El cuarto domingo de septiembre es el Día de La Biblia. Testimonios de vidas transformadas a través de la lectura de La Escritura.
Muchos la amamos y apreciamos, ella es La Palabra que irrumpe en la vida cotidiana, que tiene algo que decir en los conflictos, en las dudas, en la formación de los niños, como guía para los jóvenes, en el arbitrio de las diferencias entre gente madura. La que nos anima y nos saca del pozo, que nos trae esperanza, que nos hace más sabios. Es Dios acercándose a nosotros una vez más. Es el legado de un padre amoroso. Es el relato de un evento único, la resurrección de La Palabra humanada.
Muchos fueron transformados por ella, y sus vidas se dedicaron a alcanzar a los que no la conocen. La vida que emana de esta Palabra debe salir a la luz, debe llegar a las gentes, debe hacer el recorrido lógico de ir de boca en boca, de manos en manos, pero no será creíble si quien la difunde carece de vida abundante. Celebrar el Día de La Biblia es gritar a todos que La Palabra vive y da vida. Empecemos por nosotros mismos, vivamos La Palabra. Los siguientes testimonios avalan estas verdades.
Brasil, Jojo de Olivença
Me fascinaba el mar desde niño, pero no quería tener nada que ver con el Creador, del mar porque me avergonzaba ser cristiano. Pensaba que me convertiría en un ser aburrido el mismo día en el que comenzara a vivir como un chiflado bíblico. Sabía que tenía que dejar todo lo que me gustaba, chicas, fiestas y drogas.
Nací en una familia pobre y a los cinco años me apasioné por el surfing. Dediqué a ello toda mi energía y, a medida que progresaba en este deporte, empeoraba mi vida personal. Sabía que Dios existía, pero había decidido que solo pensaría en Él cuando fuera muy viejo. En el 87 me di cuenta de la vida tan vacía y sin sentido que llevaba, y al mismo tiempo percibí que Jesús era la única ola que me daría verdadera satisfacción.
Mi hermano entonces se recuperaba de su drogadicción en un centro cristiano, las miradas que encontré allí, llenas de paz y gozo me dieron qué pensar. Sentí miedo a morirme e irme a la eternidad sin Dios. ¡Me sumergí en Jesús! Empecé a leer La Biblia y a ponerla en práctica.
Un año después me convertía en el campeón de surfing de Brasil, y revalidé el título en el 92. Del 93 al 98 fui miembro del equipo brasileño de la competición más nombrada: el campeonato de la Vuelta Mundial.
Hoy a mis treinta y siete años estoy casado, tengo dos hijos y dirijo una academia de surfing en Guaruja. Participo en la misión "Surfistas para Cristo" que cuenta con unos 1.500 miembros y opera en toda la costa de Brasil. Lo que realmente deseo es que muchas personas tengan un verdadero encuentro con Jesucristo.
Suelo decir que Jesús fue el primer "surfista" que nunca necesitó una tabla para surcar las olas: caminó sobre el agua para salvar a sus amigos que estaban atemorizados ante la tormenta. Hoy nosotros surcamos las olas en nuestras tablas, pero lo hacemos como personas inspiradas por Él.
El Congo, Philippe Roger
Yo era un instrumento al servicio del diablo: orgulloso, corrupto y mentiroso. Obsesionado tremendamente con el sexo, tuve relaciones con muchas mujeres. Me sentía orgullosísimo por mi éxito entre ellas. Fue entonces cuando caí enfermo. Los médicos no podían emitir un diagnóstico y no sabían cómo curarme. Paulatinamente fui perdiendo mi sentido de paz y gozo, temía morir. Mi conciencia empezó a condenarme. Fue entonces cuando, gracias a la oración y a la lectura de La Biblia en mi iglesia local, tuve el encuentro con Jesús. Me conmovió particularmente el Salmo 103.3-5: "Él es quien perdona todas mis maldades, quien sana todas mis enfermedades, quien libra mi vida del sepulcro, quien me colma de amor y ternura, quien me satisface con todo lo mejor y me rejuvenece como un águila".
Comencé a sentir un fuego abrasador en mi corazón, y me lancé a llevarles las buenas nuevas a otros. Poco tiempo después descubrí la Sociedad Bíblica y supe que sus objetivos eran exactamente los míos: distribuir La Biblia y ayudar a la gente a comprometerse con ella. Por eso me hice colaborador de la misma.
Estoy muy contento de caminar por las calles de Nkayi con La Palabra de Dios para que otros puedan ser salvados como lo fui yo.
Kiev, Oleh Kapatsyn
Nací en el seno de una familia numerosa en Kryvyy Rig en el 67, y crecí en las calles de una de las ciudades más plagadas por el crimen de la Unión Soviética. Mi pasión era el ciclismo, y como tenía talento estudié en un colegio especial para deportistas, pero mi futuro brillante se truncó con un accidente.
Caí en una profunda depresión y en las drogas. Las usaba, las vendía y protagonicé una sucesión de delitos. Unas cuantas pequeñas detenciones contribuyeron a darme el título de líder entre mis amigos drogadictos. Usé mis habilidades para delinquir una y otra vez.
Estando en la cárcel, mi compañero de celda estuvo seis meses en confinamiento. Cuando regresó a nuestra celda era otro hombre, un hombre que había entregado su vida a Dios, y pude comprobar el gran poder de Dios para cambiar vidas.
Aún así, seguí con la mía desarreglada: pasé por los centros de rehabilitación, recaí en las drogas y en la delincuencia. Un día me dirigí a un asentamiento gitano para adquirir mi dosis. Me la inyecté, me perdí y pernocté en un bosque. A la mañana siguiente fui arrestado e inculpado de un crimen que no había cometido. Durante dos días fui torturado. Al devolverme a mi celda, caí de rodillas, dispuesto a confesar lo que fuera al primero que intentara volverme a torturar, y le pedí ayuda a Dios. Pasó un día entero y mi carcelero abrió la puerta para decirme que estaba libre, que habían detenido al verdadero culpable.
Estaba libre pero con graves heridas, costillas rotas, derrames internos, el corazón y el sistema nervioso lesionados por los choques eléctricos. Permanecí mucho tiempo en el hospital, los medicamentos no surtían efecto por mi estado de intoxicación, sentía dolores intensos. Me estaba muriendo. En mis pocos momentos de lucidez repasaba con tristeza mi vida y las decisiones equivocadas que fui tomando.
Preparaban mi funeral, compraron un ataúd. Toda mi familia, convertida hacía pocos años al cristianismo, y los hermanos en la fe, oraban por mí, fervientemente.
No solo me recobré físicamente sino también espiritualmente y me volví a Dios, le pedí perdón por toda mi vida.
Junto a mi esposa, que enseña psicología en la Universidad de Kiev, trabajo con drogadictos y alcohólicos, y dirijo un curso de estudio bíblico en Bucha, al que asisten unos cuarenta presos. Visitamos a pacientes en los hospitales de las cárceles y doy charlas en el centro de rehabilitación de Kiev.
Fuente: sociedadbiblica.org