satisfacción de una necesidad temporal, al lugar de una relación eterna.

Tomado del libro: Cuando las mujeres adoran de Editorial Peniel

Amie Dockery


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